Ya no sé quién soy realmente, solo que ha pasado mucho tiempo desde mi muerte. Ya no sé ni dónde estoy o debo estar. Me encuentro rodeada de gente, todos iguales que yo, deseando sangre. Cada vez que pienso en ello la imagino cubriendo mi cuerpo, recorriendo mi piel blanca como la nieve, dándole a mi cabello negro un toque mágico, como si rubíes del más intenso rojo me estuviesen adornando. Deseo tanto la sangre... Recuerdo que cuando aún era humana me daba asco, incluso llegaba a desmayarme si veía a otros sangrar, pero ahora que lo pienso era algo estúpido.
Este lugar es llamado "Sang", y es un club necrófilo en París, oculto de la mirada de los mortales, un lugar donde los vampiros podemos ser libres, sin miedo a que huyan de nosotros o a tener que huír para que no nos maten. La muerte ahora me parece algo efímero, pero antes la temía como al mayor de los infiernos. No me importa matar si puedo conseguir que los rubíes adornen mi pelo.
Hoy uno de nosotros cumple 350 años, y yo no tengo ni la mitad. Sé que soy joven, pero no me importa. Estoy en un club suberráneo, donde la música de Evanescence suena muy alta. Son canciones escritas para nosotros, pero no es que me gusten demasiado, prefiero Nirvana, claro que esa música ya no me identifica.
Me acerco al centro de la sala, y en ella una fuente de copas de champagne, aunque no es alcohol lo que cae desde la cima, sino sangre. Alzo la mirada y en ella veo a una mujer joven, de pelo castaño, desnuda y sangrando, a punto de morir. Cada vez que un vampiro celebra un cumpleaños, cosa que ocurre cada 50 años, una virgen es sacrificada, y esta vez le tocó a ella. No sé cómo se llama, ni me importa. Antes tal vez sí, pero ahora me dá igual. Además, al final de la fiesta será transformada en vampiro. Es así como funciona nuestra raza.
Recuerdo cuando me ocurrió a mi. Por aquel entonces tenía veinte años, era una época oscura y tormentosa, vivía en Rumanía, la cuna de los vampiros, y el propio Drácula cumplía años. Fue el quien me dio mi nueva vida, una vida que si bien antes me parecía extraña, ahora es lo que me identifica. Solo quince años despues de mi conversión, entendí que esa era la vida a la que estaba destinada desde que había nacido.
Todos en la sala vamos tomando nuestras copas hasta que no queda ninguna de la escultura de antes. La virgen está mucho más cerca de la muerte que hace unos minutos, y ella no debe morir, de otro modo el vampiro que cumple años será asesinado, todos lo sabemos, pero a mi no me importa. Alzo mi copa al mismo tiempo que el resto, mientras un "¡Feliz cumpleaños!" resuena por todo el club. Yo me quedo en silencio, como siempre, y cuando doy el primer sorbo me siento viva. La sangre de virgen es la mejor de todas, es perfecta y pura.
El vampiro para el que se celebra la fiesta se acerca a la virgen y deja caer en su boca solo tres gotas de sangre. Entonces abre los ojos, rojos como la sangre que acaba de tomar sin querer. La siento confusa, no tanto como me sentí yo. Solo ahora logro entenderlo, se ha ofrecido voluntaria. Me dan ganas de matarla, pero no puedo, ella no debe morir esta noche, y mañana se me habrá pasado.
Lucius, uno de los vampiros más viejos que conozco, se acerca a mí y me susurra al oído "¿quieres cumplir tu fantasía?". Recuerdo entonces lo mucho que deseo bañarme en sangre. Hoy también yo cumplo años, aunque solo 100. Toma mi mano y me lleva al centro de la sala, y entonces le veo. Conozco a ese humano, compartimos cama una vez, pero me da igual, solo deseo que mi fantasía se cumpla.
Cortan su garganta y vacían toda su sangre en una bañera de mármol blanco. El contraste es increíble. Cada 100 años un vampiro tiene derecho a un deseo, y Lucius conoce el mío, no en vano es capaz de leer la mente de aquellos que tiene a su alrededor. Todos los vampiros tenemos una habilidad, yo puedo hablar todos los idiomas que me de la gana. Eso me viene de cuando era humana y quería tanto viajar que me paraba a hablar con cualquier turista que pudiese encontrarme. Así aprendía, y ahora puedo ir a dónde quiera.
Me desnudan y me ayudan a entrar, aunque no lo necesito, y entonces la sangre me rodea, cálida y viva, bañándome por completo. Mi pelo se llena de ese líquido rojo que tanto ansío, dejando en él rubíes escarlata que me rodean y adornan mi pelo. Tomo un poco de sangre entre mis manos y bebo. No es tan pura como la de la virgen, pero también me gusta. Miro a mi alrededor y oígo "¡Feliz 100 cumpleaños y que tu deseo sea distinto la próxima vez!". Claro que será distinto, tengo cientos de fantasías y todas ellas relacionadas con sangre.
Me quedo allí todo el día, recibiendo regalos, mientras que el otro vampiro que cumple años me mira sonriendo. Ya sé cómo se llama: Vincent. Es amable en cierto sentido y me gusta su compañía. Recuerdo que él estaba en mi transformación, que fue él quien me eligió, y todo porque sabía que tenía cierto instinto para la sangre, que estaba destinada a ser quien soy.
Al anochecer estoy vestida ya y regreso de camino a mi casa. Vivo en un lugar normal, solo que mi ventana está cerrada durante el día. Nada más entrar me miro al espejo y sonrío. Los rubíes bañan aún mi cabello, aunque no puedo volver a salir así mañana, tengo que bañarme, aunque solo sea para que los humanos no huyan de mí. Bueno, lo hacen por norma general, visto siempre de negro y tengo varios tatuajes hechos con agujas muy particulares, de titanio. Además siempre adorno mi ropa con cadenas y eso hace que la gente se aleje de mí. Sin embargo cada noche voy a una casa diferente y todos los que me ven me acaban rogando que les muerda. No mato a nadie, no me reporta ningún beneficio, pero temerán el día en que eso cambie.
No puedo detenerme más, entro en el baño, con agua caliente saliendo todabía, llenando la bañera, y aunque no puedo sentir ya el calor, ni el frío, me gusta ver salir el vapor del agua. Cuando entro y sumerjo mi cabeza los rubíes han desaparecido de mi pelo, y el agua se ha teñido de sangre.
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