miércoles, 21 de diciembre de 2016

Rubíes

Ya no sé quién soy realmente, solo que ha pasado mucho tiempo desde mi muerte. Ya no sé ni dónde estoy o debo estar. Me encuentro rodeada de gente, todos iguales que yo, deseando sangre. Cada vez que pienso en ello la imagino cubriendo mi cuerpo, recorriendo mi piel blanca como la nieve, dándole a mi cabello negro un toque mágico, como si rubíes del más intenso rojo me estuviesen adornando. Deseo tanto la sangre... Recuerdo que cuando aún era humana me daba asco, incluso llegaba a desmayarme si veía a otros sangrar, pero ahora que lo pienso era algo estúpido.

Este lugar es llamado "Sang", y es un club necrófilo en París, oculto de la mirada de los mortales, un lugar donde los vampiros podemos ser libres, sin miedo a que huyan de nosotros o a tener que huír para que no nos maten. La muerte ahora me parece algo efímero, pero antes la temía como al mayor de los infiernos. No me importa matar si puedo conseguir que los rubíes adornen mi pelo.

Hoy uno de nosotros cumple 350 años, y yo no tengo ni la mitad. Sé que soy joven, pero no me importa. Estoy en un club suberráneo, donde la música de Evanescence suena muy alta. Son canciones escritas para nosotros, pero no es que me gusten demasiado, prefiero Nirvana, claro que esa música ya no me identifica.

Me acerco al centro de la sala, y en ella una fuente de copas de champagne, aunque no es alcohol lo que cae desde la cima, sino sangre. Alzo la mirada y en ella veo a una mujer joven, de pelo castaño, desnuda y sangrando, a punto de morir. Cada vez que un vampiro celebra un cumpleaños, cosa que ocurre cada 50 años, una virgen es sacrificada, y esta vez le tocó a ella. No sé cómo se llama, ni me importa. Antes tal vez sí, pero ahora me dá igual. Además, al final de la fiesta será transformada en vampiro. Es así como funciona nuestra raza.

Recuerdo cuando me ocurrió a mi. Por aquel entonces tenía veinte años, era una época oscura y tormentosa, vivía en Rumanía, la cuna de los vampiros, y el propio Drácula cumplía años. Fue el quien me dio mi nueva vida, una vida que si bien antes me parecía extraña, ahora es lo que me identifica. Solo quince años despues de mi conversión, entendí que esa era la vida a la que estaba destinada desde que había nacido.

Todos en la sala vamos tomando nuestras copas hasta que no queda ninguna de la escultura de antes. La virgen está mucho más cerca de la muerte que hace unos minutos, y ella no debe morir, de otro modo el vampiro que cumple años será asesinado, todos lo sabemos, pero a mi no me importa. Alzo mi copa al mismo tiempo que el resto, mientras un "¡Feliz cumpleaños!" resuena por todo el club. Yo me quedo en silencio, como siempre, y cuando doy el primer sorbo me siento viva. La sangre de virgen es la mejor de todas, es perfecta y pura.

El vampiro para el que se celebra la fiesta se acerca a la virgen y deja caer en su boca solo tres gotas de sangre. Entonces abre los ojos, rojos como la sangre que acaba de tomar sin querer. La siento confusa, no tanto como me sentí yo. Solo ahora logro entenderlo, se ha ofrecido voluntaria. Me dan ganas de matarla, pero no puedo, ella no debe morir esta noche, y mañana se me habrá pasado.

Lucius, uno de los vampiros más viejos que conozco, se acerca a mí y me susurra al oído "¿quieres cumplir tu fantasía?". Recuerdo entonces lo mucho que deseo bañarme en sangre. Hoy también yo cumplo años, aunque solo 100. Toma mi mano y me lleva al centro de la sala, y entonces le veo. Conozco a ese humano, compartimos cama una vez, pero me da igual, solo deseo que mi fantasía se cumpla.

Cortan su garganta y vacían toda su sangre en una bañera de mármol blanco. El contraste es increíble. Cada 100 años un vampiro tiene derecho a un deseo, y Lucius conoce el mío, no en vano es capaz de leer la mente de aquellos que tiene a su alrededor. Todos los vampiros tenemos una habilidad, yo puedo hablar todos los idiomas que me de la gana. Eso me viene de cuando era humana y quería tanto viajar que me paraba a hablar con cualquier turista que pudiese encontrarme. Así aprendía, y ahora puedo ir a dónde quiera.

Me desnudan y me ayudan a entrar, aunque no lo necesito, y entonces la sangre me rodea, cálida y viva, bañándome por completo. Mi pelo se llena de ese líquido rojo que tanto ansío, dejando en él rubíes escarlata que me rodean y adornan mi pelo. Tomo un poco de sangre entre mis manos y bebo. No es tan pura como la de la virgen, pero también me gusta. Miro a mi alrededor y oígo "¡Feliz 100 cumpleaños y que tu deseo sea distinto la próxima vez!". Claro que será distinto, tengo cientos de fantasías y todas ellas relacionadas con sangre.

Me quedo allí todo el día, recibiendo regalos, mientras que el otro vampiro que cumple años me mira sonriendo. Ya sé cómo se llama: Vincent. Es amable en cierto sentido y me gusta su compañía. Recuerdo que él estaba en mi transformación, que fue él quien me eligió, y todo porque sabía que tenía cierto instinto para la sangre, que estaba destinada a ser quien soy.

Al anochecer estoy vestida ya y regreso de camino a mi casa. Vivo en un lugar normal, solo que mi ventana está cerrada durante el día. Nada más entrar me miro al espejo y sonrío. Los rubíes bañan aún mi cabello, aunque no puedo volver a salir así mañana, tengo que bañarme, aunque solo sea para que los humanos no huyan de mí. Bueno, lo hacen por norma general, visto siempre de negro y tengo varios tatuajes hechos con agujas muy particulares, de titanio. Además siempre adorno mi ropa con cadenas y eso hace que la gente se aleje de mí. Sin embargo cada noche voy a una casa diferente y todos los que me ven me acaban rogando que les muerda. No mato a nadie, no me reporta ningún beneficio, pero temerán el día en que eso cambie.

No puedo detenerme más, entro en el baño, con agua caliente saliendo todabía, llenando la bañera, y aunque no puedo sentir ya el calor, ni el frío, me gusta ver salir el vapor del agua. Cuando entro y sumerjo mi cabeza los rubíes han desaparecido de mi pelo, y el agua se ha teñido de sangre.

sábado, 13 de agosto de 2016

La visita nocturna

Si bien tengo una especie de imán para lo paranormal, esta historia no la viví y tampoco nadie a quien conozca, pero llegó a mi hace un par de semanas. Al principio me costó creerlo, pero investigué y resultó ser cierta palabra por palabra.

Esta historia relata un suceso extraño que vivieron dos chicas de unos diecinueve años, quizá veintidos, nadie se pone de acuerdo con respecto a la edad, pero eran jóvenes, de eso no me cabe duda. Sus nombres eran Ariadna y Katy, y eran las mejores amigas que cualquiera haya visto, desde niñas. Siempre habían estado juntas y eran casi como hermanas. Esto no cambió al crecer, ya que decidieron estudiar en la misma universidad, y al irse ambas de sus hogares, donde vivían con sus padres, alquilaron un apartamento para las dos en un edificio de al menos treinta pisos. Las chicas estaban fascinadas al haber obtenido su residencia en lo más alto, siendo la vista muy hermosa desde cualquier ventana.

Ariadna solo atendía a sus estudios, mientras que Katy ya tenía un trabajo, el cual resultaba ser muy complicado al ser de madrugada. Ella salía a las diez de la noche y no regresaba hasta el día siguiente. Era un trabajo de limpieza en un edificio que se mantenía abierto las 24 horas, así que Ariadna se quedaba sola toda la noche.

Cada vez que Katy se iba y Ariadna se disponía a revisar sus tan importantes estudios, recibía una visita inesperada, todas las noches despues de las doce, cuando la oscuridad y el silencio reinaban tanto fuera como dentro del apartamento, una mujer con un rostro demoníaco, ojos carmesí y piel pálida y arrugada, se asomaba por la ventana de su habitación, mirando fijamente a Ariadna, sonriéndole, como ansiosa por entrar solo ella sabía con qué intención. Ariadna permanecía petrificada, sin poder gritar, ni moverse, mientras aquella cosa, utilizando sus largas y horribles uñas, arañaba el cristal tratando de debilitarlo para poder entrar.

Ariadna, siendo una chica criada en una familia con una historia repleta de eventos sobrenaturales, mantenía una vela encendida frente a la ventana, y aparentemente solo esta especie de resguardo parecía ser lo que evitaba que aquella terrorífica aparición entrase. Tras permanecer allí varias horas, simplemente desaparecía, y era entonces cuando Ariadna, con lágrimas en los ojos, podía por fin recuperar su movilidad y lograba quedarse dormida hasta el día siguiente, cuando Katy regresaba por la mañana.

Al llegar Katy se encontraba a su amiga despierta, algo nerviosa y con su rostro indicando la falta de descanso. Ella sabía perfectamente lo que afectaba a su amiga ya que Ariadna ya le había comentado sobre las visitas nocturnas que recibía. Katy era bastante escéptica respecto a esas cosas, y más bien acusaba a Ariadna de estudiar demasiado y tener visiones.

Así transcurrieron muchas noches, hasta que un día tuvieron una conversación bastante particular.

-Ariadna, no estoy segura de lo que te pasa, pero me preocupa verte todas las mañanas dormida abrazada a tu almohada como si te fuese la vida en ello. Además esa vela encendida va a provocar un incendio en cualquier momento mientras duermes. Dime qué puedo hacer para ayudarte.

Katy estaba muy preocupada por su mejor amiga, pero Ariadna, lejos de entrar en esa conversación, prefirió recordarle un evento que ambas habían vivido cuando eran apenas unas niñas curiosas, algo que no había terminado demasiado bien en aquel entonces.

-Katy, quiero pedirte perdón, ahora después de tanto tiempo te suplico que me perdones, por aquella vez que siendo pequeñas te obligué a jugar a ese endemoniado juego conmigo, pensando que no iba a pasar nada. Después algo espeluznante entró en tu cuerpo y te mantuvo dos semanas actuando como si fueses otra persona, alguien violento y lleno de odio, para luego dejarte en una especie de trance y desaparecer. Yo no sabía lo que hacía, pensé que era solo un juego. Jamás se me ocurrió que iba a pasar todo esto.

A medida que Ariadna se disculpaba con Katy por aquel suceso ocurrido hace tanto tiempo, temblaba y lloraba cada vez más, hasta que su amiga la interrumpió para intentar consolarla y, obviamente, apoyarla.

-Ari, eso ya ha pasado, y yo nunca te culpé a ti. Tampoco creo que algo haya entrado en mi cuerpo, fue solo un problema psicológico que tuve, tal vez por la edad y la impresión, pero eso ya no importa. Aparte creo que debo ir a ver al médico. Todas las noches cuando estoy en el trabajo me da mucho sueño y busco un lugar donde dormirme y no me despierto hasta la mañana. Por suerte nadie me ha descubierto pero no creo que sea normal. ¿Sabes qué? Esta noche no iré a trabajar, me voy a quedar aquí contigo Ari, eres mi mejor amiga y si alguna bruja se cree que puede volar hasta la ventana para asustar a mi amiga está equivocada, le haremos frente juntas.

Las palabras de Katy, lejos de reconfortar a una ya perturbada Ariadna, lo que hicieron fue disparar su pánico como nunca antes le había pasado, como si la sola idea de que algo así pasase le hiciese perder la razón.

-No, Katy tu debes ir a trabajar. No quiero que te quedes aquí, es muy peligroso, no quiero que veas esa cosa. No te preocues, yo la controlo. No podrá entrar mientras tenga esa vela allí, no lo hará.

-Lo siento Ariadna, pero ya está decidido, hoy me quedo contigo. Verás que nada malo te pasará.

Después de escuchar la determinación de su amiga y de comprobar lo mucho que se preocupaba por ella asintió despacio, con resignación, y aceptó la idea de su amiga Katy.

Ese día las dos chicas conversaron, rieron y pasaron un momento inolvidable, pero por algún motivo era como si Ariadna estuviese despidiéndose de Katy, sin decírselo realmente. Al llegar la noche ambas se dispusieron a dormir, no sin antes Katy darle un último resguardo a Ariadna.

--Ariadna, esta noche yo te cuidaré, pero si ese demonio llegase a entrar tócalo con esta cruz que me regaló mi abuela -dijo entregándole un precioso colgante de oro-. Según ella esto lo quemará y así nunca más volverá.

Ariadna empuñó la cruz con lágrimas en los ojos, mientras Katy se quedaba dormida, pero antes de hacer lo propio, escribió una nota, la colocó sobre su pecho y se durmió.

Nuevamente el silencio se apoderó del cuarto justo a la medianoche, y Ariadna fue despertada por una sonrisa macabra que, esta vez, provenía desde dentro, muy cerca de ella. Al retirar lentamente la sábana que cubría su aterrada mirada pudo ver a aquella horrible mujer mirándola fijamente, sosteniendo entre sus huesudas manos la vela que tantas noches la había protegido, para luego apagarla de un soplido.

Ariadna no podía moverse, y aquella cosa se acercaba más y más a ella. Sus largos brazos y manos la tomaron del cuello, evitando que el aire pasase a su garganta. Los ojos se le desorbitaban y la sangre salía de ellos, mientras era ahorcada con una enorme fuerza. Lo único que pudo hacer fue tocar la frente de aquella cosa con la cruz que le dio su amiga, logrando que el ser que la atormentaba la soltase y se retirase profiriendo un alarido infernal, aunque, de todos modos, Ariadna murió.

Al día siguiente, cuando los rayos del sol entraban por la ventana, Katy despertó, y lo primero que vieron sus ojos fue a su amiga estrangulada. La chica lloraba desconsolada, no entendía cómo no se percató de nada, y mientras sollozaba encontró la nota en el pecho de Ariadna, con un mensaje que decía:

"Amiga, siento mucho lo que pasó cuando éramos niñas, pero ya no puedo seguir viviendo así. Realmente lamento que hayas tenido que vivir con esa cosa dentro de ti, pero al morir yo creo que estarás liberada.

Adiós, tu amiga por siempre"

Katy dejó caer la nota impresionada, sin entender qué pasaba. Estuvo varios minutos en shock, hasta que un terrible ardor en su frente la sacó a la realidad. Fue a mirarse al espejo y, sin dar crédito a la imagen que el espejo reflejaba, vio claramente la marca de la cruz en su frente, revelando quién era ella y todo lo que Ariadna le había estado ocultando. Katy se quedó inmóvil, giró su cuerpo hacia la ventana y caminó despacio para abrirla y, con una sonrisa macabra en su rostro y unos ojos rojos como la sangre, se lanzó al vacío.

Fue el final de una larga amistad, tal vez demasiado larga.

Mi amiga del cementerio

Todo comenzó cuando tenía cuatro años. Mi abuela solía llevarnos al cementerio a ver a su marido, que había fallecido, y como toda niña empecé a correr y jugar en las tumbas. Por algún motivo paré frente a una que llamó mi atención. Era una tumba que tenía forma de casita con unas rejas y vidrio. Había juguetes y osos de peluche, cosa que no entendí. Entonces apareció una niña con el pelo oscuro, de ojos azulados y vestida de blanco, que tendría unos nueve años. Me dio permiso para jugar y allí me quedé hasta que mi abuela me llamó para irnos.

Cada vez que íbamos al cementerio siempre iba hacia la misma tumba a jugar con esa niña. Un día en que mi hermana fue a buscarme me dijo que dejase esos juguetes, que no debía tocarlos. Yo la miré y le dije: "Si Mariana me deja jugar con sus juguetes, ¿por qué no puedo?". Mi hermana miró el nombre de la tumba, en el que ponía "Mariana Castro". Sé que se asustó mucho, pues yo era muy pequeña y no sabía leer. No entendí por qué me tomó del brazo y me llevó a donde estaba mi familia. Desde ese día no quisieron volver a llevarme al cementerio.

Entonces empezaron a pasar cosas en mi casa, mis hermanos no podían dormir de noche, pues se escuchaban ruidos y se veían sombras. En uno de esos días le pregunté a mi madre por qué mis hermanos tenían miedo, y ella me contó lo que ellos decían. Con mi inocencia infantil le respondí sonriendo que no debían tener miedo, que ella era mi amiga Mariana, que jugaba por la casa. Mi madre se asombró mucho, pero me creyó, y al día siguiente fue a la iglesia a pedir consejo, pues no sabía qué hacer. Le dijeron que tenía que rezar y pedirle al espíritu que se marchase. Mi madre continuó haciéndolo durante días, hasta que todo volvió a la normalidad.

Pasaron los años y, cuando estaba por cumplir los diez, volvieron a llevarme al cementerio. Toda mi familia conocía esa historia y uno de mis tíos me pidió que lo llevase a ver la tumba en la que solía ir a jugar. Aunque habían pasado los años seguía recordando el camino y lo llevé. La vimos un momento y él leía todo lo que decía en las placas que su familia había puesto. Mi tío buscaba la fecha de nacimiento y fallecimiento para saber desde qué año estaba la tumba allí, pero no había ninguna fecha, solo estaba la del fallecimiento, así que nos fuimos de allí. Como no sabía qué nombre estaba escrito lo leí. "Mariana Castro".

Después de un tiempo mi abuela falleció, y un día que fuimos a visitarla aproveché para ir a la tumba de Mariana, pero ya no estaba. La busqué con un familiar, le describí como era, pero no logrué encontrarla. Después de ese día no pude volver a visitarla.

El cuadro del Diablo asomándose por la ventana

El cuadro del Diablo asomándose por la ventana es una obra de arte antiguísima, realizada por un artista que, supuestamente, sufría esquizofrenia. Se pintó hace doscientos años, así que su valor en el mercado actual de excentricidades y curiosidades es incalculable.

Esta imagen es la de una pobre cabaña enmohecida, que se encuentra ubicada dentro de las entrañas de un raquítico bosque, la cual a parte de deteriorada y ennegrecida, está a punto de desplomarse. Sobre una ventana de marco de madera podrida que está a la izquierda de la puerta cerrada puede observarse una silueta cornuda, con el brillo de dos puntos escarlatas mirándonos. Si uno se acerca con detenimiento puede apreciar las facciones aterradoras y demacradas del ser. Es el mismísimo Diablo.

El cuadro cuenta su historia misma, mitad realidad mitad fantasía, imposible de determinarlo. Fue concebido en el año 1804, un año después de que Inglaterra le declarase la guerra a Francia por añejos asuntos políticos y diplomáticos. Su autor, precisamente de origen francés, deja serias dudas acerca de su identidad. Muchos dicen que era un hombre encargado de pintar cuadros al emperador Napoleón, y que este mismo le pidió, a modo de broma, dibujar algo aterrador para él, dando como resultado la imagen plasmada. Tal fue la dedicación y tiempo que le dedicó a la obra que el obre se obsesionó causándole severos desajustes mentales.

Decían que la figura que con tanto esmero retrató se le aparecía de vez en cuando, asomándose por las ventanas de su gótica residencia en Marsella. Fueron tantas sus ganas de complacer a Napoleón que enloqueció.

Otras versiones manejadas es que el cuadro fue pintado por un tal Donatien Voltá, un hombre de creencias oscuras que acostumbraba a hablar de demonios y ritos ocultos. La gente del pueblo, en extremo conservadora, lo asesinó crucificándole en una cruz invertida, pues pensaban que estaba poseído, aunque lo cierto era que padecía esquizofrenia. De dentro de su humilde morada, que es la que está pintada en el cuadro, sustrajeron la macabra pintura, que aún conserva las costras de su negra sangre.

Con tales suposiciones el cuadro se cotizó y pasó a las manos de William Lebrun, un empresario adinerado y aficionado por el arte gótico, que pagó a un hombre que juró haberlo robado de la misma cabaña maldita, una elevada suma de dinero. Ambos murieron, primero el ladrón, de quien nunca fueron reveladas las causas de la muerte, de hecho solo se mencionó como un crimen de sectas satánicas. El empresario murió de un infarto en la sala de su casa, mirando con ojos desorbitados al cuadro mencionado. Todos estos sucesos acaecieron en el año 1813.

Pasaron tres años más sin noticias de la pintura, se supo que estaba resguardada en un santuario francés, pero precisamente en 1816 dicho santuario fue consumido por las llamas, muriendo clérigos y franciscanos que habitaban ahí. Se salvaron algunas obras materiales, entre ellas el cuadro, más ninguna vida humana resistió la acometida.

Una vez más se perdió la pista del cuadro durante cerca de diez años, pero en 1829 apareció de nuevo en una subasta en Londres. Sir Arlein Iweird pujó una cantidad superior a las quince mil libras esterlinas. El excéntrico londinense tenía una colección de cuadros de diversas épocas de la historia, y al tratarse esta de una pieza rara, llamó poderosamente su atención. No duró ni una semana en la propiedad de Arlein, se deshizo de la pintura al externar que el ambiente de su hogar cambió desde que el cuadro entró a su domicilio. No le importó perder el dinero. Así el cuadro terminó en una galería de arte en el sur de Inglaterra.

Así el cuadro vagó de museo en museo durante veinte años. Solo se sabía que los relatos de los veladores informaban de ruidos extraños en el recinto a partir de la llegada de la obra, sonidos imposibles de describir e improbablemente emitiddos por cuerdas vocales humanas. Todos coincidían en sentirse abrumados por la pieza, siempre omitiendo pasar frente a la pintura.

En 1853 el cuadro fue robado del museo de Bromwich, permaneciendo en paradero desconocido hasta que, en 1879, se supo que estaba en posesión de una mujer divorciada. Ella comentó en su interrogatorio que fue un regalo que le hizo un hombre a quien socorrió después de darle alojo y alimento al perderlo todo, a excepción de ese paisaje plasmado en lienzo.

La mujer de nombre Dora Miller, aceptó más por compromiso que por gusto, pues sintió un súbito escalofrío al ver los trazos perturbadores del macho cabrío asomándose por la ventana. Jamás lo colgó en las paredes de su hogar, lo tenía escondido en el desván de su casa. La dama comentó que durante las noches escuchaba pequeños golpes sobre los cristales de la ventana de su habitación. Asustada no pudo más que relacionar los sucesos con la llegada del cuadro, por lo que la mujer optó por tirarlo a la basura. Seguramente fue recogido por un pordiosero o alguien en busca de arte en los contenedores de basura.

La pintura volvió a aparecer seis años más tarde en una tienda de artes en Leeds. Se exhibía ahí como atracción, se cobraba por verla y se retaba a la gente a verla fijamente por más de tres minutos. Después de perdería el rastro de ella nuevamente.

Para pasados los 1900 el cuadro apareció en un hogar de los Estados Unidos, en posesion de una familia norteamericana que lo colgó en las paredes de su comedor. El jefe de la familia enloquecería a las semanas de obtenerla, matando a su esposa e hijos de siete y seis años respectivamente. El criado que sobrevivió al ataque relató que el endemoniado amo utilizó un hacha para llevar a cabo la masacre. Cuando las autoridades llegaron al domicilio, el hombre ya se había suicidado con veneno casero para matar arañas.

No se supo más del cuadro hasta que volvió a aparecer en la frontera mexicana. La revolución y los hombres de Villa habían saqueado pueblos norteamericanos. Un acaudalado cambió dinero y municiones por la extraña pintura. La identidad de su nuevo dueño tampoco es clara, solo se sabe que su apellido era MonteAlba. El cuadro atrajo el morbo de su comprador, quien conocía la historia del cuadro, y retuvo la obra por muchos años, hasta que perdió su fortuna y enloqueció a causa de múltiples y bizarras alucinaciones.

El liezo se volvió a perder y nadie supo nada de él, aunque los rumores acerca de su localización iban y venían, aunque incluso se dudaba de su autenticidad. Se convirtió en un tesoro extraviado. La gente hablaba de la obra como si de un fantasma se tratase, e incluso la misma iglesia desmentía su existir. Ojalá eso fuese cierto, pues al cumplirse 200 años de su primera adquisición ha vuelto a Francia, y para ser más preciosos ante un Lebrun. 

El motivo de contarte la historia de este cuadro es que hace una semana la pintura llegó a mí, en el museo de artes de Sanit Etien, que me llamó para comunicarme un hecho por menos sorprendente. En cateo a barcos piratas en las costas del reino de Mónaco fueron incautados diversos objetos robados, que iban desde joyas hasta obras de arte plásticas y pinturas. Envuelto en papel manila se encontraba el cuadro del diablo. Sin lugar a dudas los criminales no tenían idea del objeto que poseían.

El Departamento de Cultura Francés, conociendo mis investigaciones acerca del liezo, optó por entregármelo por un periodo de treinta días con el fin de que completase los estudios de tan misteriosa obra. El mismo cuadro que mi ancestro había comprado hace doscientos años estaba de regreso en mi familia.

No supe bien cómo reaccionar ante la imagen, el verla me pretrificó. El cuadro que había perseguido durante años ahora se presentaba frente a mí. Después del horror vino una sensación de atracción y asombro. Analizaba la pintura, me seducía, apreciaba las líneas y trazos que de ella emanaban y me perdía en la silueta satánica que me observaba.

Aun conociendo los horrores que padecieron los antiguos dueños de la obra, el sentimiento de admiración eclipsó en mí cualquier duda. Me sentí complacido en obtenerla y continuar con los estudios de mi investigación. Cierto es que es algo aterrador, pero también es atrayente.

Ahora mismo permanezco sentado en el sillón individual de mi sala, he colocado el cuadro en mis plancas paredes. Sus colores oscuros y deprimentes me transmiten angustia, escucho ruidos en la ventana del comedor, sé que alguien la golpea sin cesar, algo o alguien quiere que mire tras la ventana. Los impactos se tornan violentos, no paran, no se interrumpen, pero yo simplemente miro al cuadro. Observo la cabaña vieja de maderos ennegrecidos y aberrantes. Debería estar un macho cabrío, pero ahora ese espacio oscuro del cuadro... está vacío.

Al final decido mirar por la ventana y la sangre se me congela en las venas al ver una figura completamente roja, macabra, mitad hombre mitad cabra, con grandes y largos cuernos y ojos de fuego, que me sonríe macabramente. He de deshacerme de este cuadro antes de que sea demasiado tarde, ¿lo quieres?

La casa del centro del bosque

Una mañana de agosto decidimos salir a cazar al bosque. Normalmente no lo haría pero esa sería la última vez que viese a mi padre en un año y quería pasar tiempo con él. Fue un buen día, al atardecer habíamos cazado bastantes piezas de gran tamaño, pero nos perdimos y la noche se nos echó encima.

Siempre he tenido miedo de entrar en los bosques, y mi imaginación empezó a jugarme malas pasadas. Constantemente le preguntaba a mi padre si faltaba mucho para llegar al camino en el que habíamos aparcado el coche, pero él tampoco lo sabía.

Al poco rato encontramos una cabaña en un claro y mi padre me dijo que podíamos pasar allí la noche, alegando que, al día siguiente, se lo explicaríamos al dueño. En cuanto entramos algo me sorprendió. Esa casa no tenía ni un solo mueble, únicamente una gran cama. Por si eso fuese poco las paredes estaban cubiertas de espeluznantes cuadros pintados con tal realismo que parecían sacados del infierno.

Nos tumbamos en la cama y yo me abracé a él aterrada, y así me dormí. A la mañana siguiente la luz del sol nos despertó, algo extraño, pues no habíamos visto ni un solo resquicio por el que la luz pudiese pasar. Me levanté al ver a mi padre con una mirada extraña, como si tuviese miedo, y al mirar a mi alrededor me sorprendió ver que no había ni un solo cuadro y que, lo que antes habíamos tomado por imágenes, en realidad eran ventanas.

Solo daba un paseo

He de suponer que, a lo largo de tu vida, habrás oído miles de historias, la mayor parte de ellas inventadas, pero esta es distinta. Te juro por mi vida que, a día de hoy, aún lo recuerdo con exactitud, como si estuviese grabado a fuego en mi memoria, como una película.

Nací en una aldea cercana a un bosque, aunque no es ahí donde sucedió lo que a continuación os voy a relatar, sino en la carretera que había que subir hasta llegar a mi casa.

Recuerdo que a solo media hora de camino había un taller perteneciente al padre de una amiga, pero tampoco es sobre él la historia. La localización es muy importante, pues a la derecha lo único que había era un barranco de más de quince metros.

Una noche en la que volvíamos de Santiago no nos quedó más remedio que pasar por allí, y charlando sobre lo mucho que nos habíamos divertido a lo largo del día, llegamos a la cuesta en la que estaba el taller. Allí algo nos sorprendió mucho. En medio de la carretera una anciana daba vueltas sin parar.

Si la esquivábamos de cualquier modo podían suceder dos cosas: que nos chocásemos contra la pared del taller, o que cayésemos por el barranco. Entonces me di cuenta de algo extraño. La anciana flotaba a unos centímetros del suelo. Le expliqué a mi padre lo que había visto y se dio cuenta de que llevaba razón, así que no dudó en cuanto decidió seguir camino. Mi hermano gritó pensando en que la habíamos atropellado, pero al darnos la vuelta allí no había nadie.

Volvimos a casa aún con el miedo en el cuerpo y, al llegar, nos volvimos a encontrar a la anciana. Mi madre tomó fuerzas, bajó del coche y le preguntó qué hacía allí. Su respuesta fue: "Solo daba un paseo". Dicho esto se encaminó cuesta abajo hacia su casa.

A la mañana siguiente una vecina nos vino a avisar de algo extraño. La mujer a la que habíamos visto había muerto la tarde anterior.

Los visitantes

Un día viajé a Canadá, pero eso no tiene nada que ver con mi historia, en realidad todo sucedió cuando volví. Mi familia me dio la queja de que se oían ruidos en los campos a altas horas de la noche, cosa que a mí me resultó de lo más normal, pues no faltaba nunca el grupo de chicos que encontraba divertido meterse entre las siembras para jugarse bromas entre ellos, o en el peor de los casos, a nosotros.

El comisario no solía hacer mucho al respecto, así que solo me quedaba montar guardia y ahuyentarlos aunque fuese a palos. Cuando el mayor de mis hermanos vigilaba se acercó a mí, pálido como la cera, sin poder articular palabra alguna, temblando de miedo como si hubiese visto un ánima. Eso me hizo saber que algo andaba mal, pues él era incluso más valiente que yo y no alcanzaba a comprender qué había visto para tener tal susto en el cuerpo.

Con escopeta en mano me dispuse a salir de casa, pero las manos de mi hermano tomándome con fuerza del brazo me impidieron poner un pie fuera de la casa. Lo miré, pero seguía sin poder hablar, aunque la mirada en sus ojos me hizo saber que no debía salir. En su lugar nos asomamos por la ventana y él me indicó con su mano, que aún temblaba, el lugar hacia el que debía mirar.

Al principio solo vi ramas moviéndose, a pesar de que no corría ni un soplo de viento, pero en cuanto "eso" se incorporó me olvidé incluso de respirar. Lo que se hallaba ante mis ojos, lo que tanto había aterrado a mi hermano, fue un ser grisáceo y flaco, que fácilmente alcanzaba los tres metros. Parecía estar buscando algo y en cada paso se acercaba un poco más a nuestra casa.

Me di la vuelta para mirar al resto de mi familia, no sabía que hacer ¿cómo saberlo? Ni tan siquiera entendía lo que estaba viendo, ninguno de nosotros lo hacía, y tampoco lo que vino después. Con cada uno de mis confusos pensamientos, únicamente le daba tiempo de acercarse hasta llegar a la puerta de la casa.

Los ojos de mi hermano se clavaban en los míos buscando una respuesta, y yo no pude hacer otra cosa que levantar la escopeta y apuntarle, pero en ese momento la criatura emitió un chillido tan intenso que mis oídos sangraron, al igual que los del resto de mi familia.

Por un momento perdimos la razón, pero al recuperar la consciencia solo le vi alejarse en medio del campo, junto a otros tres más como él, hasta perderse en una cegadora luz que se veía a lo lejos. Mi primera reacción fue tomar a mi familia para salir de allí, pero las ramas del campo seguían moviéndose. No supe cuántos más de esos había o cuales eran sus intenciones, así que no nos quedó de otra que quedarnos allí hasta el amanecer.

Nos aterraba contar lo sucedido, incluso entre nosotros. Pero esa noche no solamente vigilamos nuestra granja, sino la de decenas de personas más a las que conocíamos. Esa fue la charla común entre todos losvecinos. Se dieron miles de teorías y soluciones. Los muchos regresaron a sus granjas, pero yo no podía arriesgar así a mi familia.

Ese mismo día nos trasladamos a Vancouver, sin querer saber nada más de lo ocurrido. Hace solo unos días empezamos a saber que la gente que vivía en el pueblo desaparecía misteriosamente para no volver a ser vistos jamás. Por suerte nos fuimos de allí a tiempo, aunque a día de hoy ese rostro sigue en mis pesadillas.

El diario

Era mi primer día en la biblioteca del estado. Me habían enviado desde el colegio para conseguir algunos créditos extra que me permitiesen entrar en la universidad, donde pretendía estudiar literatura, por lo que ni yo ni el bibliotecario estábamos preparados, ni dispuestos para trabajar juntos. Ese hombre trabajaba allí desde hacía treinta años y trató de mantenerme lo más lejos posible, así que me dio el área de libros comunes, prohibiéndome la entrada al resto de las secciones.

Pero no tenía intenciones de obedecer a un viejo mal encarado, todas las cosas que me decía las tomaba como un reto, especialmente porque adoro la lectura. Empecé a tomar libros de las "secciones prohibidas", me los llevaba a casa, veía unas cuantas páginas y luego los dejaba en un rincón, pues eran sumamente aburridos. No entendía por qué el bibliotecario los cuidaba tanto.

Un día tomé un libro sin permiso, pero este era distinto a todos cuantos había visto en mi vida. Estaba cubierto en piel, como muchos otros, pero era tan tersa, delgada, lisa y suave que me invitaba a acariciarlo una y otra vez. No tenía título, ni mostraba editorial o ilustración en la portada, en realidad no tenía ni una sola marca que dañara aquella bella piel. Entonces lo más lógico para conocer su contenido era abrirlo.

En cuanto lo hice una ligera brisa enfrió mis pies, recorriéndome el cuerpo entero. En realidad tenía entre mis manos un diario que relataba hechos macabros acontecidos en la vida de una persona desconocida.

Ls cosas que narraba el libro rebasaban por mucho las peores películas que había visto en mi vida, tenía el miedo clavado en la espiina, pero aun así algo me incitaba a leerlo sin parar. Eran tan solo una decena de páginas, y en cada una de ellas se narraba un terrible asesinato, y aún restaban cientos de ellas. Te parecerá increíble, pero en una de tantas se narraba cómo había cubierto el diario de piel humana. Empezó a darme asco, y entre eso y que no tenía tiempo para leer las últimas, me las salté. Sabía que resultaban mucho peores que las primeras, como si la maldad de su dueño hubiese crecido con la práctica.

Al día siguiente fui a ver al bibliotecario y le entregué en diario en sus manos. Confesé haberlo desobedecido y por ello le pedía disculpas, pero el hombre lo tomó con una sonrisa y simplemente me dijo:

-¡No te preocupes! Con esa actitud lo único que has logrado es que hable de ti en mi diario.

Lógicamente ese mismo día me fui de allí tan rápido como pude, sin despedirme de nadie, y así me salvé de figurar en el diario, justamente en la página 327.

No tengas prisa

Se acercaba el cumpleaños de mi abuelo Emilio, y todos le estábamos preparando una fiesta sorpresa. Solo faltaban un par de detalles en los que se necesitaba la colaboración de la abuela, pero no pudimos encontrarla cuando la llamamos, por lo que mi madre dejó un mensaje en el contestador.

Horas más tarde vi que un taxi llegaba hasta aparcar en la puerta de nuestra casa, y de ahí bajaron los abuelos. Sabiendo el tema a tratar fui a buscar al abuelo para entretenerlo en mi habitación mientras los demás hablaban de su fiesta.

El pobre anciano lucía muy cansado y apesadumbrado, hacía esfuerzos para sonreir ante todos mis chistes y anécdotas, pero no pronunciaba ni una sola palabra. Pasado un rato me di cuenta del semblante triste que tenía, hasta parecía que las lágrimas estaban atrapadas en sus ojos. Quise abrazarlo para consolarlo, pero el hombre levantó su bastón, apuntándome para que no me acercase más.

Nunca antes me había negado un abrazo, por lo que comencé a interrogarlo, pero por más preguntas que le hacía poca respuesta obtenía, mi abuelo seguía cabizbajo, casi llorando, y entre sollozos me dijo:

-No tengas prisa, ya lo sabrás.

En ese instante mi madre me llamó desde la planta baja, y yo bajé un tanto extrañado. Entonces me dio una noticia extraña, algo muy difícil de creer. Mi abuelo había muerto. No tenía ningún sentido ya que él estaba en mi cuarto y solo habían pasado unos segundos desde la última vez que le había visto.

Sin decir nada subí las escaleras hasta mi habitación y abrí la puerta. Consternada me quedé al ver que de mi abuelo solo pude vislumbrar una traslúcida figura que, tras un saludo de marinero, desapareció en uno de los muros de la casa.

El viejo ermitaño

Eso de trabajar para el estado empezaba a cansarme ya, empezaba a odiarlo. Un día a finales de septiembre nos enviaron a un compañero y a mi a las comunidades aldeañas para levantar un censo y tuvimos que caminar entre los árboles para llegar hasta la casa de un viejo ermitaño, el único que faltaba. Por fortuna no estaba muy internado en la arboleda, ya que no me interesaba mucho adentrarme en el que los aldeanos llamaban "El bosque de las ánimas", ni siquiera reuní el valor para preguntar por el origen de tal nombre.

En unos minutos llegamos a una cochambrosa casa, llena de inmundicia y pestes desconocidas que casi me obligaron a cubrirme la nariz. El olor era tan fuerte que podía sentirlo ardiendo en mis ojos. Estuve tentada de marcharme, pero no tardó en aparecer un vejestorio andrajoso y sucio. Los pies parecían más bien pezuñas a falta de calzado, y agitaba una rama en su único brazo, amenazando con matarnos.

Everet, mi compañero, me clavó tan fuerte las uñas que acabé gritando, y el viejo se nos vino encima con más ímpetu, balbuceando mil cosas y causándome nauseas con su asqueroso aliento. Por fortuna no veía demasiado bien, así que los palos fueron para un par de árboles cercanos.

Después de desquitar su coraje nos dijo que lo siguiésemos hasta un jacal como si nada hubiese pasado, pero insistimos en interrogarlo mejor fuera, con la debida distancia. Al terminar todas las preguntas nos informó de que aún había un habitante más en el poblado y era nuestra obligación incluirlo en los datos.

Entre otras cosas nos dijo que se trataba de un habitante eventual, que solo venía cada diez años, y que estábamos de suerte porque no se encontrába ahí. Nos dio indicaciones para llegar, pero luego empezó a soltar tremendas historias, por lo cual lo dimos por loco, pues según sus relatos el supuesto morador del espeso bosque era un ser interestelar, que venía a la tierra para alimentarse y reproducirse.

Agregó también advertencias, por las cuales no debíamos movernos bruscamente o hablar alto, pues podríamos asustarle, causando que nos partiese en dos con sus enormes garras y succionara nuestras entrañas con los múltiples tentáculos colgantes de su boca.

-¡Patrañas! -dije molesta por tal pérdida de tiempo y preparándome para marcharme.

-¿Por qué no me crees muchacha tonta? -refunfuñó agitando su rama-, ¡él es mi padre! -agregó con una voz retumbante que movió los árboles cercanos. No fui capaz de creerle hasta que de su boca dejó salir esos largos tentáculos succionadores para que no tuviésemos duda de lo que decía.

Obviamente no tomamos el camino indicado, pues según él estaba a punto de regresar y lo último que queríamos era encontrarnos con esa cosa.

Uno, dos, tres

Cuando era muy pequeña mis padres viajaban mucho, y cuando sabían que tardarían varios días en volver, solían dejarme al cuidado de la vecina, una viejecilla de extrañas manías, muchas de las cuales la gente relacionaba con brujería. Aun así mis padres no se dejaban llevar por tonterías y confiaban mucho en ella, tanto como para dejarme a su cuidado.

Para mí era la más horrible de las pesadillas, no podía pegar ojo devido a la serie de inexplicables ruidos que siempre se escuchaban en su pequeño departamente y, sobretodo, por una terrible canción que ella repetía una y otra vez, y que a día de hoy permanece intacta en mi memoria. Dicha canción decía así:

-Un, dos tres... me oyes pero no me ves... cuatro, cinco seis... no me encontraréis... siete, ocho, nueve... estoy más cerca de lo que crees...

Entonces me sentía acechada, buscaba alrededor, vigilaba cada rincón, quería esconderme, pero me era prácticamente imposible, pues es sabido por todos que debajo de la cama o en el armario están los más horrendos monstruos, y eran esos los mejores escondites. Ni en mi casa me sentía segura, pues la anciana tarareaba constantemente la misma tonada, y yo los escuchaba porque ambas casas tenían una pared común.

Con el paso del tiempo fui creciendo, y el miedo se hizo menos, hasta que una noche, mientras caminaba por la ciudad de camino a casa, un chiflido se hizo eco en la oscura calle por la que transitaba... la tonada se me hacía familiar pero no podía recordar con exactitud, hasta que los chiflidos se volvieron palabras:

-Un, dos, tres... me oyes pero no me ves...

Se me heló la sangre en las venas, causándome tal pesadez en el cuerpo que me era imposible moverme, y escuchaba tras de mí un par de pasos que se acercaban lentamente.

-Cuatro, cinco, seis... no me encontraréis...

El terror me paralizaba, y entonces tomé fuerzas para salir corriendo hasta llegar a casa. Ahí un ataque de risa me invadió, me sentía un poco tonta al huir de los recuerdos de mi niñez, así que, despues de tomar aire, seguí con mi rutina, escuchando los mensajes de mi contestador.

El único era de parte de su madre, pidiendo que asistiera al funeral de la viejecilla que de pequeña me cuidaba. En ese momento no pude detener los escalofríos que subían electrizando a la vez todo mi cuerpo. Creía que había sido una alucinación hasta que volví a escuchar la última parte de la canción, aquella que decía:

-Siete, ocho, nueve... estoy más cerca de lo que crees...

La carroza de la muerte

Esta vez no te hablaré de una experiencia que me pasó a mi, sino a uno de mis mejores amigos. No le deseaba ningún mal, pero tampoco soy capaz de lamentar lo que ocurrió, pues de algún modo él mismo se lo buscó.

Se llamaba Rodrigo, y te aseguro que era un verdadero patán con su madre, habíendo aprendido esa maldita actitud de su padre. Cada vez que le hablaba era siempre con desprecio, no tenía ni el más mínimo cariño por las cosas que quedaban de su infancia y no valoraba en absoluto todo cuanto su madre hacía por él. Tampoco cuidaba de sí mismo, y una de las noches en las que se le ocurrió llegar borracho a casa, fue a curar la embriaguez con su pobre madre, una señora ya muy castigada, pero no a causa de la edad, sino del trabajo duro y de los malos tratos que la vida le había dado. El muy desconsiderado llegó borracho, gritando, pateando y maldiciendo. Hacía días que yo había decidido cuidar de su madre, pues su situación la llevaba a intentar buscar la muerte una y otra vez. Le oí echarle en cara lo mucho que había tardado en morir, y aunque traté de pararlo incluso a mi se le ocurrió pegarme. Los vecinos escucharon la discusión, y a sabiendas de lo indefensa que estaba la mujer y de lo poco que yo podía hacer por ella, se encargaron de echarle de casa, algo que ninguna de las dos lamentó.

Con el canto del gallo, las metiches y chismosas del barrio hicieron su reunión obligada en la esquina de la calle, para contarse unas a otras mil versiones distintas de la historia, pero solo una de ellas crispó los pelos a los demás, contando lo que en realidad había sucedido. La mas persignada santurrona del grupo dijo que había escuchado transitar por las empedradas calles a la mismísima carreta de la muerte, aunque te puedo jurar que, hasta aquella noche, yo lo consideraba un cuento de viejas. Ella contaba que a aquella vieja carreta no le rechinaban las ruedas por el óxido que el paso de los años había dejado marcado, sino que en cada vuelta se oía el horrible lamento de un alma torturada.

Estaban todas muy consternadas cuando Rodrigo, aún en su borrachera, apareció para seguir con el escándalo. Pateaba la puerta de la casa reclamándonos el no haber ido a buscarlo a casa de su mejor amigo, en donde había decidido quedarse. Pero eso no era del todo cierto, ya que después de la escena del día anterior, ella se había quedado en cama, y a esa hora aún no estaba despierta, y si he de ser sincera, yo tampoco.

Fue entonces cuando el grupo de las chismosas le advirtió del peligro que rondaba por las calles, pues cuando la carroza de la muerte anda cerca, no se debe salir. Rodrigo, tan acostumbrado a la vagancia, fácilmente podría ser confundido con la persona que la muerte andaba buscando, y ganarse un corte con su guadaña, que le perforaría el cuello hasta matarlo. Pero así como era el chico de briago, también lo era de incrédulo e irreverente, y no solo se rió de las viejas gallinas y sus supersticiones, sino que además se puso a gritar para que la carreta, que creía que no existía, apareciese ante él para, supuestamente, plantarle cara.

Por la noche, cuando estábamos todos ya atrincherados en nuestras casas. Por algún motivo uno nunca sabe lo que le puede esperar, y la seguridad de un hogar era mucho mejor que intentar enfrentarse a la misma muerte. En la calle lo único que podía oírse con claridad era la fiesta de Rodrigo, que cantaba para que todos lo escuchasen, cantaba para llamar a lo que creía que no existía. Entonces un horrible grito rompió el silencio de la noche nerviosa, un grito que incluso a mí, que aún estaba cuidando de su madre, me heló la sangre en las venas. Un viento fuerte sopló y abrió todas y cada una de las ventanas de esa calle. Por suerte las puertas estaban bien cerradas, pues de otro modo también las habría abierto de par en par.

Rodrigo se dio media vuelta para ver quién rompía su fiesta, y lo vió con clarirdad, vio a un ser cubierto con capucha, armado con una afilada guadaña que parecía sacada del mismo infierno, que azuzaba a un caballo casi desmembrado, quien tiraba de la carroza en la que se oían lamentos con cada vuelta de sus oxidadas ruedas.

Corrió aterrado, gritando de auténtico pánico. Algunas amigas mías lo vieron de cerca, corriendo como un poseso, con una mirada de terror en sus ojos parduscos, pero atrincheraron de nuevo las ventanas para no ver lo que le perseguía, pues desde lejos podían oirse los lamentos de la carreta de la muerte, incluso podía sentirse el calor que emanaba de las bocas del fuego que los caballos llevaban en sus fauces y en sus ojos.

Cuando llegó a la puerta de la casa llamó desesperado, pero entre el miedo de la carreta y lo que Rodrigo nos había hecho el día anterior, ninguna de las dos quiso abrir la puerta. A la mañana siguiente lo encontraron degollado en la puerta, que tenía rasgaduras de sus uñas ya inexistentes. Si él no hubiese sido tan grosero el día anterior, seguramente lo hubiésemos salvado.

Es por ello, querido amigo, que te pido esto: La próxima vez que vayas a hacer algo absurdo o intentes dañar a quienes ames, piensa primero en las consecuencias, porque la realidad es que la carreta de la muerte persigue únicamente a aquellos que no saben valorar lo que la vida les ha entregado y que, en ocasiones, es incluso más valioso que cualquier tesoro.

La casa embrujada

Estaba muy orgullosa del rumbo que estaba tomando mi vida, había empezado comprando una pequeña casa para restaurarla y después venderla a mejor precio. Tras unos años de realizar esta práctica de forma continua ya me encontraba comercializando mansiones. Ahí estaba, frente a lo que creía mi mayor logro, un bello caserón de antigua fachada. Estaba esperando por mi cliente, mientras admiraba los hermosos ventanales, cuando vi algo moverse en el interior. Tomé mi movil para llamar a la policía, pero entonces vi salir un par de cuervos por un hueco bajo una de las ventanas.

Subí hasta el segundo piso de la mansión para hacerme cargo del desperfecto antes de que llegara mi cliente, pues admiro la perfección y no era momento para que hubiese ningún daño, de otro modo el cliente no cerraría el trato. Al abrir la puerta de la habitación en la que estaba el daño a reparar, sentí un viento helado que me hizo tiritar, pero lo relacioné con el agujero en la pared. Al avanzar un par de pasos vi que el hoyo no cruzaba hasta el interior, sino que se encontraba fuera, y el viento era demasiado violento como para provenir de alguna filtración.

Entonces quise salir, pero la puerta se cerró casi en mis narices, dándome un buen susto. El golpe fue tan fuerte que no pude abrirla, y tras varios intentos comencé a tener miedo. Sentía en mi espalda un gran escalofrío, que se intensificó al escuchar que alguien se quejaba dentro de la habitación.

No sabía si darme la vuelta para ver quién era o tirar la puerta, pero ninguna de esas opciones sirvió cuando escuché la madera hundirse tras de mí. Una voz cavernosa dijo una sola palabra que me congeló la sangre en las venas: "Mika". Ese era mi apodo y solo mis amistades más cercanas lo sabían, pero esa voz no pertenecía a ninguno de mis amigos, ¿cómo lo sabía?

Toda fuerza que quedaba en mi cuerpo se esfumó como si de aire se tratase y caí al suelo, como si no quedase en mi cuerpo ni un solo hueso, como si me hubiese transformado en un trozo de gelatina que temblaba de auténtico terror.

Por suerte mi vista estaba demasiado borrosa como para apreciar a detalle la horrible figura que se hayaba ante mi, y en un intento desesperado por escapar de aquella cosa que me acechaba, corrí a la ventana y salté. Tardé en volver en mí, y cuando miré hacia la ventana aquella cosa aún estaba allí. Tenía la piel como si le hubiesen echado ácido por encima, unos ojos demasiado grandes y negros para ser humanos, la piel verdosa y el cuerpo fino como un junco, pero era aterrador.

Entonces dejé escapar mi sueño de vender aquella casa, pues ya estaba habitada y no tenía la sangre fría de exponer a una buena persona a aquella cosa, a la misma experiencia que yo acababa de tener. Como pude me levanté del suelo, retiré el letrero que rezaba "en venta" y cerré la puerta tras de mí. Si hubiese tenido siete llaves, bajo siete la habría cerrado. No quería saber nada más de aquel horrible lugar, así que me subí al coche y tiré la llave por la ventana, con la esperanza de que nadie nunca la encontrase.

martes, 9 de agosto de 2016

La casa en el fondo del callejón

No era más que una niña pequeña cuando nos mudamos a aquella enorme y vieja casa. la forma en que la construyeron la hacía parecer más un laberinto que otra cosa. Había que cruzar varias habitaciones para llegar a donde queríamos, ir al baño era una auténtica odisea. Cruzábamos el patio, un corral construido por el último dueño, y allá hasta el fondo, escondido entre unos espesos matorrales, estaba el baño.

Sobra decir que para mí era una cosa terrible tener que transitar por ahí sola, era la parte más oscura de la casa gracias a los frondosos árboles que siempre se estaban moviendo, hiciera o no viento. Algunas veces hasta podía escuchar a las hojas susurrar mi nombre y las luces entrecortadas que se colaban entre sus ramas me jugaban malas pasadas. Más de una vez me tuve que aguantar las ganas al no encontrar quién me acompañara por esa travesía, sobretodo porque, al dar un paso fuera de la casa, la puerta detrás de mí rechinaba incesantemente amenazando con cerrarse y dejarme atrapado ahí, porque solo se abría desde dentro.

Era tanto mi temor por esa zona de la casa que pronto mis hermanos se dieron cuenta y me hicieron aquella terrible jugarreta que, a día de hoy, no he sido capaz de olvidar. Los muy bribones cerraron la puerta a propósito, dejándome fuera, en ese horrible patio. Lloré y pateé hasta quedarme sin fuerzas, pero ellos solo se reían. Tirado ahí me aseguraba de darle siempre la espalda al feo paisaje, queriendo pensar que realmente no estaba ahí, pero no funcionó, el silvido de las ojas pronunciando mi nombre no me dejaba concentrarme en ningún momento feliz para sustituir aquella pesadilla. Me di media vuelta para gritar a los árboles que se callaran, y los descubrí realizando una danza macabra que servía de fondo a la aparición de una anciana pálida y enojada, que maullaba abriendo tanto su boca que, por un momento, parecía que en lugar de cabeza solo tenía un profundo y oscuro agujero.

La puerta aún conserva las marcas de mis uñas, de haber tenido solo un par de minutos más posiblemente la habría atravesado con mis sangrantes manos, tan solo por la desesperación. No intenté comprender lo que estaba viendo, yo solo ansiaba escapbar.

En ese momento mis gritos fueron tan intensos que mi hermana mayor me escuchó y vino a ver qué pasaba. A veces pienso que no debió hacerlo, pues aquel terrible espíritu que flotaba en dirección hacia mí atraveso su cuerpo en el momento justo en que abrió la puerta. Solo pude ver que se desprendía de ella un vapor antes de que cayera al suelo y, después de eso, jamás volvió. Su cuerpo estaba ahí, respiraba, comía, pero no hablaba, no nos veía, era como si no estuviese ahí, tan solo un envase vacío. Le habían arrebatado su esencia.

Tiempo después nos enteramos que en aquella casa había vivido una viejecilla enferma, que solo se hacía acompañar por decenas de gatos. Los vecinos todo el tiempo intentaron echarla por la terrible peste y suciedad que provocaban los animales y que ella ya no tenía la fuerza para asear, pero ella firmemente repetía una y otra vez "¡Ni muerta me alejarán de aquí!"

Cuando murió todos sintieron alivio, sin embargo aquella mujer era de palabra y cumplió su promesa. Esa casa en el fondo del callejón sigue siendo solamente suya.

viernes, 25 de marzo de 2016

La sirena

El cálido verano llegaba ya en su apogeo, y las playas se encontraban a reventar. Los jóvenes hacían sus locuras, no sólamente en las orillas, sino que llevaban sus embarcaciones mar adentro para tener un poco de privacidad. Lo único que les hacía falta para pasar las horas muertas lejos de la costa era comida y cerveza, lo cual no es la mejor de las ideas, sobretodo cuando el mar está picado y las fuertes y salvajes olas mueven las embarcaciones sin contemplación.

Con el inevitable paso de las horas se encontraban ya la mitad de ellos vomitando por la borda, aunque todos parecían distraídos, concentrados en sus más profundos pensamientos, aún atendiendo también a lo que les rodeaba. Fue gracias a ello que vieron claramente como uno de los chicos se inclinaba demasiado en la baranda, a punto de caer, y debido a la reacción de los mas cercanos, al tomarlo de los pies, que el incidente no pasó a mayores.

Sin embargo, cuando lo salvaron, en lugar de mostrarse agradecido, se molestó bastante, pues el quería caer al mar y perderse entre las olas con la hermosa mujer que le incitaba a saltar. No era del tipo de chicos que se embriaga y pierde la noción de la realidad, pero decía cosas muy descabelladas, tanto que acabó por preocupar a todos, por lo que decidieron regresar. Sin embargo el muchacho estaba hundido en un profundo trance, escuchando su voz en el suave murmullo del viento. Ella lo llamaba con la dulzura de una bella flor que acababa de abrirse, haciéndole hermosas promesas que nadie en el mundo podría jamás cumplirle... y a cambio solo le pedía un par de cosas.

Con la mirada perdida, fuera de sí mismo, el chico actuaba como un zombie, respondiendo únicamente a la voluntad de su ama. Acercaba a los demás pasajeros del bote hacia la baranda, para que ella pudiese hipnotizarlos y arrancarlos del barco. Por cada uno de los regalos ella sonreía y se acercaba provocando un apasionado beso que jamás daba. El joven se sentía destrozado, y la veía revolotear en el agua. Mostraba su grande y dorada cola de pez brillando como los rayos del sol, con cada zambullida, para venir a rematar con un torso desnudo, de piel suave como la seda, y el hermoso rostro de una bella princesa de cuento.

Ella sonreía coqueta, insinuante, adornaba su entorno con un bellísimo color escarlata, logrado gracias a la sangre de los chicos que estaba merendándose. No pudo aguantar aquella hermosa estampa, y acabó por saltar al encuentro de su amada. Ella lo tomó entre sus delicados brazos, provocado su locura y su deseo, pero dándole nada lo llevó de nuevo al barco y lo envió de regreso a la costa, prometiendo que, al volver con más de sus amigos, tendría todo de ella... pero el chico nunca volvió, pues al tocar puerto fue detenido, sus ropas empapadas en sangre, su desconcierto, la increíble historia que relataba... lo llevaron únicamente a un psiquiátrico, acusado de asesinar a sus amigos y arrojarlos al mar.

El muchacho no cambió jamás su historia, y murió del más grande dolor, el de extrañar a la sirena, a la maldita sirena que le había robado el corazón y, junto a él, la vida.

El pozo de los deseos

Quedaba poco menos de un mes para que se cumpliese el establecido pacto de entrega de su manuscrito, y ni tan siquiera lo había empezado. Pasaba por uno de esos famosos "bloqueos de escritor" y, tratando de evitar distracciones, se enclausuró en una humilde y bella cabaña en medio del bosque, donde pasaba horas divagando junto a un pequeño pozo al que hizo su amigo, esperando que este le concediese escribir un libro entero en menos de una semana. Cuando el pozo respondió, lo hizo con la tímida voz de una dulce niña, y le propuso ayudarlo, a cambio de diez gotas de su propia sangre.

No había tiempo alguno para desperdiciar una oportunidad así, y el hombre acepto el precio sin dudarlo. De inmediato tomó una afilada navaja y se hizo un profundo y aparatoso corte en uno de sus dedos, para dejar caer la sangre que el pozo le pedía a cambio de su tan ansiado deseo. Tras cada una de ellas parecía que el túnel cobraba vida, una vida extraña y oscura. Las paredes se movían inquietas al ritmo de sus cálidas y armoniosas exhalaciones, dejando escapar leves suspiros de alivio, mezclados con un profundo y exultante éxtasis.

Rugía sedienta la tierra también, como si bajo ella descansara una bestia y, tras la última de las gotas que el pozo le pidió, una criatura envuelta en abrasador fuego emergió del pozo y fue sobre el escritor. Solo diez gotas de sangre fueron capaces de darle la fuerza necesaria para salir del hoyo en el que estaba dormido, pero necesitaba el resto del hombre para alimentarse.

En ese momento su preciado manuscrito dejó de importar, luchaba desesperado, con uñas y dientes, para defenderse de los ataques de aquel debilitado demonio que había liberado de las profundidades de la tierra, pero absolutamente todo cuanto intentase resultaba inútil. Su cuerpo estaba también envuelto en fieras llamas y la carne chillaba pidiendo ayuda mientras se retorcía en el suelo.

Los anteriores habitantes de la cabaña conocían el avieso mal que moraba en las profundidades del negro agujero, pero necesitaban el agua, así que decidieron no sellarlo, y únicamente tenían un extremo cuidado al acercarse. No imaginaron que, al marcharse de allí, vendría un loco individuo que hablase con los pozos para pedirle un importante deseo.

La historia era deliciosamente buena para un libro, aunque fue una verdadera lástima que el escritor terminase siendo devorado, y sus restos calcinados a la orilla del pozo, que únicamente cumplió el ávido deseo de servir de cena para aquel horrible monstruo.

El árbol del vampiro

Se dice que a finales del siglo XIX allí vivía un hombre anglosajón que invariablemente vestía de etiqueta. Portaba además un gran sombrero de copa y un bastón de color negro. Las personas que se acercaban a él, llamados por su porte elegante, quedaban estupefactas al ver su rostro perfecto, como si hubiese sido cincelado por el más insigne escultor. Su tez era blanca como la nieve, mientras que en su boca asomaban un par de colmillos.

El horario favorito que este joven y apuesto caballero tenía para salir a la calle era siempre a partir de las 11 de la noche, mientras que el regreso a su domicilio, situado en una gran mansión, lo emprendía a las tres de la madrugada, más tardar.

Después de unos cuantos años un extraño fenómeno comenzó a ocurrir en el pueblo. Varios animales de granja comenzaron a desaparecer, solo para encontrar sus cadáveres a los pocos días, completamente desangrados en la orilla de un bello lago que, durante las noches, dejaba ver el pálido y bello reflejo de la luna.

-¿Qué clase de criatura infernal podrá querer la sangre de nuestras bestias? -se preguntaban los sorprendidos y asustados granjeros.

A partir de aquel momento varios de ellos montaron guardias nocturnas con el fin de descubrir al macabro ladrón, hasta que, al fin, uno de los cuidadores logró dispararle en una pierna a un individuo que trataba de robar unas ovejas. Ante el balazo de la boca del ladrón salieron chillidos como los de un murciélago, y escapó intentando perderse entre los arbustos, iluminado por un profundo y bellísimo manto de estrellas. Tras de sí iba dejando un gran rastro de sangre. Sin embargo ese vital líquido no era del tono rojo oscuro habitual, sino más bien de un color violáceo.

La persecución duró horas, hasta que los primeros rayos de sol comenzaron a asomar por el horizonte. El vampiro trato de cubrirse el rostro y las manos con su abrigo negro, pero era ya muy tarde. Su piel albina se tornó verdosa. Después, uno a uno los huesos de su cuerpo comenzaron a asomar. A los pocos minutos tanto su vestimenta como su esqueleto quedaron convertidos en cenizas.

Dejaron los restos allí, con la esperanza de que todo aquello se lo llevase el viento de la montaña. Sin embargo, a la siguiente semana, un árbol empezó a brotar de las profundidades de la tierra. Era de corteza roja y parte de sus ojas tenían espinas. 

Algunos trataron inutilmente de derribarlo, pero pronto cesaban en su intento al percatarse de que, al asestarle hachazos al tronco, de las heridas causadas brotaba sangre. Otros más rodearon el tronco con una capa de grueso cemento y, en la parte superior, colocaron un techo en lámina para evitar que el agua de la lluvia pudiese alimentarlo. No obstante, el árbol continúa creciendo con normalidad hasta la fecha, destruyendo poco a poco la coraza que armaron a su alrededor, y si algún día vais a la sierra, allí lo veréis, el árbol de corteza roja alzándose majestuoso sobre los demás.

La página del diablo

Había escuchado mucho sobre aquella mítica página. Un sitio dedicado por completo a las artes demoníacas, donde podían verse posesiones, invocaciones, sesiones en tiempo real, el paso de distintos demonios a nuestro plano de existencia y, por si fuera poco, se encontraban también instrucciones precisas de cómo hacerlo ellos mismos, en la comodidad de su hogar. Además había un apartado por demás exagerado, en el cual se hacía un pacto online con el Diablo.

Lo extraño de todo esto es que las personas que solían hablar de ello no tenían ni la más mínima idea de la dirección web de ese sitio, por lo que muchos pensaban que no era más que un cuento, como muchos otros, una simple leyenda urbana que tenía más datos descabellados que ciertos. Sin embargo, la voluntad de Daniel por dar con aquella página era muy fuerte, y bien dícen que "el que busca, encuentra". Después de un mes de investigación y de surfear por los sitios más extraños que puedan hallarse por la red, al fin la había encontrado.

Era una simple y llana ventana emergente, apareció casi por sí misma, como si tuviesen que cumplirse ciertos requisitos de navegación, y basándose en estos hábitos, se obtuviera una invitación para entrar.

Para desbloquear el acceso había una simple pregunta, aunque más era una advertencia: "Entrar a este sitio implica entregarte al Diablo... ¿estás de acuerdo?. Pero no había botones para elegir si o no. En su lugar, la mente del tipo era invadida por un bombardeo de imágenes, en las cuales obtenía una gota de sangre de su cuerpo y la ponía en la pantalla.

Así lo hizo... y aquellos terribles gritos de dolor y angustia, del más puro terror, invadieron su habitación. Cientos de videos se reproducían al mismo tiempo, mostrando grotescas escenas de almas torturadas por distintos demonios que se divertían con cada nueva idea de tortura, gente realizando extraños rituales y demás cosas que daban auténtico miedo.

La ventana no tenía ninguna ´"X" para cerrarse, para detener todo aquello que poblaría las pesadillas de Daniel durante años, décadas quizá. Apagar el ordenador no sirvió de mucho, desconectarlo tampoco dió resultado. Aquellas aberraciones seguían mostrándose, pasando por un momento de estática, en el cual se materializó un ser humanoide, desprovisto de piel, y empezó a salir de la pantalla. Por la posición que el chico mantenía fácilmente pudo haberlo tomado del cuello y llevarlo consigo, pero en lugar de eso el demonio fue saliendo lentamente, mostrando su macabra sonrisa llena de filosos dientes, saboreándose del muchacho.

Le hacía saber su horrible futuro solo con gestos, y dejaba que el aire se impregnara con el miedo de Daniel, quién, habíendose entregado al Diablo desde el inicio, había pasado a formar parte del elenco, como otros cientos de curiosos cuyos videos servían para atraer nuevos miembros. Él era el siguiente, y según el demonio terminó de salir de la pantalla lo tomó de un brazo y volvió a entrar, arrastrando consigo a Daniel, a aquel foso de tortura del que jamás saldría. La pantalla se apagó y la habitación quedó llena de sangre, cuyo centro era, como el ojo de un huracán, el ordenador. Nada se supo nunca de Daniel, ni del extraño caso que, a día de hoy, no encuentra explicación normal.

Esa página existe, pero os aconsejo que no la busquéis. Se oyen los lamentos de Daniel, y de otros cientos de almas incautas, que accedieron a entrar a ese sitio web. Yo la encontré, pero no quise firmar, y aún así tengo pesadillas con aquellas voces, y un ser humanoide, sin piel, de aspecto realmente aterrador, me visita cada noche en mis sueños invitándome una vez más a entrar en aquella página.

jueves, 24 de marzo de 2016

La dama de rojo

Cada fin de semana la rutina era la misma; ella salía del trabajo a prisa, para llegar a casa y tomar un aromático baño. Luego se sentaba horas frente al espejo embelleciéndose. El toque final, siempre un vestido rojo, porque le gustaba llamar la atención, además hacía resaltar su hermosa piel clara, labios carmín y la sedosa cabellera negra que cubría un poco el gran escote de su espalda.

Volvía de su gran noche de fiesta, luciendo tan hermosa como al salir de casa, solo que el cansancio de bailaar le obligaba a cargar sus tacones en mano, mientras el cemento frío e irregular por el que caminaba masajeaba sus pies a cada paso.

Ese camino lo recorrió tantas veces que podía fácilmente llegar a su destino con los ojos cerrados si así lo quería, así que no le molestaba dejar caer sus párpados para dedicarse a escuchar y oler la noche que tanto le fascinaba.

Avanzaba lentamente, buscando sorprenderse con algún detalle que pudo ignorar al llenarse con las imágenes que pasaban por su retina, fue entonces cuando lo descubrió... un agitado resoplido, acompañado de un olor particular que transportaba un ligero viento que a penas le movía un par de cabellos. Temía abrir los ojos y perder el rastro de aquello que había provocado tantas sensaciones en su cuerpo...

Siguió así, dejándose llevar por aquel sabroso olor a metal húmedo, que la guiaba a su procedencia... uno, dos, tres... decenas de ansiosos pasos. Se detuvo en la entrada de un callejón, el lugar era una fiesta de sonidos y olores que le nublaban la razón.

Gemidos, lamentos, respiraciones agitadas, algo que se desgarra o se rompe... finalmente un rechinido que le obliga a abrir rápidamente los ojos, para verlos ahí... de rodillas, hundiendo sus colmillos y desgarrando el cuerpo de aquel hombre para alimentarse.

Ella deja caer sus tacones, en el choque de estos contra el suelo ellos se voltean, la miran fijamente por un segundo, y vuelven a lo suyo. No puede resistirlo, se tira sobre sus rodillas, se arrastra por el suelo... el estómago parece consumirse a sí mismo, la obliga a retorcerse y convulsionar, pero todo termina cuando hunde sus dientes en el cuerpo del hombre muerto. El tibio sabor a hierro despierta nuevamente sus sentidos, siente la vida fluir dentro de ella, la hace vibrar, hundiendo una y otra vez su cara en las vísceras de aquel cuerpo, para no dejar escapar aquella sensación de plenitud...

Ella tenía razón, ¡el rojo es su color!, y la sangre su nuevo vestido. Seguramente volverá nuevamente a ese callejón, para cenar junto a los suyos.

jueves, 10 de marzo de 2016

Quitarse la vida

El día había llegado, Mauricio Jiménez, había decido quitarse la vida, pero antes quería pasar unos días en la casa que se encontraba a unos metros de la suya, en donde nadie aguantaba más de una semana viviendo ahí, sabía que si algo había que espantaba a las personas, quizás había algo después de la muerte, con lo que se armó de valor, y con una pistola en la cintura para suicidarse se la llevo, se fue por la noche a meterse en el lugar, con nada más que una linterna en la mano, se adentró en ese hogar.

Dicha casa de aspecto finca antigua de épocas pasadas, estaba en perfecto estado, la persona que la rentaba, sabia Mauricio, que había salido de la ciudad, con lo que pasar unos días ahí, era seguro, el sitio estaba limpio, ya que hasta unas semanas antes, una familia había estado viviendo por muy poco tiempo ahí, con lo que él sabía que todo estaba en perfecto estado, fue así como por una ventana que colindaba a un frondoso bosque de los típicos de la Unión Americana, se metió al lugar.

Ya estaba la noche llegando, y Mauricio retando a lo que fuera que estuviera en el lugar, grito 

–¡¡Vamos, ya estoy aquí!! ¡¡Te reto a que aparezcas, quiero conocer a quien asusta y espanta a todo ser que vive aquí!!

Mauricio siguió gritando y gritando, pero parecía que lo que estuviera ahí, no se haría notar, con lo que, exhausto, se quedó dormido en la cama de la recamara principal, fue así como al despertar al día siguiente, una mujer le llevo el plato de comida a la cama, Mauricio asustado, no daba crédito a lo que veía, era una hermosa mujer, en la otra habitación, se veían a un par de gemelos jugando, y que al ver que Mauricio se despertaba, corriendo se fueron hacia él.

–¡Papi, papi¡ –gritaron los niños, él no sabía qué hacer, ¿que acaso estaba soñando y esa era un hermoso sueño de lo que podría haber sido y no fue?

Fue cuando de repente, tanto los gemelos como la mujer se esfumaron, y el día de inmediato cambio de nuevo al anochecer, ¿qué pasaba? Eran los pensamientos del pobre Mauricio, ¿estoy soñando dentro de mi sueño? O que es lo que me pasa, prendió su linterna, y en el marco de la puerta, apareció la misma mujer, que instantes antes, había visto y le había llevado los alimentos en la cama, era esa misma mujer, pero con un cuchillo en la mano, con la cara demacrada, y a unos metros, los pequeños cuerpos de lo que parecía ser los gemelos, que estaban degollados, por esa maldita mujer.

Fue cuando de golpe, el recuerdo de lo que lo había orillado a tomar la decisión de quitarse la vida, le llego, unos días antes, su esposa en un ataque de celos, a sus hijos asesino, y delante de Mauricio, las venas se cortó, fue cuando despertó de golpe y llorando, sabiendo que nada podía hacer, que en la muerte de su familia el nada tuvo que ver, había sido la enfermedad de su esposa, la que acabo de tajo con su familia, pero culpa no tenía por qué tener, él no había hecho nada malo, la mujer era la que había hecho todo, y apresurado salió del lugar, no sin antes agradecer a lo que estuviera en esa casa, que lo hizo recapacitar, a sus hijos los llevaría por siempre en su corazón, y había perdonado a la que era su esposa, y con eso su corazón sano y las ganas de morir, se esfumaron para siempre.