Se acercaba el cumpleaños de mi abuelo Emilio, y todos le estábamos preparando una fiesta sorpresa. Solo faltaban un par de detalles en los que se necesitaba la colaboración de la abuela, pero no pudimos encontrarla cuando la llamamos, por lo que mi madre dejó un mensaje en el contestador.
Horas más tarde vi que un taxi llegaba hasta aparcar en la puerta de nuestra casa, y de ahí bajaron los abuelos. Sabiendo el tema a tratar fui a buscar al abuelo para entretenerlo en mi habitación mientras los demás hablaban de su fiesta.
El pobre anciano lucía muy cansado y apesadumbrado, hacía esfuerzos para sonreir ante todos mis chistes y anécdotas, pero no pronunciaba ni una sola palabra. Pasado un rato me di cuenta del semblante triste que tenía, hasta parecía que las lágrimas estaban atrapadas en sus ojos. Quise abrazarlo para consolarlo, pero el hombre levantó su bastón, apuntándome para que no me acercase más.
Nunca antes me había negado un abrazo, por lo que comencé a interrogarlo, pero por más preguntas que le hacía poca respuesta obtenía, mi abuelo seguía cabizbajo, casi llorando, y entre sollozos me dijo:
-No tengas prisa, ya lo sabrás.
En ese instante mi madre me llamó desde la planta baja, y yo bajé un tanto extrañado. Entonces me dio una noticia extraña, algo muy difícil de creer. Mi abuelo había muerto. No tenía ningún sentido ya que él estaba en mi cuarto y solo habían pasado unos segundos desde la última vez que le había visto.
Sin decir nada subí las escaleras hasta mi habitación y abrí la puerta. Consternada me quedé al ver que de mi abuelo solo pude vislumbrar una traslúcida figura que, tras un saludo de marinero, desapareció en uno de los muros de la casa.
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