Cuando era muy pequeña mis padres viajaban mucho, y cuando sabían que tardarían varios días en volver, solían dejarme al cuidado de la vecina, una viejecilla de extrañas manías, muchas de las cuales la gente relacionaba con brujería. Aun así mis padres no se dejaban llevar por tonterías y confiaban mucho en ella, tanto como para dejarme a su cuidado.
Para mí era la más horrible de las pesadillas, no podía pegar ojo devido a la serie de inexplicables ruidos que siempre se escuchaban en su pequeño departamente y, sobretodo, por una terrible canción que ella repetía una y otra vez, y que a día de hoy permanece intacta en mi memoria. Dicha canción decía así:
-Un, dos tres... me oyes pero no me ves... cuatro, cinco seis... no me encontraréis... siete, ocho, nueve... estoy más cerca de lo que crees...
Entonces me sentía acechada, buscaba alrededor, vigilaba cada rincón, quería esconderme, pero me era prácticamente imposible, pues es sabido por todos que debajo de la cama o en el armario están los más horrendos monstruos, y eran esos los mejores escondites. Ni en mi casa me sentía segura, pues la anciana tarareaba constantemente la misma tonada, y yo los escuchaba porque ambas casas tenían una pared común.
Con el paso del tiempo fui creciendo, y el miedo se hizo menos, hasta que una noche, mientras caminaba por la ciudad de camino a casa, un chiflido se hizo eco en la oscura calle por la que transitaba... la tonada se me hacía familiar pero no podía recordar con exactitud, hasta que los chiflidos se volvieron palabras:
-Un, dos, tres... me oyes pero no me ves...
Se me heló la sangre en las venas, causándome tal pesadez en el cuerpo que me era imposible moverme, y escuchaba tras de mí un par de pasos que se acercaban lentamente.
-Cuatro, cinco, seis... no me encontraréis...
El terror me paralizaba, y entonces tomé fuerzas para salir corriendo hasta llegar a casa. Ahí un ataque de risa me invadió, me sentía un poco tonta al huir de los recuerdos de mi niñez, así que, despues de tomar aire, seguí con mi rutina, escuchando los mensajes de mi contestador.
El único era de parte de su madre, pidiendo que asistiera al funeral de la viejecilla que de pequeña me cuidaba. En ese momento no pude detener los escalofríos que subían electrizando a la vez todo mi cuerpo. Creía que había sido una alucinación hasta que volví a escuchar la última parte de la canción, aquella que decía:
-Siete, ocho, nueve... estoy más cerca de lo que crees...
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