sábado, 13 de agosto de 2016

La casa embrujada

Estaba muy orgullosa del rumbo que estaba tomando mi vida, había empezado comprando una pequeña casa para restaurarla y después venderla a mejor precio. Tras unos años de realizar esta práctica de forma continua ya me encontraba comercializando mansiones. Ahí estaba, frente a lo que creía mi mayor logro, un bello caserón de antigua fachada. Estaba esperando por mi cliente, mientras admiraba los hermosos ventanales, cuando vi algo moverse en el interior. Tomé mi movil para llamar a la policía, pero entonces vi salir un par de cuervos por un hueco bajo una de las ventanas.

Subí hasta el segundo piso de la mansión para hacerme cargo del desperfecto antes de que llegara mi cliente, pues admiro la perfección y no era momento para que hubiese ningún daño, de otro modo el cliente no cerraría el trato. Al abrir la puerta de la habitación en la que estaba el daño a reparar, sentí un viento helado que me hizo tiritar, pero lo relacioné con el agujero en la pared. Al avanzar un par de pasos vi que el hoyo no cruzaba hasta el interior, sino que se encontraba fuera, y el viento era demasiado violento como para provenir de alguna filtración.

Entonces quise salir, pero la puerta se cerró casi en mis narices, dándome un buen susto. El golpe fue tan fuerte que no pude abrirla, y tras varios intentos comencé a tener miedo. Sentía en mi espalda un gran escalofrío, que se intensificó al escuchar que alguien se quejaba dentro de la habitación.

No sabía si darme la vuelta para ver quién era o tirar la puerta, pero ninguna de esas opciones sirvió cuando escuché la madera hundirse tras de mí. Una voz cavernosa dijo una sola palabra que me congeló la sangre en las venas: "Mika". Ese era mi apodo y solo mis amistades más cercanas lo sabían, pero esa voz no pertenecía a ninguno de mis amigos, ¿cómo lo sabía?

Toda fuerza que quedaba en mi cuerpo se esfumó como si de aire se tratase y caí al suelo, como si no quedase en mi cuerpo ni un solo hueso, como si me hubiese transformado en un trozo de gelatina que temblaba de auténtico terror.

Por suerte mi vista estaba demasiado borrosa como para apreciar a detalle la horrible figura que se hayaba ante mi, y en un intento desesperado por escapar de aquella cosa que me acechaba, corrí a la ventana y salté. Tardé en volver en mí, y cuando miré hacia la ventana aquella cosa aún estaba allí. Tenía la piel como si le hubiesen echado ácido por encima, unos ojos demasiado grandes y negros para ser humanos, la piel verdosa y el cuerpo fino como un junco, pero era aterrador.

Entonces dejé escapar mi sueño de vender aquella casa, pues ya estaba habitada y no tenía la sangre fría de exponer a una buena persona a aquella cosa, a la misma experiencia que yo acababa de tener. Como pude me levanté del suelo, retiré el letrero que rezaba "en venta" y cerré la puerta tras de mí. Si hubiese tenido siete llaves, bajo siete la habría cerrado. No quería saber nada más de aquel horrible lugar, así que me subí al coche y tiré la llave por la ventana, con la esperanza de que nadie nunca la encontrase.

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