sábado, 13 de agosto de 2016

La casa del centro del bosque

Una mañana de agosto decidimos salir a cazar al bosque. Normalmente no lo haría pero esa sería la última vez que viese a mi padre en un año y quería pasar tiempo con él. Fue un buen día, al atardecer habíamos cazado bastantes piezas de gran tamaño, pero nos perdimos y la noche se nos echó encima.

Siempre he tenido miedo de entrar en los bosques, y mi imaginación empezó a jugarme malas pasadas. Constantemente le preguntaba a mi padre si faltaba mucho para llegar al camino en el que habíamos aparcado el coche, pero él tampoco lo sabía.

Al poco rato encontramos una cabaña en un claro y mi padre me dijo que podíamos pasar allí la noche, alegando que, al día siguiente, se lo explicaríamos al dueño. En cuanto entramos algo me sorprendió. Esa casa no tenía ni un solo mueble, únicamente una gran cama. Por si eso fuese poco las paredes estaban cubiertas de espeluznantes cuadros pintados con tal realismo que parecían sacados del infierno.

Nos tumbamos en la cama y yo me abracé a él aterrada, y así me dormí. A la mañana siguiente la luz del sol nos despertó, algo extraño, pues no habíamos visto ni un solo resquicio por el que la luz pudiese pasar. Me levanté al ver a mi padre con una mirada extraña, como si tuviese miedo, y al mirar a mi alrededor me sorprendió ver que no había ni un solo cuadro y que, lo que antes habíamos tomado por imágenes, en realidad eran ventanas.

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