Todo comenzó cuando tenía cuatro años. Mi abuela solía llevarnos al cementerio a ver a su marido, que había fallecido, y como toda niña empecé a correr y jugar en las tumbas. Por algún motivo paré frente a una que llamó mi atención. Era una tumba que tenía forma de casita con unas rejas y vidrio. Había juguetes y osos de peluche, cosa que no entendí. Entonces apareció una niña con el pelo oscuro, de ojos azulados y vestida de blanco, que tendría unos nueve años. Me dio permiso para jugar y allí me quedé hasta que mi abuela me llamó para irnos.
Cada vez que íbamos al cementerio siempre iba hacia la misma tumba a jugar con esa niña. Un día en que mi hermana fue a buscarme me dijo que dejase esos juguetes, que no debía tocarlos. Yo la miré y le dije: "Si Mariana me deja jugar con sus juguetes, ¿por qué no puedo?". Mi hermana miró el nombre de la tumba, en el que ponía "Mariana Castro". Sé que se asustó mucho, pues yo era muy pequeña y no sabía leer. No entendí por qué me tomó del brazo y me llevó a donde estaba mi familia. Desde ese día no quisieron volver a llevarme al cementerio.
Entonces empezaron a pasar cosas en mi casa, mis hermanos no podían dormir de noche, pues se escuchaban ruidos y se veían sombras. En uno de esos días le pregunté a mi madre por qué mis hermanos tenían miedo, y ella me contó lo que ellos decían. Con mi inocencia infantil le respondí sonriendo que no debían tener miedo, que ella era mi amiga Mariana, que jugaba por la casa. Mi madre se asombró mucho, pero me creyó, y al día siguiente fue a la iglesia a pedir consejo, pues no sabía qué hacer. Le dijeron que tenía que rezar y pedirle al espíritu que se marchase. Mi madre continuó haciéndolo durante días, hasta que todo volvió a la normalidad.
Pasaron los años y, cuando estaba por cumplir los diez, volvieron a llevarme al cementerio. Toda mi familia conocía esa historia y uno de mis tíos me pidió que lo llevase a ver la tumba en la que solía ir a jugar. Aunque habían pasado los años seguía recordando el camino y lo llevé. La vimos un momento y él leía todo lo que decía en las placas que su familia había puesto. Mi tío buscaba la fecha de nacimiento y fallecimiento para saber desde qué año estaba la tumba allí, pero no había ninguna fecha, solo estaba la del fallecimiento, así que nos fuimos de allí. Como no sabía qué nombre estaba escrito lo leí. "Mariana Castro".
Después de un tiempo mi abuela falleció, y un día que fuimos a visitarla aproveché para ir a la tumba de Mariana, pero ya no estaba. La busqué con un familiar, le describí como era, pero no logrué encontrarla. Después de ese día no pude volver a visitarla.
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