sábado, 13 de agosto de 2016

Los visitantes

Un día viajé a Canadá, pero eso no tiene nada que ver con mi historia, en realidad todo sucedió cuando volví. Mi familia me dio la queja de que se oían ruidos en los campos a altas horas de la noche, cosa que a mí me resultó de lo más normal, pues no faltaba nunca el grupo de chicos que encontraba divertido meterse entre las siembras para jugarse bromas entre ellos, o en el peor de los casos, a nosotros.

El comisario no solía hacer mucho al respecto, así que solo me quedaba montar guardia y ahuyentarlos aunque fuese a palos. Cuando el mayor de mis hermanos vigilaba se acercó a mí, pálido como la cera, sin poder articular palabra alguna, temblando de miedo como si hubiese visto un ánima. Eso me hizo saber que algo andaba mal, pues él era incluso más valiente que yo y no alcanzaba a comprender qué había visto para tener tal susto en el cuerpo.

Con escopeta en mano me dispuse a salir de casa, pero las manos de mi hermano tomándome con fuerza del brazo me impidieron poner un pie fuera de la casa. Lo miré, pero seguía sin poder hablar, aunque la mirada en sus ojos me hizo saber que no debía salir. En su lugar nos asomamos por la ventana y él me indicó con su mano, que aún temblaba, el lugar hacia el que debía mirar.

Al principio solo vi ramas moviéndose, a pesar de que no corría ni un soplo de viento, pero en cuanto "eso" se incorporó me olvidé incluso de respirar. Lo que se hallaba ante mis ojos, lo que tanto había aterrado a mi hermano, fue un ser grisáceo y flaco, que fácilmente alcanzaba los tres metros. Parecía estar buscando algo y en cada paso se acercaba un poco más a nuestra casa.

Me di la vuelta para mirar al resto de mi familia, no sabía que hacer ¿cómo saberlo? Ni tan siquiera entendía lo que estaba viendo, ninguno de nosotros lo hacía, y tampoco lo que vino después. Con cada uno de mis confusos pensamientos, únicamente le daba tiempo de acercarse hasta llegar a la puerta de la casa.

Los ojos de mi hermano se clavaban en los míos buscando una respuesta, y yo no pude hacer otra cosa que levantar la escopeta y apuntarle, pero en ese momento la criatura emitió un chillido tan intenso que mis oídos sangraron, al igual que los del resto de mi familia.

Por un momento perdimos la razón, pero al recuperar la consciencia solo le vi alejarse en medio del campo, junto a otros tres más como él, hasta perderse en una cegadora luz que se veía a lo lejos. Mi primera reacción fue tomar a mi familia para salir de allí, pero las ramas del campo seguían moviéndose. No supe cuántos más de esos había o cuales eran sus intenciones, así que no nos quedó de otra que quedarnos allí hasta el amanecer.

Nos aterraba contar lo sucedido, incluso entre nosotros. Pero esa noche no solamente vigilamos nuestra granja, sino la de decenas de personas más a las que conocíamos. Esa fue la charla común entre todos losvecinos. Se dieron miles de teorías y soluciones. Los muchos regresaron a sus granjas, pero yo no podía arriesgar así a mi familia.

Ese mismo día nos trasladamos a Vancouver, sin querer saber nada más de lo ocurrido. Hace solo unos días empezamos a saber que la gente que vivía en el pueblo desaparecía misteriosamente para no volver a ser vistos jamás. Por suerte nos fuimos de allí a tiempo, aunque a día de hoy ese rostro sigue en mis pesadillas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario