sábado, 13 de agosto de 2016

El cuadro del Diablo asomándose por la ventana

El cuadro del Diablo asomándose por la ventana es una obra de arte antiguísima, realizada por un artista que, supuestamente, sufría esquizofrenia. Se pintó hace doscientos años, así que su valor en el mercado actual de excentricidades y curiosidades es incalculable.

Esta imagen es la de una pobre cabaña enmohecida, que se encuentra ubicada dentro de las entrañas de un raquítico bosque, la cual a parte de deteriorada y ennegrecida, está a punto de desplomarse. Sobre una ventana de marco de madera podrida que está a la izquierda de la puerta cerrada puede observarse una silueta cornuda, con el brillo de dos puntos escarlatas mirándonos. Si uno se acerca con detenimiento puede apreciar las facciones aterradoras y demacradas del ser. Es el mismísimo Diablo.

El cuadro cuenta su historia misma, mitad realidad mitad fantasía, imposible de determinarlo. Fue concebido en el año 1804, un año después de que Inglaterra le declarase la guerra a Francia por añejos asuntos políticos y diplomáticos. Su autor, precisamente de origen francés, deja serias dudas acerca de su identidad. Muchos dicen que era un hombre encargado de pintar cuadros al emperador Napoleón, y que este mismo le pidió, a modo de broma, dibujar algo aterrador para él, dando como resultado la imagen plasmada. Tal fue la dedicación y tiempo que le dedicó a la obra que el obre se obsesionó causándole severos desajustes mentales.

Decían que la figura que con tanto esmero retrató se le aparecía de vez en cuando, asomándose por las ventanas de su gótica residencia en Marsella. Fueron tantas sus ganas de complacer a Napoleón que enloqueció.

Otras versiones manejadas es que el cuadro fue pintado por un tal Donatien Voltá, un hombre de creencias oscuras que acostumbraba a hablar de demonios y ritos ocultos. La gente del pueblo, en extremo conservadora, lo asesinó crucificándole en una cruz invertida, pues pensaban que estaba poseído, aunque lo cierto era que padecía esquizofrenia. De dentro de su humilde morada, que es la que está pintada en el cuadro, sustrajeron la macabra pintura, que aún conserva las costras de su negra sangre.

Con tales suposiciones el cuadro se cotizó y pasó a las manos de William Lebrun, un empresario adinerado y aficionado por el arte gótico, que pagó a un hombre que juró haberlo robado de la misma cabaña maldita, una elevada suma de dinero. Ambos murieron, primero el ladrón, de quien nunca fueron reveladas las causas de la muerte, de hecho solo se mencionó como un crimen de sectas satánicas. El empresario murió de un infarto en la sala de su casa, mirando con ojos desorbitados al cuadro mencionado. Todos estos sucesos acaecieron en el año 1813.

Pasaron tres años más sin noticias de la pintura, se supo que estaba resguardada en un santuario francés, pero precisamente en 1816 dicho santuario fue consumido por las llamas, muriendo clérigos y franciscanos que habitaban ahí. Se salvaron algunas obras materiales, entre ellas el cuadro, más ninguna vida humana resistió la acometida.

Una vez más se perdió la pista del cuadro durante cerca de diez años, pero en 1829 apareció de nuevo en una subasta en Londres. Sir Arlein Iweird pujó una cantidad superior a las quince mil libras esterlinas. El excéntrico londinense tenía una colección de cuadros de diversas épocas de la historia, y al tratarse esta de una pieza rara, llamó poderosamente su atención. No duró ni una semana en la propiedad de Arlein, se deshizo de la pintura al externar que el ambiente de su hogar cambió desde que el cuadro entró a su domicilio. No le importó perder el dinero. Así el cuadro terminó en una galería de arte en el sur de Inglaterra.

Así el cuadro vagó de museo en museo durante veinte años. Solo se sabía que los relatos de los veladores informaban de ruidos extraños en el recinto a partir de la llegada de la obra, sonidos imposibles de describir e improbablemente emitiddos por cuerdas vocales humanas. Todos coincidían en sentirse abrumados por la pieza, siempre omitiendo pasar frente a la pintura.

En 1853 el cuadro fue robado del museo de Bromwich, permaneciendo en paradero desconocido hasta que, en 1879, se supo que estaba en posesión de una mujer divorciada. Ella comentó en su interrogatorio que fue un regalo que le hizo un hombre a quien socorrió después de darle alojo y alimento al perderlo todo, a excepción de ese paisaje plasmado en lienzo.

La mujer de nombre Dora Miller, aceptó más por compromiso que por gusto, pues sintió un súbito escalofrío al ver los trazos perturbadores del macho cabrío asomándose por la ventana. Jamás lo colgó en las paredes de su hogar, lo tenía escondido en el desván de su casa. La dama comentó que durante las noches escuchaba pequeños golpes sobre los cristales de la ventana de su habitación. Asustada no pudo más que relacionar los sucesos con la llegada del cuadro, por lo que la mujer optó por tirarlo a la basura. Seguramente fue recogido por un pordiosero o alguien en busca de arte en los contenedores de basura.

La pintura volvió a aparecer seis años más tarde en una tienda de artes en Leeds. Se exhibía ahí como atracción, se cobraba por verla y se retaba a la gente a verla fijamente por más de tres minutos. Después de perdería el rastro de ella nuevamente.

Para pasados los 1900 el cuadro apareció en un hogar de los Estados Unidos, en posesion de una familia norteamericana que lo colgó en las paredes de su comedor. El jefe de la familia enloquecería a las semanas de obtenerla, matando a su esposa e hijos de siete y seis años respectivamente. El criado que sobrevivió al ataque relató que el endemoniado amo utilizó un hacha para llevar a cabo la masacre. Cuando las autoridades llegaron al domicilio, el hombre ya se había suicidado con veneno casero para matar arañas.

No se supo más del cuadro hasta que volvió a aparecer en la frontera mexicana. La revolución y los hombres de Villa habían saqueado pueblos norteamericanos. Un acaudalado cambió dinero y municiones por la extraña pintura. La identidad de su nuevo dueño tampoco es clara, solo se sabe que su apellido era MonteAlba. El cuadro atrajo el morbo de su comprador, quien conocía la historia del cuadro, y retuvo la obra por muchos años, hasta que perdió su fortuna y enloqueció a causa de múltiples y bizarras alucinaciones.

El liezo se volvió a perder y nadie supo nada de él, aunque los rumores acerca de su localización iban y venían, aunque incluso se dudaba de su autenticidad. Se convirtió en un tesoro extraviado. La gente hablaba de la obra como si de un fantasma se tratase, e incluso la misma iglesia desmentía su existir. Ojalá eso fuese cierto, pues al cumplirse 200 años de su primera adquisición ha vuelto a Francia, y para ser más preciosos ante un Lebrun. 

El motivo de contarte la historia de este cuadro es que hace una semana la pintura llegó a mí, en el museo de artes de Sanit Etien, que me llamó para comunicarme un hecho por menos sorprendente. En cateo a barcos piratas en las costas del reino de Mónaco fueron incautados diversos objetos robados, que iban desde joyas hasta obras de arte plásticas y pinturas. Envuelto en papel manila se encontraba el cuadro del diablo. Sin lugar a dudas los criminales no tenían idea del objeto que poseían.

El Departamento de Cultura Francés, conociendo mis investigaciones acerca del liezo, optó por entregármelo por un periodo de treinta días con el fin de que completase los estudios de tan misteriosa obra. El mismo cuadro que mi ancestro había comprado hace doscientos años estaba de regreso en mi familia.

No supe bien cómo reaccionar ante la imagen, el verla me pretrificó. El cuadro que había perseguido durante años ahora se presentaba frente a mí. Después del horror vino una sensación de atracción y asombro. Analizaba la pintura, me seducía, apreciaba las líneas y trazos que de ella emanaban y me perdía en la silueta satánica que me observaba.

Aun conociendo los horrores que padecieron los antiguos dueños de la obra, el sentimiento de admiración eclipsó en mí cualquier duda. Me sentí complacido en obtenerla y continuar con los estudios de mi investigación. Cierto es que es algo aterrador, pero también es atrayente.

Ahora mismo permanezco sentado en el sillón individual de mi sala, he colocado el cuadro en mis plancas paredes. Sus colores oscuros y deprimentes me transmiten angustia, escucho ruidos en la ventana del comedor, sé que alguien la golpea sin cesar, algo o alguien quiere que mire tras la ventana. Los impactos se tornan violentos, no paran, no se interrumpen, pero yo simplemente miro al cuadro. Observo la cabaña vieja de maderos ennegrecidos y aberrantes. Debería estar un macho cabrío, pero ahora ese espacio oscuro del cuadro... está vacío.

Al final decido mirar por la ventana y la sangre se me congela en las venas al ver una figura completamente roja, macabra, mitad hombre mitad cabra, con grandes y largos cuernos y ojos de fuego, que me sonríe macabramente. He de deshacerme de este cuadro antes de que sea demasiado tarde, ¿lo quieres?

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