viernes, 25 de marzo de 2016

El árbol del vampiro

Se dice que a finales del siglo XIX allí vivía un hombre anglosajón que invariablemente vestía de etiqueta. Portaba además un gran sombrero de copa y un bastón de color negro. Las personas que se acercaban a él, llamados por su porte elegante, quedaban estupefactas al ver su rostro perfecto, como si hubiese sido cincelado por el más insigne escultor. Su tez era blanca como la nieve, mientras que en su boca asomaban un par de colmillos.

El horario favorito que este joven y apuesto caballero tenía para salir a la calle era siempre a partir de las 11 de la noche, mientras que el regreso a su domicilio, situado en una gran mansión, lo emprendía a las tres de la madrugada, más tardar.

Después de unos cuantos años un extraño fenómeno comenzó a ocurrir en el pueblo. Varios animales de granja comenzaron a desaparecer, solo para encontrar sus cadáveres a los pocos días, completamente desangrados en la orilla de un bello lago que, durante las noches, dejaba ver el pálido y bello reflejo de la luna.

-¿Qué clase de criatura infernal podrá querer la sangre de nuestras bestias? -se preguntaban los sorprendidos y asustados granjeros.

A partir de aquel momento varios de ellos montaron guardias nocturnas con el fin de descubrir al macabro ladrón, hasta que, al fin, uno de los cuidadores logró dispararle en una pierna a un individuo que trataba de robar unas ovejas. Ante el balazo de la boca del ladrón salieron chillidos como los de un murciélago, y escapó intentando perderse entre los arbustos, iluminado por un profundo y bellísimo manto de estrellas. Tras de sí iba dejando un gran rastro de sangre. Sin embargo ese vital líquido no era del tono rojo oscuro habitual, sino más bien de un color violáceo.

La persecución duró horas, hasta que los primeros rayos de sol comenzaron a asomar por el horizonte. El vampiro trato de cubrirse el rostro y las manos con su abrigo negro, pero era ya muy tarde. Su piel albina se tornó verdosa. Después, uno a uno los huesos de su cuerpo comenzaron a asomar. A los pocos minutos tanto su vestimenta como su esqueleto quedaron convertidos en cenizas.

Dejaron los restos allí, con la esperanza de que todo aquello se lo llevase el viento de la montaña. Sin embargo, a la siguiente semana, un árbol empezó a brotar de las profundidades de la tierra. Era de corteza roja y parte de sus ojas tenían espinas. 

Algunos trataron inutilmente de derribarlo, pero pronto cesaban en su intento al percatarse de que, al asestarle hachazos al tronco, de las heridas causadas brotaba sangre. Otros más rodearon el tronco con una capa de grueso cemento y, en la parte superior, colocaron un techo en lámina para evitar que el agua de la lluvia pudiese alimentarlo. No obstante, el árbol continúa creciendo con normalidad hasta la fecha, destruyendo poco a poco la coraza que armaron a su alrededor, y si algún día vais a la sierra, allí lo veréis, el árbol de corteza roja alzándose majestuoso sobre los demás.

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