sábado, 13 de agosto de 2016

El diario

Era mi primer día en la biblioteca del estado. Me habían enviado desde el colegio para conseguir algunos créditos extra que me permitiesen entrar en la universidad, donde pretendía estudiar literatura, por lo que ni yo ni el bibliotecario estábamos preparados, ni dispuestos para trabajar juntos. Ese hombre trabajaba allí desde hacía treinta años y trató de mantenerme lo más lejos posible, así que me dio el área de libros comunes, prohibiéndome la entrada al resto de las secciones.

Pero no tenía intenciones de obedecer a un viejo mal encarado, todas las cosas que me decía las tomaba como un reto, especialmente porque adoro la lectura. Empecé a tomar libros de las "secciones prohibidas", me los llevaba a casa, veía unas cuantas páginas y luego los dejaba en un rincón, pues eran sumamente aburridos. No entendía por qué el bibliotecario los cuidaba tanto.

Un día tomé un libro sin permiso, pero este era distinto a todos cuantos había visto en mi vida. Estaba cubierto en piel, como muchos otros, pero era tan tersa, delgada, lisa y suave que me invitaba a acariciarlo una y otra vez. No tenía título, ni mostraba editorial o ilustración en la portada, en realidad no tenía ni una sola marca que dañara aquella bella piel. Entonces lo más lógico para conocer su contenido era abrirlo.

En cuanto lo hice una ligera brisa enfrió mis pies, recorriéndome el cuerpo entero. En realidad tenía entre mis manos un diario que relataba hechos macabros acontecidos en la vida de una persona desconocida.

Ls cosas que narraba el libro rebasaban por mucho las peores películas que había visto en mi vida, tenía el miedo clavado en la espiina, pero aun así algo me incitaba a leerlo sin parar. Eran tan solo una decena de páginas, y en cada una de ellas se narraba un terrible asesinato, y aún restaban cientos de ellas. Te parecerá increíble, pero en una de tantas se narraba cómo había cubierto el diario de piel humana. Empezó a darme asco, y entre eso y que no tenía tiempo para leer las últimas, me las salté. Sabía que resultaban mucho peores que las primeras, como si la maldad de su dueño hubiese crecido con la práctica.

Al día siguiente fui a ver al bibliotecario y le entregué en diario en sus manos. Confesé haberlo desobedecido y por ello le pedía disculpas, pero el hombre lo tomó con una sonrisa y simplemente me dijo:

-¡No te preocupes! Con esa actitud lo único que has logrado es que hable de ti en mi diario.

Lógicamente ese mismo día me fui de allí tan rápido como pude, sin despedirme de nadie, y así me salvé de figurar en el diario, justamente en la página 327.

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