He de suponer que, a lo largo de tu vida, habrás oído miles de historias, la mayor parte de ellas inventadas, pero esta es distinta. Te juro por mi vida que, a día de hoy, aún lo recuerdo con exactitud, como si estuviese grabado a fuego en mi memoria, como una película.
Nací en una aldea cercana a un bosque, aunque no es ahí donde sucedió lo que a continuación os voy a relatar, sino en la carretera que había que subir hasta llegar a mi casa.
Recuerdo que a solo media hora de camino había un taller perteneciente al padre de una amiga, pero tampoco es sobre él la historia. La localización es muy importante, pues a la derecha lo único que había era un barranco de más de quince metros.
Una noche en la que volvíamos de Santiago no nos quedó más remedio que pasar por allí, y charlando sobre lo mucho que nos habíamos divertido a lo largo del día, llegamos a la cuesta en la que estaba el taller. Allí algo nos sorprendió mucho. En medio de la carretera una anciana daba vueltas sin parar.
Si la esquivábamos de cualquier modo podían suceder dos cosas: que nos chocásemos contra la pared del taller, o que cayésemos por el barranco. Entonces me di cuenta de algo extraño. La anciana flotaba a unos centímetros del suelo. Le expliqué a mi padre lo que había visto y se dio cuenta de que llevaba razón, así que no dudó en cuanto decidió seguir camino. Mi hermano gritó pensando en que la habíamos atropellado, pero al darnos la vuelta allí no había nadie.
Volvimos a casa aún con el miedo en el cuerpo y, al llegar, nos volvimos a encontrar a la anciana. Mi madre tomó fuerzas, bajó del coche y le preguntó qué hacía allí. Su respuesta fue: "Solo daba un paseo". Dicho esto se encaminó cuesta abajo hacia su casa.
A la mañana siguiente una vecina nos vino a avisar de algo extraño. La mujer a la que habíamos visto había muerto la tarde anterior.
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