El cálido verano llegaba ya en su apogeo, y las playas se encontraban a reventar. Los jóvenes hacían sus locuras, no sólamente en las orillas, sino que llevaban sus embarcaciones mar adentro para tener un poco de privacidad. Lo único que les hacía falta para pasar las horas muertas lejos de la costa era comida y cerveza, lo cual no es la mejor de las ideas, sobretodo cuando el mar está picado y las fuertes y salvajes olas mueven las embarcaciones sin contemplación.
Con el inevitable paso de las horas se encontraban ya la mitad de ellos vomitando por la borda, aunque todos parecían distraídos, concentrados en sus más profundos pensamientos, aún atendiendo también a lo que les rodeaba. Fue gracias a ello que vieron claramente como uno de los chicos se inclinaba demasiado en la baranda, a punto de caer, y debido a la reacción de los mas cercanos, al tomarlo de los pies, que el incidente no pasó a mayores.
Sin embargo, cuando lo salvaron, en lugar de mostrarse agradecido, se molestó bastante, pues el quería caer al mar y perderse entre las olas con la hermosa mujer que le incitaba a saltar. No era del tipo de chicos que se embriaga y pierde la noción de la realidad, pero decía cosas muy descabelladas, tanto que acabó por preocupar a todos, por lo que decidieron regresar. Sin embargo el muchacho estaba hundido en un profundo trance, escuchando su voz en el suave murmullo del viento. Ella lo llamaba con la dulzura de una bella flor que acababa de abrirse, haciéndole hermosas promesas que nadie en el mundo podría jamás cumplirle... y a cambio solo le pedía un par de cosas.
Con la mirada perdida, fuera de sí mismo, el chico actuaba como un zombie, respondiendo únicamente a la voluntad de su ama. Acercaba a los demás pasajeros del bote hacia la baranda, para que ella pudiese hipnotizarlos y arrancarlos del barco. Por cada uno de los regalos ella sonreía y se acercaba provocando un apasionado beso que jamás daba. El joven se sentía destrozado, y la veía revolotear en el agua. Mostraba su grande y dorada cola de pez brillando como los rayos del sol, con cada zambullida, para venir a rematar con un torso desnudo, de piel suave como la seda, y el hermoso rostro de una bella princesa de cuento.
Ella sonreía coqueta, insinuante, adornaba su entorno con un bellísimo color escarlata, logrado gracias a la sangre de los chicos que estaba merendándose. No pudo aguantar aquella hermosa estampa, y acabó por saltar al encuentro de su amada. Ella lo tomó entre sus delicados brazos, provocado su locura y su deseo, pero dándole nada lo llevó de nuevo al barco y lo envió de regreso a la costa, prometiendo que, al volver con más de sus amigos, tendría todo de ella... pero el chico nunca volvió, pues al tocar puerto fue detenido, sus ropas empapadas en sangre, su desconcierto, la increíble historia que relataba... lo llevaron únicamente a un psiquiátrico, acusado de asesinar a sus amigos y arrojarlos al mar.
El muchacho no cambió jamás su historia, y murió del más grande dolor, el de extrañar a la sirena, a la maldita sirena que le había robado el corazón y, junto a él, la vida.
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