Esta vez no te hablaré de una experiencia que me pasó a mi, sino a uno de mis mejores amigos. No le deseaba ningún mal, pero tampoco soy capaz de lamentar lo que ocurrió, pues de algún modo él mismo se lo buscó.
Se llamaba Rodrigo, y te aseguro que era un verdadero patán con su madre, habíendo aprendido esa maldita actitud de su padre. Cada vez que le hablaba era siempre con desprecio, no tenía ni el más mínimo cariño por las cosas que quedaban de su infancia y no valoraba en absoluto todo cuanto su madre hacía por él. Tampoco cuidaba de sí mismo, y una de las noches en las que se le ocurrió llegar borracho a casa, fue a curar la embriaguez con su pobre madre, una señora ya muy castigada, pero no a causa de la edad, sino del trabajo duro y de los malos tratos que la vida le había dado. El muy desconsiderado llegó borracho, gritando, pateando y maldiciendo. Hacía días que yo había decidido cuidar de su madre, pues su situación la llevaba a intentar buscar la muerte una y otra vez. Le oí echarle en cara lo mucho que había tardado en morir, y aunque traté de pararlo incluso a mi se le ocurrió pegarme. Los vecinos escucharon la discusión, y a sabiendas de lo indefensa que estaba la mujer y de lo poco que yo podía hacer por ella, se encargaron de echarle de casa, algo que ninguna de las dos lamentó.
Con el canto del gallo, las metiches y chismosas del barrio hicieron su reunión obligada en la esquina de la calle, para contarse unas a otras mil versiones distintas de la historia, pero solo una de ellas crispó los pelos a los demás, contando lo que en realidad había sucedido. La mas persignada santurrona del grupo dijo que había escuchado transitar por las empedradas calles a la mismísima carreta de la muerte, aunque te puedo jurar que, hasta aquella noche, yo lo consideraba un cuento de viejas. Ella contaba que a aquella vieja carreta no le rechinaban las ruedas por el óxido que el paso de los años había dejado marcado, sino que en cada vuelta se oía el horrible lamento de un alma torturada.
Estaban todas muy consternadas cuando Rodrigo, aún en su borrachera, apareció para seguir con el escándalo. Pateaba la puerta de la casa reclamándonos el no haber ido a buscarlo a casa de su mejor amigo, en donde había decidido quedarse. Pero eso no era del todo cierto, ya que después de la escena del día anterior, ella se había quedado en cama, y a esa hora aún no estaba despierta, y si he de ser sincera, yo tampoco.
Fue entonces cuando el grupo de las chismosas le advirtió del peligro que rondaba por las calles, pues cuando la carroza de la muerte anda cerca, no se debe salir. Rodrigo, tan acostumbrado a la vagancia, fácilmente podría ser confundido con la persona que la muerte andaba buscando, y ganarse un corte con su guadaña, que le perforaría el cuello hasta matarlo. Pero así como era el chico de briago, también lo era de incrédulo e irreverente, y no solo se rió de las viejas gallinas y sus supersticiones, sino que además se puso a gritar para que la carreta, que creía que no existía, apareciese ante él para, supuestamente, plantarle cara.
Por la noche, cuando estábamos todos ya atrincherados en nuestras casas. Por algún motivo uno nunca sabe lo que le puede esperar, y la seguridad de un hogar era mucho mejor que intentar enfrentarse a la misma muerte. En la calle lo único que podía oírse con claridad era la fiesta de Rodrigo, que cantaba para que todos lo escuchasen, cantaba para llamar a lo que creía que no existía. Entonces un horrible grito rompió el silencio de la noche nerviosa, un grito que incluso a mí, que aún estaba cuidando de su madre, me heló la sangre en las venas. Un viento fuerte sopló y abrió todas y cada una de las ventanas de esa calle. Por suerte las puertas estaban bien cerradas, pues de otro modo también las habría abierto de par en par.
Rodrigo se dio media vuelta para ver quién rompía su fiesta, y lo vió con clarirdad, vio a un ser cubierto con capucha, armado con una afilada guadaña que parecía sacada del mismo infierno, que azuzaba a un caballo casi desmembrado, quien tiraba de la carroza en la que se oían lamentos con cada vuelta de sus oxidadas ruedas.
Corrió aterrado, gritando de auténtico pánico. Algunas amigas mías lo vieron de cerca, corriendo como un poseso, con una mirada de terror en sus ojos parduscos, pero atrincheraron de nuevo las ventanas para no ver lo que le perseguía, pues desde lejos podían oirse los lamentos de la carreta de la muerte, incluso podía sentirse el calor que emanaba de las bocas del fuego que los caballos llevaban en sus fauces y en sus ojos.
Cuando llegó a la puerta de la casa llamó desesperado, pero entre el miedo de la carreta y lo que Rodrigo nos había hecho el día anterior, ninguna de las dos quiso abrir la puerta. A la mañana siguiente lo encontraron degollado en la puerta, que tenía rasgaduras de sus uñas ya inexistentes. Si él no hubiese sido tan grosero el día anterior, seguramente lo hubiésemos salvado.
Es por ello, querido amigo, que te pido esto: La próxima vez que vayas a hacer algo absurdo o intentes dañar a quienes ames, piensa primero en las consecuencias, porque la realidad es que la carreta de la muerte persigue únicamente a aquellos que no saben valorar lo que la vida les ha entregado y que, en ocasiones, es incluso más valioso que cualquier tesoro.
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