Eso de trabajar para el estado empezaba a cansarme ya, empezaba a odiarlo. Un día a finales de septiembre nos enviaron a un compañero y a mi a las comunidades aldeañas para levantar un censo y tuvimos que caminar entre los árboles para llegar hasta la casa de un viejo ermitaño, el único que faltaba. Por fortuna no estaba muy internado en la arboleda, ya que no me interesaba mucho adentrarme en el que los aldeanos llamaban "El bosque de las ánimas", ni siquiera reuní el valor para preguntar por el origen de tal nombre.
En unos minutos llegamos a una cochambrosa casa, llena de inmundicia y pestes desconocidas que casi me obligaron a cubrirme la nariz. El olor era tan fuerte que podía sentirlo ardiendo en mis ojos. Estuve tentada de marcharme, pero no tardó en aparecer un vejestorio andrajoso y sucio. Los pies parecían más bien pezuñas a falta de calzado, y agitaba una rama en su único brazo, amenazando con matarnos.
Everet, mi compañero, me clavó tan fuerte las uñas que acabé gritando, y el viejo se nos vino encima con más ímpetu, balbuceando mil cosas y causándome nauseas con su asqueroso aliento. Por fortuna no veía demasiado bien, así que los palos fueron para un par de árboles cercanos.
Después de desquitar su coraje nos dijo que lo siguiésemos hasta un jacal como si nada hubiese pasado, pero insistimos en interrogarlo mejor fuera, con la debida distancia. Al terminar todas las preguntas nos informó de que aún había un habitante más en el poblado y era nuestra obligación incluirlo en los datos.
Entre otras cosas nos dijo que se trataba de un habitante eventual, que solo venía cada diez años, y que estábamos de suerte porque no se encontrába ahí. Nos dio indicaciones para llegar, pero luego empezó a soltar tremendas historias, por lo cual lo dimos por loco, pues según sus relatos el supuesto morador del espeso bosque era un ser interestelar, que venía a la tierra para alimentarse y reproducirse.
Agregó también advertencias, por las cuales no debíamos movernos bruscamente o hablar alto, pues podríamos asustarle, causando que nos partiese en dos con sus enormes garras y succionara nuestras entrañas con los múltiples tentáculos colgantes de su boca.
-¡Patrañas! -dije molesta por tal pérdida de tiempo y preparándome para marcharme.
-¿Por qué no me crees muchacha tonta? -refunfuñó agitando su rama-, ¡él es mi padre! -agregó con una voz retumbante que movió los árboles cercanos. No fui capaz de creerle hasta que de su boca dejó salir esos largos tentáculos succionadores para que no tuviésemos duda de lo que decía.
Obviamente no tomamos el camino indicado, pues según él estaba a punto de regresar y lo último que queríamos era encontrarnos con esa cosa.
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