viernes, 25 de marzo de 2016

El pozo de los deseos

Quedaba poco menos de un mes para que se cumpliese el establecido pacto de entrega de su manuscrito, y ni tan siquiera lo había empezado. Pasaba por uno de esos famosos "bloqueos de escritor" y, tratando de evitar distracciones, se enclausuró en una humilde y bella cabaña en medio del bosque, donde pasaba horas divagando junto a un pequeño pozo al que hizo su amigo, esperando que este le concediese escribir un libro entero en menos de una semana. Cuando el pozo respondió, lo hizo con la tímida voz de una dulce niña, y le propuso ayudarlo, a cambio de diez gotas de su propia sangre.

No había tiempo alguno para desperdiciar una oportunidad así, y el hombre acepto el precio sin dudarlo. De inmediato tomó una afilada navaja y se hizo un profundo y aparatoso corte en uno de sus dedos, para dejar caer la sangre que el pozo le pedía a cambio de su tan ansiado deseo. Tras cada una de ellas parecía que el túnel cobraba vida, una vida extraña y oscura. Las paredes se movían inquietas al ritmo de sus cálidas y armoniosas exhalaciones, dejando escapar leves suspiros de alivio, mezclados con un profundo y exultante éxtasis.

Rugía sedienta la tierra también, como si bajo ella descansara una bestia y, tras la última de las gotas que el pozo le pidió, una criatura envuelta en abrasador fuego emergió del pozo y fue sobre el escritor. Solo diez gotas de sangre fueron capaces de darle la fuerza necesaria para salir del hoyo en el que estaba dormido, pero necesitaba el resto del hombre para alimentarse.

En ese momento su preciado manuscrito dejó de importar, luchaba desesperado, con uñas y dientes, para defenderse de los ataques de aquel debilitado demonio que había liberado de las profundidades de la tierra, pero absolutamente todo cuanto intentase resultaba inútil. Su cuerpo estaba también envuelto en fieras llamas y la carne chillaba pidiendo ayuda mientras se retorcía en el suelo.

Los anteriores habitantes de la cabaña conocían el avieso mal que moraba en las profundidades del negro agujero, pero necesitaban el agua, así que decidieron no sellarlo, y únicamente tenían un extremo cuidado al acercarse. No imaginaron que, al marcharse de allí, vendría un loco individuo que hablase con los pozos para pedirle un importante deseo.

La historia era deliciosamente buena para un libro, aunque fue una verdadera lástima que el escritor terminase siendo devorado, y sus restos calcinados a la orilla del pozo, que únicamente cumplió el ávido deseo de servir de cena para aquel horrible monstruo.

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