sábado, 13 de agosto de 2016

La visita nocturna

Si bien tengo una especie de imán para lo paranormal, esta historia no la viví y tampoco nadie a quien conozca, pero llegó a mi hace un par de semanas. Al principio me costó creerlo, pero investigué y resultó ser cierta palabra por palabra.

Esta historia relata un suceso extraño que vivieron dos chicas de unos diecinueve años, quizá veintidos, nadie se pone de acuerdo con respecto a la edad, pero eran jóvenes, de eso no me cabe duda. Sus nombres eran Ariadna y Katy, y eran las mejores amigas que cualquiera haya visto, desde niñas. Siempre habían estado juntas y eran casi como hermanas. Esto no cambió al crecer, ya que decidieron estudiar en la misma universidad, y al irse ambas de sus hogares, donde vivían con sus padres, alquilaron un apartamento para las dos en un edificio de al menos treinta pisos. Las chicas estaban fascinadas al haber obtenido su residencia en lo más alto, siendo la vista muy hermosa desde cualquier ventana.

Ariadna solo atendía a sus estudios, mientras que Katy ya tenía un trabajo, el cual resultaba ser muy complicado al ser de madrugada. Ella salía a las diez de la noche y no regresaba hasta el día siguiente. Era un trabajo de limpieza en un edificio que se mantenía abierto las 24 horas, así que Ariadna se quedaba sola toda la noche.

Cada vez que Katy se iba y Ariadna se disponía a revisar sus tan importantes estudios, recibía una visita inesperada, todas las noches despues de las doce, cuando la oscuridad y el silencio reinaban tanto fuera como dentro del apartamento, una mujer con un rostro demoníaco, ojos carmesí y piel pálida y arrugada, se asomaba por la ventana de su habitación, mirando fijamente a Ariadna, sonriéndole, como ansiosa por entrar solo ella sabía con qué intención. Ariadna permanecía petrificada, sin poder gritar, ni moverse, mientras aquella cosa, utilizando sus largas y horribles uñas, arañaba el cristal tratando de debilitarlo para poder entrar.

Ariadna, siendo una chica criada en una familia con una historia repleta de eventos sobrenaturales, mantenía una vela encendida frente a la ventana, y aparentemente solo esta especie de resguardo parecía ser lo que evitaba que aquella terrorífica aparición entrase. Tras permanecer allí varias horas, simplemente desaparecía, y era entonces cuando Ariadna, con lágrimas en los ojos, podía por fin recuperar su movilidad y lograba quedarse dormida hasta el día siguiente, cuando Katy regresaba por la mañana.

Al llegar Katy se encontraba a su amiga despierta, algo nerviosa y con su rostro indicando la falta de descanso. Ella sabía perfectamente lo que afectaba a su amiga ya que Ariadna ya le había comentado sobre las visitas nocturnas que recibía. Katy era bastante escéptica respecto a esas cosas, y más bien acusaba a Ariadna de estudiar demasiado y tener visiones.

Así transcurrieron muchas noches, hasta que un día tuvieron una conversación bastante particular.

-Ariadna, no estoy segura de lo que te pasa, pero me preocupa verte todas las mañanas dormida abrazada a tu almohada como si te fuese la vida en ello. Además esa vela encendida va a provocar un incendio en cualquier momento mientras duermes. Dime qué puedo hacer para ayudarte.

Katy estaba muy preocupada por su mejor amiga, pero Ariadna, lejos de entrar en esa conversación, prefirió recordarle un evento que ambas habían vivido cuando eran apenas unas niñas curiosas, algo que no había terminado demasiado bien en aquel entonces.

-Katy, quiero pedirte perdón, ahora después de tanto tiempo te suplico que me perdones, por aquella vez que siendo pequeñas te obligué a jugar a ese endemoniado juego conmigo, pensando que no iba a pasar nada. Después algo espeluznante entró en tu cuerpo y te mantuvo dos semanas actuando como si fueses otra persona, alguien violento y lleno de odio, para luego dejarte en una especie de trance y desaparecer. Yo no sabía lo que hacía, pensé que era solo un juego. Jamás se me ocurrió que iba a pasar todo esto.

A medida que Ariadna se disculpaba con Katy por aquel suceso ocurrido hace tanto tiempo, temblaba y lloraba cada vez más, hasta que su amiga la interrumpió para intentar consolarla y, obviamente, apoyarla.

-Ari, eso ya ha pasado, y yo nunca te culpé a ti. Tampoco creo que algo haya entrado en mi cuerpo, fue solo un problema psicológico que tuve, tal vez por la edad y la impresión, pero eso ya no importa. Aparte creo que debo ir a ver al médico. Todas las noches cuando estoy en el trabajo me da mucho sueño y busco un lugar donde dormirme y no me despierto hasta la mañana. Por suerte nadie me ha descubierto pero no creo que sea normal. ¿Sabes qué? Esta noche no iré a trabajar, me voy a quedar aquí contigo Ari, eres mi mejor amiga y si alguna bruja se cree que puede volar hasta la ventana para asustar a mi amiga está equivocada, le haremos frente juntas.

Las palabras de Katy, lejos de reconfortar a una ya perturbada Ariadna, lo que hicieron fue disparar su pánico como nunca antes le había pasado, como si la sola idea de que algo así pasase le hiciese perder la razón.

-No, Katy tu debes ir a trabajar. No quiero que te quedes aquí, es muy peligroso, no quiero que veas esa cosa. No te preocues, yo la controlo. No podrá entrar mientras tenga esa vela allí, no lo hará.

-Lo siento Ariadna, pero ya está decidido, hoy me quedo contigo. Verás que nada malo te pasará.

Después de escuchar la determinación de su amiga y de comprobar lo mucho que se preocupaba por ella asintió despacio, con resignación, y aceptó la idea de su amiga Katy.

Ese día las dos chicas conversaron, rieron y pasaron un momento inolvidable, pero por algún motivo era como si Ariadna estuviese despidiéndose de Katy, sin decírselo realmente. Al llegar la noche ambas se dispusieron a dormir, no sin antes Katy darle un último resguardo a Ariadna.

--Ariadna, esta noche yo te cuidaré, pero si ese demonio llegase a entrar tócalo con esta cruz que me regaló mi abuela -dijo entregándole un precioso colgante de oro-. Según ella esto lo quemará y así nunca más volverá.

Ariadna empuñó la cruz con lágrimas en los ojos, mientras Katy se quedaba dormida, pero antes de hacer lo propio, escribió una nota, la colocó sobre su pecho y se durmió.

Nuevamente el silencio se apoderó del cuarto justo a la medianoche, y Ariadna fue despertada por una sonrisa macabra que, esta vez, provenía desde dentro, muy cerca de ella. Al retirar lentamente la sábana que cubría su aterrada mirada pudo ver a aquella horrible mujer mirándola fijamente, sosteniendo entre sus huesudas manos la vela que tantas noches la había protegido, para luego apagarla de un soplido.

Ariadna no podía moverse, y aquella cosa se acercaba más y más a ella. Sus largos brazos y manos la tomaron del cuello, evitando que el aire pasase a su garganta. Los ojos se le desorbitaban y la sangre salía de ellos, mientras era ahorcada con una enorme fuerza. Lo único que pudo hacer fue tocar la frente de aquella cosa con la cruz que le dio su amiga, logrando que el ser que la atormentaba la soltase y se retirase profiriendo un alarido infernal, aunque, de todos modos, Ariadna murió.

Al día siguiente, cuando los rayos del sol entraban por la ventana, Katy despertó, y lo primero que vieron sus ojos fue a su amiga estrangulada. La chica lloraba desconsolada, no entendía cómo no se percató de nada, y mientras sollozaba encontró la nota en el pecho de Ariadna, con un mensaje que decía:

"Amiga, siento mucho lo que pasó cuando éramos niñas, pero ya no puedo seguir viviendo así. Realmente lamento que hayas tenido que vivir con esa cosa dentro de ti, pero al morir yo creo que estarás liberada.

Adiós, tu amiga por siempre"

Katy dejó caer la nota impresionada, sin entender qué pasaba. Estuvo varios minutos en shock, hasta que un terrible ardor en su frente la sacó a la realidad. Fue a mirarse al espejo y, sin dar crédito a la imagen que el espejo reflejaba, vio claramente la marca de la cruz en su frente, revelando quién era ella y todo lo que Ariadna le había estado ocultando. Katy se quedó inmóvil, giró su cuerpo hacia la ventana y caminó despacio para abrirla y, con una sonrisa macabra en su rostro y unos ojos rojos como la sangre, se lanzó al vacío.

Fue el final de una larga amistad, tal vez demasiado larga.

Mi amiga del cementerio

Todo comenzó cuando tenía cuatro años. Mi abuela solía llevarnos al cementerio a ver a su marido, que había fallecido, y como toda niña empecé a correr y jugar en las tumbas. Por algún motivo paré frente a una que llamó mi atención. Era una tumba que tenía forma de casita con unas rejas y vidrio. Había juguetes y osos de peluche, cosa que no entendí. Entonces apareció una niña con el pelo oscuro, de ojos azulados y vestida de blanco, que tendría unos nueve años. Me dio permiso para jugar y allí me quedé hasta que mi abuela me llamó para irnos.

Cada vez que íbamos al cementerio siempre iba hacia la misma tumba a jugar con esa niña. Un día en que mi hermana fue a buscarme me dijo que dejase esos juguetes, que no debía tocarlos. Yo la miré y le dije: "Si Mariana me deja jugar con sus juguetes, ¿por qué no puedo?". Mi hermana miró el nombre de la tumba, en el que ponía "Mariana Castro". Sé que se asustó mucho, pues yo era muy pequeña y no sabía leer. No entendí por qué me tomó del brazo y me llevó a donde estaba mi familia. Desde ese día no quisieron volver a llevarme al cementerio.

Entonces empezaron a pasar cosas en mi casa, mis hermanos no podían dormir de noche, pues se escuchaban ruidos y se veían sombras. En uno de esos días le pregunté a mi madre por qué mis hermanos tenían miedo, y ella me contó lo que ellos decían. Con mi inocencia infantil le respondí sonriendo que no debían tener miedo, que ella era mi amiga Mariana, que jugaba por la casa. Mi madre se asombró mucho, pero me creyó, y al día siguiente fue a la iglesia a pedir consejo, pues no sabía qué hacer. Le dijeron que tenía que rezar y pedirle al espíritu que se marchase. Mi madre continuó haciéndolo durante días, hasta que todo volvió a la normalidad.

Pasaron los años y, cuando estaba por cumplir los diez, volvieron a llevarme al cementerio. Toda mi familia conocía esa historia y uno de mis tíos me pidió que lo llevase a ver la tumba en la que solía ir a jugar. Aunque habían pasado los años seguía recordando el camino y lo llevé. La vimos un momento y él leía todo lo que decía en las placas que su familia había puesto. Mi tío buscaba la fecha de nacimiento y fallecimiento para saber desde qué año estaba la tumba allí, pero no había ninguna fecha, solo estaba la del fallecimiento, así que nos fuimos de allí. Como no sabía qué nombre estaba escrito lo leí. "Mariana Castro".

Después de un tiempo mi abuela falleció, y un día que fuimos a visitarla aproveché para ir a la tumba de Mariana, pero ya no estaba. La busqué con un familiar, le describí como era, pero no logrué encontrarla. Después de ese día no pude volver a visitarla.

El cuadro del Diablo asomándose por la ventana

El cuadro del Diablo asomándose por la ventana es una obra de arte antiguísima, realizada por un artista que, supuestamente, sufría esquizofrenia. Se pintó hace doscientos años, así que su valor en el mercado actual de excentricidades y curiosidades es incalculable.

Esta imagen es la de una pobre cabaña enmohecida, que se encuentra ubicada dentro de las entrañas de un raquítico bosque, la cual a parte de deteriorada y ennegrecida, está a punto de desplomarse. Sobre una ventana de marco de madera podrida que está a la izquierda de la puerta cerrada puede observarse una silueta cornuda, con el brillo de dos puntos escarlatas mirándonos. Si uno se acerca con detenimiento puede apreciar las facciones aterradoras y demacradas del ser. Es el mismísimo Diablo.

El cuadro cuenta su historia misma, mitad realidad mitad fantasía, imposible de determinarlo. Fue concebido en el año 1804, un año después de que Inglaterra le declarase la guerra a Francia por añejos asuntos políticos y diplomáticos. Su autor, precisamente de origen francés, deja serias dudas acerca de su identidad. Muchos dicen que era un hombre encargado de pintar cuadros al emperador Napoleón, y que este mismo le pidió, a modo de broma, dibujar algo aterrador para él, dando como resultado la imagen plasmada. Tal fue la dedicación y tiempo que le dedicó a la obra que el obre se obsesionó causándole severos desajustes mentales.

Decían que la figura que con tanto esmero retrató se le aparecía de vez en cuando, asomándose por las ventanas de su gótica residencia en Marsella. Fueron tantas sus ganas de complacer a Napoleón que enloqueció.

Otras versiones manejadas es que el cuadro fue pintado por un tal Donatien Voltá, un hombre de creencias oscuras que acostumbraba a hablar de demonios y ritos ocultos. La gente del pueblo, en extremo conservadora, lo asesinó crucificándole en una cruz invertida, pues pensaban que estaba poseído, aunque lo cierto era que padecía esquizofrenia. De dentro de su humilde morada, que es la que está pintada en el cuadro, sustrajeron la macabra pintura, que aún conserva las costras de su negra sangre.

Con tales suposiciones el cuadro se cotizó y pasó a las manos de William Lebrun, un empresario adinerado y aficionado por el arte gótico, que pagó a un hombre que juró haberlo robado de la misma cabaña maldita, una elevada suma de dinero. Ambos murieron, primero el ladrón, de quien nunca fueron reveladas las causas de la muerte, de hecho solo se mencionó como un crimen de sectas satánicas. El empresario murió de un infarto en la sala de su casa, mirando con ojos desorbitados al cuadro mencionado. Todos estos sucesos acaecieron en el año 1813.

Pasaron tres años más sin noticias de la pintura, se supo que estaba resguardada en un santuario francés, pero precisamente en 1816 dicho santuario fue consumido por las llamas, muriendo clérigos y franciscanos que habitaban ahí. Se salvaron algunas obras materiales, entre ellas el cuadro, más ninguna vida humana resistió la acometida.

Una vez más se perdió la pista del cuadro durante cerca de diez años, pero en 1829 apareció de nuevo en una subasta en Londres. Sir Arlein Iweird pujó una cantidad superior a las quince mil libras esterlinas. El excéntrico londinense tenía una colección de cuadros de diversas épocas de la historia, y al tratarse esta de una pieza rara, llamó poderosamente su atención. No duró ni una semana en la propiedad de Arlein, se deshizo de la pintura al externar que el ambiente de su hogar cambió desde que el cuadro entró a su domicilio. No le importó perder el dinero. Así el cuadro terminó en una galería de arte en el sur de Inglaterra.

Así el cuadro vagó de museo en museo durante veinte años. Solo se sabía que los relatos de los veladores informaban de ruidos extraños en el recinto a partir de la llegada de la obra, sonidos imposibles de describir e improbablemente emitiddos por cuerdas vocales humanas. Todos coincidían en sentirse abrumados por la pieza, siempre omitiendo pasar frente a la pintura.

En 1853 el cuadro fue robado del museo de Bromwich, permaneciendo en paradero desconocido hasta que, en 1879, se supo que estaba en posesión de una mujer divorciada. Ella comentó en su interrogatorio que fue un regalo que le hizo un hombre a quien socorrió después de darle alojo y alimento al perderlo todo, a excepción de ese paisaje plasmado en lienzo.

La mujer de nombre Dora Miller, aceptó más por compromiso que por gusto, pues sintió un súbito escalofrío al ver los trazos perturbadores del macho cabrío asomándose por la ventana. Jamás lo colgó en las paredes de su hogar, lo tenía escondido en el desván de su casa. La dama comentó que durante las noches escuchaba pequeños golpes sobre los cristales de la ventana de su habitación. Asustada no pudo más que relacionar los sucesos con la llegada del cuadro, por lo que la mujer optó por tirarlo a la basura. Seguramente fue recogido por un pordiosero o alguien en busca de arte en los contenedores de basura.

La pintura volvió a aparecer seis años más tarde en una tienda de artes en Leeds. Se exhibía ahí como atracción, se cobraba por verla y se retaba a la gente a verla fijamente por más de tres minutos. Después de perdería el rastro de ella nuevamente.

Para pasados los 1900 el cuadro apareció en un hogar de los Estados Unidos, en posesion de una familia norteamericana que lo colgó en las paredes de su comedor. El jefe de la familia enloquecería a las semanas de obtenerla, matando a su esposa e hijos de siete y seis años respectivamente. El criado que sobrevivió al ataque relató que el endemoniado amo utilizó un hacha para llevar a cabo la masacre. Cuando las autoridades llegaron al domicilio, el hombre ya se había suicidado con veneno casero para matar arañas.

No se supo más del cuadro hasta que volvió a aparecer en la frontera mexicana. La revolución y los hombres de Villa habían saqueado pueblos norteamericanos. Un acaudalado cambió dinero y municiones por la extraña pintura. La identidad de su nuevo dueño tampoco es clara, solo se sabe que su apellido era MonteAlba. El cuadro atrajo el morbo de su comprador, quien conocía la historia del cuadro, y retuvo la obra por muchos años, hasta que perdió su fortuna y enloqueció a causa de múltiples y bizarras alucinaciones.

El liezo se volvió a perder y nadie supo nada de él, aunque los rumores acerca de su localización iban y venían, aunque incluso se dudaba de su autenticidad. Se convirtió en un tesoro extraviado. La gente hablaba de la obra como si de un fantasma se tratase, e incluso la misma iglesia desmentía su existir. Ojalá eso fuese cierto, pues al cumplirse 200 años de su primera adquisición ha vuelto a Francia, y para ser más preciosos ante un Lebrun. 

El motivo de contarte la historia de este cuadro es que hace una semana la pintura llegó a mí, en el museo de artes de Sanit Etien, que me llamó para comunicarme un hecho por menos sorprendente. En cateo a barcos piratas en las costas del reino de Mónaco fueron incautados diversos objetos robados, que iban desde joyas hasta obras de arte plásticas y pinturas. Envuelto en papel manila se encontraba el cuadro del diablo. Sin lugar a dudas los criminales no tenían idea del objeto que poseían.

El Departamento de Cultura Francés, conociendo mis investigaciones acerca del liezo, optó por entregármelo por un periodo de treinta días con el fin de que completase los estudios de tan misteriosa obra. El mismo cuadro que mi ancestro había comprado hace doscientos años estaba de regreso en mi familia.

No supe bien cómo reaccionar ante la imagen, el verla me pretrificó. El cuadro que había perseguido durante años ahora se presentaba frente a mí. Después del horror vino una sensación de atracción y asombro. Analizaba la pintura, me seducía, apreciaba las líneas y trazos que de ella emanaban y me perdía en la silueta satánica que me observaba.

Aun conociendo los horrores que padecieron los antiguos dueños de la obra, el sentimiento de admiración eclipsó en mí cualquier duda. Me sentí complacido en obtenerla y continuar con los estudios de mi investigación. Cierto es que es algo aterrador, pero también es atrayente.

Ahora mismo permanezco sentado en el sillón individual de mi sala, he colocado el cuadro en mis plancas paredes. Sus colores oscuros y deprimentes me transmiten angustia, escucho ruidos en la ventana del comedor, sé que alguien la golpea sin cesar, algo o alguien quiere que mire tras la ventana. Los impactos se tornan violentos, no paran, no se interrumpen, pero yo simplemente miro al cuadro. Observo la cabaña vieja de maderos ennegrecidos y aberrantes. Debería estar un macho cabrío, pero ahora ese espacio oscuro del cuadro... está vacío.

Al final decido mirar por la ventana y la sangre se me congela en las venas al ver una figura completamente roja, macabra, mitad hombre mitad cabra, con grandes y largos cuernos y ojos de fuego, que me sonríe macabramente. He de deshacerme de este cuadro antes de que sea demasiado tarde, ¿lo quieres?

La casa del centro del bosque

Una mañana de agosto decidimos salir a cazar al bosque. Normalmente no lo haría pero esa sería la última vez que viese a mi padre en un año y quería pasar tiempo con él. Fue un buen día, al atardecer habíamos cazado bastantes piezas de gran tamaño, pero nos perdimos y la noche se nos echó encima.

Siempre he tenido miedo de entrar en los bosques, y mi imaginación empezó a jugarme malas pasadas. Constantemente le preguntaba a mi padre si faltaba mucho para llegar al camino en el que habíamos aparcado el coche, pero él tampoco lo sabía.

Al poco rato encontramos una cabaña en un claro y mi padre me dijo que podíamos pasar allí la noche, alegando que, al día siguiente, se lo explicaríamos al dueño. En cuanto entramos algo me sorprendió. Esa casa no tenía ni un solo mueble, únicamente una gran cama. Por si eso fuese poco las paredes estaban cubiertas de espeluznantes cuadros pintados con tal realismo que parecían sacados del infierno.

Nos tumbamos en la cama y yo me abracé a él aterrada, y así me dormí. A la mañana siguiente la luz del sol nos despertó, algo extraño, pues no habíamos visto ni un solo resquicio por el que la luz pudiese pasar. Me levanté al ver a mi padre con una mirada extraña, como si tuviese miedo, y al mirar a mi alrededor me sorprendió ver que no había ni un solo cuadro y que, lo que antes habíamos tomado por imágenes, en realidad eran ventanas.

Solo daba un paseo

He de suponer que, a lo largo de tu vida, habrás oído miles de historias, la mayor parte de ellas inventadas, pero esta es distinta. Te juro por mi vida que, a día de hoy, aún lo recuerdo con exactitud, como si estuviese grabado a fuego en mi memoria, como una película.

Nací en una aldea cercana a un bosque, aunque no es ahí donde sucedió lo que a continuación os voy a relatar, sino en la carretera que había que subir hasta llegar a mi casa.

Recuerdo que a solo media hora de camino había un taller perteneciente al padre de una amiga, pero tampoco es sobre él la historia. La localización es muy importante, pues a la derecha lo único que había era un barranco de más de quince metros.

Una noche en la que volvíamos de Santiago no nos quedó más remedio que pasar por allí, y charlando sobre lo mucho que nos habíamos divertido a lo largo del día, llegamos a la cuesta en la que estaba el taller. Allí algo nos sorprendió mucho. En medio de la carretera una anciana daba vueltas sin parar.

Si la esquivábamos de cualquier modo podían suceder dos cosas: que nos chocásemos contra la pared del taller, o que cayésemos por el barranco. Entonces me di cuenta de algo extraño. La anciana flotaba a unos centímetros del suelo. Le expliqué a mi padre lo que había visto y se dio cuenta de que llevaba razón, así que no dudó en cuanto decidió seguir camino. Mi hermano gritó pensando en que la habíamos atropellado, pero al darnos la vuelta allí no había nadie.

Volvimos a casa aún con el miedo en el cuerpo y, al llegar, nos volvimos a encontrar a la anciana. Mi madre tomó fuerzas, bajó del coche y le preguntó qué hacía allí. Su respuesta fue: "Solo daba un paseo". Dicho esto se encaminó cuesta abajo hacia su casa.

A la mañana siguiente una vecina nos vino a avisar de algo extraño. La mujer a la que habíamos visto había muerto la tarde anterior.

Los visitantes

Un día viajé a Canadá, pero eso no tiene nada que ver con mi historia, en realidad todo sucedió cuando volví. Mi familia me dio la queja de que se oían ruidos en los campos a altas horas de la noche, cosa que a mí me resultó de lo más normal, pues no faltaba nunca el grupo de chicos que encontraba divertido meterse entre las siembras para jugarse bromas entre ellos, o en el peor de los casos, a nosotros.

El comisario no solía hacer mucho al respecto, así que solo me quedaba montar guardia y ahuyentarlos aunque fuese a palos. Cuando el mayor de mis hermanos vigilaba se acercó a mí, pálido como la cera, sin poder articular palabra alguna, temblando de miedo como si hubiese visto un ánima. Eso me hizo saber que algo andaba mal, pues él era incluso más valiente que yo y no alcanzaba a comprender qué había visto para tener tal susto en el cuerpo.

Con escopeta en mano me dispuse a salir de casa, pero las manos de mi hermano tomándome con fuerza del brazo me impidieron poner un pie fuera de la casa. Lo miré, pero seguía sin poder hablar, aunque la mirada en sus ojos me hizo saber que no debía salir. En su lugar nos asomamos por la ventana y él me indicó con su mano, que aún temblaba, el lugar hacia el que debía mirar.

Al principio solo vi ramas moviéndose, a pesar de que no corría ni un soplo de viento, pero en cuanto "eso" se incorporó me olvidé incluso de respirar. Lo que se hallaba ante mis ojos, lo que tanto había aterrado a mi hermano, fue un ser grisáceo y flaco, que fácilmente alcanzaba los tres metros. Parecía estar buscando algo y en cada paso se acercaba un poco más a nuestra casa.

Me di la vuelta para mirar al resto de mi familia, no sabía que hacer ¿cómo saberlo? Ni tan siquiera entendía lo que estaba viendo, ninguno de nosotros lo hacía, y tampoco lo que vino después. Con cada uno de mis confusos pensamientos, únicamente le daba tiempo de acercarse hasta llegar a la puerta de la casa.

Los ojos de mi hermano se clavaban en los míos buscando una respuesta, y yo no pude hacer otra cosa que levantar la escopeta y apuntarle, pero en ese momento la criatura emitió un chillido tan intenso que mis oídos sangraron, al igual que los del resto de mi familia.

Por un momento perdimos la razón, pero al recuperar la consciencia solo le vi alejarse en medio del campo, junto a otros tres más como él, hasta perderse en una cegadora luz que se veía a lo lejos. Mi primera reacción fue tomar a mi familia para salir de allí, pero las ramas del campo seguían moviéndose. No supe cuántos más de esos había o cuales eran sus intenciones, así que no nos quedó de otra que quedarnos allí hasta el amanecer.

Nos aterraba contar lo sucedido, incluso entre nosotros. Pero esa noche no solamente vigilamos nuestra granja, sino la de decenas de personas más a las que conocíamos. Esa fue la charla común entre todos losvecinos. Se dieron miles de teorías y soluciones. Los muchos regresaron a sus granjas, pero yo no podía arriesgar así a mi familia.

Ese mismo día nos trasladamos a Vancouver, sin querer saber nada más de lo ocurrido. Hace solo unos días empezamos a saber que la gente que vivía en el pueblo desaparecía misteriosamente para no volver a ser vistos jamás. Por suerte nos fuimos de allí a tiempo, aunque a día de hoy ese rostro sigue en mis pesadillas.

El diario

Era mi primer día en la biblioteca del estado. Me habían enviado desde el colegio para conseguir algunos créditos extra que me permitiesen entrar en la universidad, donde pretendía estudiar literatura, por lo que ni yo ni el bibliotecario estábamos preparados, ni dispuestos para trabajar juntos. Ese hombre trabajaba allí desde hacía treinta años y trató de mantenerme lo más lejos posible, así que me dio el área de libros comunes, prohibiéndome la entrada al resto de las secciones.

Pero no tenía intenciones de obedecer a un viejo mal encarado, todas las cosas que me decía las tomaba como un reto, especialmente porque adoro la lectura. Empecé a tomar libros de las "secciones prohibidas", me los llevaba a casa, veía unas cuantas páginas y luego los dejaba en un rincón, pues eran sumamente aburridos. No entendía por qué el bibliotecario los cuidaba tanto.

Un día tomé un libro sin permiso, pero este era distinto a todos cuantos había visto en mi vida. Estaba cubierto en piel, como muchos otros, pero era tan tersa, delgada, lisa y suave que me invitaba a acariciarlo una y otra vez. No tenía título, ni mostraba editorial o ilustración en la portada, en realidad no tenía ni una sola marca que dañara aquella bella piel. Entonces lo más lógico para conocer su contenido era abrirlo.

En cuanto lo hice una ligera brisa enfrió mis pies, recorriéndome el cuerpo entero. En realidad tenía entre mis manos un diario que relataba hechos macabros acontecidos en la vida de una persona desconocida.

Ls cosas que narraba el libro rebasaban por mucho las peores películas que había visto en mi vida, tenía el miedo clavado en la espiina, pero aun así algo me incitaba a leerlo sin parar. Eran tan solo una decena de páginas, y en cada una de ellas se narraba un terrible asesinato, y aún restaban cientos de ellas. Te parecerá increíble, pero en una de tantas se narraba cómo había cubierto el diario de piel humana. Empezó a darme asco, y entre eso y que no tenía tiempo para leer las últimas, me las salté. Sabía que resultaban mucho peores que las primeras, como si la maldad de su dueño hubiese crecido con la práctica.

Al día siguiente fui a ver al bibliotecario y le entregué en diario en sus manos. Confesé haberlo desobedecido y por ello le pedía disculpas, pero el hombre lo tomó con una sonrisa y simplemente me dijo:

-¡No te preocupes! Con esa actitud lo único que has logrado es que hable de ti en mi diario.

Lógicamente ese mismo día me fui de allí tan rápido como pude, sin despedirme de nadie, y así me salvé de figurar en el diario, justamente en la página 327.

No tengas prisa

Se acercaba el cumpleaños de mi abuelo Emilio, y todos le estábamos preparando una fiesta sorpresa. Solo faltaban un par de detalles en los que se necesitaba la colaboración de la abuela, pero no pudimos encontrarla cuando la llamamos, por lo que mi madre dejó un mensaje en el contestador.

Horas más tarde vi que un taxi llegaba hasta aparcar en la puerta de nuestra casa, y de ahí bajaron los abuelos. Sabiendo el tema a tratar fui a buscar al abuelo para entretenerlo en mi habitación mientras los demás hablaban de su fiesta.

El pobre anciano lucía muy cansado y apesadumbrado, hacía esfuerzos para sonreir ante todos mis chistes y anécdotas, pero no pronunciaba ni una sola palabra. Pasado un rato me di cuenta del semblante triste que tenía, hasta parecía que las lágrimas estaban atrapadas en sus ojos. Quise abrazarlo para consolarlo, pero el hombre levantó su bastón, apuntándome para que no me acercase más.

Nunca antes me había negado un abrazo, por lo que comencé a interrogarlo, pero por más preguntas que le hacía poca respuesta obtenía, mi abuelo seguía cabizbajo, casi llorando, y entre sollozos me dijo:

-No tengas prisa, ya lo sabrás.

En ese instante mi madre me llamó desde la planta baja, y yo bajé un tanto extrañado. Entonces me dio una noticia extraña, algo muy difícil de creer. Mi abuelo había muerto. No tenía ningún sentido ya que él estaba en mi cuarto y solo habían pasado unos segundos desde la última vez que le había visto.

Sin decir nada subí las escaleras hasta mi habitación y abrí la puerta. Consternada me quedé al ver que de mi abuelo solo pude vislumbrar una traslúcida figura que, tras un saludo de marinero, desapareció en uno de los muros de la casa.

El viejo ermitaño

Eso de trabajar para el estado empezaba a cansarme ya, empezaba a odiarlo. Un día a finales de septiembre nos enviaron a un compañero y a mi a las comunidades aldeañas para levantar un censo y tuvimos que caminar entre los árboles para llegar hasta la casa de un viejo ermitaño, el único que faltaba. Por fortuna no estaba muy internado en la arboleda, ya que no me interesaba mucho adentrarme en el que los aldeanos llamaban "El bosque de las ánimas", ni siquiera reuní el valor para preguntar por el origen de tal nombre.

En unos minutos llegamos a una cochambrosa casa, llena de inmundicia y pestes desconocidas que casi me obligaron a cubrirme la nariz. El olor era tan fuerte que podía sentirlo ardiendo en mis ojos. Estuve tentada de marcharme, pero no tardó en aparecer un vejestorio andrajoso y sucio. Los pies parecían más bien pezuñas a falta de calzado, y agitaba una rama en su único brazo, amenazando con matarnos.

Everet, mi compañero, me clavó tan fuerte las uñas que acabé gritando, y el viejo se nos vino encima con más ímpetu, balbuceando mil cosas y causándome nauseas con su asqueroso aliento. Por fortuna no veía demasiado bien, así que los palos fueron para un par de árboles cercanos.

Después de desquitar su coraje nos dijo que lo siguiésemos hasta un jacal como si nada hubiese pasado, pero insistimos en interrogarlo mejor fuera, con la debida distancia. Al terminar todas las preguntas nos informó de que aún había un habitante más en el poblado y era nuestra obligación incluirlo en los datos.

Entre otras cosas nos dijo que se trataba de un habitante eventual, que solo venía cada diez años, y que estábamos de suerte porque no se encontrába ahí. Nos dio indicaciones para llegar, pero luego empezó a soltar tremendas historias, por lo cual lo dimos por loco, pues según sus relatos el supuesto morador del espeso bosque era un ser interestelar, que venía a la tierra para alimentarse y reproducirse.

Agregó también advertencias, por las cuales no debíamos movernos bruscamente o hablar alto, pues podríamos asustarle, causando que nos partiese en dos con sus enormes garras y succionara nuestras entrañas con los múltiples tentáculos colgantes de su boca.

-¡Patrañas! -dije molesta por tal pérdida de tiempo y preparándome para marcharme.

-¿Por qué no me crees muchacha tonta? -refunfuñó agitando su rama-, ¡él es mi padre! -agregó con una voz retumbante que movió los árboles cercanos. No fui capaz de creerle hasta que de su boca dejó salir esos largos tentáculos succionadores para que no tuviésemos duda de lo que decía.

Obviamente no tomamos el camino indicado, pues según él estaba a punto de regresar y lo último que queríamos era encontrarnos con esa cosa.

Uno, dos, tres

Cuando era muy pequeña mis padres viajaban mucho, y cuando sabían que tardarían varios días en volver, solían dejarme al cuidado de la vecina, una viejecilla de extrañas manías, muchas de las cuales la gente relacionaba con brujería. Aun así mis padres no se dejaban llevar por tonterías y confiaban mucho en ella, tanto como para dejarme a su cuidado.

Para mí era la más horrible de las pesadillas, no podía pegar ojo devido a la serie de inexplicables ruidos que siempre se escuchaban en su pequeño departamente y, sobretodo, por una terrible canción que ella repetía una y otra vez, y que a día de hoy permanece intacta en mi memoria. Dicha canción decía así:

-Un, dos tres... me oyes pero no me ves... cuatro, cinco seis... no me encontraréis... siete, ocho, nueve... estoy más cerca de lo que crees...

Entonces me sentía acechada, buscaba alrededor, vigilaba cada rincón, quería esconderme, pero me era prácticamente imposible, pues es sabido por todos que debajo de la cama o en el armario están los más horrendos monstruos, y eran esos los mejores escondites. Ni en mi casa me sentía segura, pues la anciana tarareaba constantemente la misma tonada, y yo los escuchaba porque ambas casas tenían una pared común.

Con el paso del tiempo fui creciendo, y el miedo se hizo menos, hasta que una noche, mientras caminaba por la ciudad de camino a casa, un chiflido se hizo eco en la oscura calle por la que transitaba... la tonada se me hacía familiar pero no podía recordar con exactitud, hasta que los chiflidos se volvieron palabras:

-Un, dos, tres... me oyes pero no me ves...

Se me heló la sangre en las venas, causándome tal pesadez en el cuerpo que me era imposible moverme, y escuchaba tras de mí un par de pasos que se acercaban lentamente.

-Cuatro, cinco, seis... no me encontraréis...

El terror me paralizaba, y entonces tomé fuerzas para salir corriendo hasta llegar a casa. Ahí un ataque de risa me invadió, me sentía un poco tonta al huir de los recuerdos de mi niñez, así que, despues de tomar aire, seguí con mi rutina, escuchando los mensajes de mi contestador.

El único era de parte de su madre, pidiendo que asistiera al funeral de la viejecilla que de pequeña me cuidaba. En ese momento no pude detener los escalofríos que subían electrizando a la vez todo mi cuerpo. Creía que había sido una alucinación hasta que volví a escuchar la última parte de la canción, aquella que decía:

-Siete, ocho, nueve... estoy más cerca de lo que crees...

La carroza de la muerte

Esta vez no te hablaré de una experiencia que me pasó a mi, sino a uno de mis mejores amigos. No le deseaba ningún mal, pero tampoco soy capaz de lamentar lo que ocurrió, pues de algún modo él mismo se lo buscó.

Se llamaba Rodrigo, y te aseguro que era un verdadero patán con su madre, habíendo aprendido esa maldita actitud de su padre. Cada vez que le hablaba era siempre con desprecio, no tenía ni el más mínimo cariño por las cosas que quedaban de su infancia y no valoraba en absoluto todo cuanto su madre hacía por él. Tampoco cuidaba de sí mismo, y una de las noches en las que se le ocurrió llegar borracho a casa, fue a curar la embriaguez con su pobre madre, una señora ya muy castigada, pero no a causa de la edad, sino del trabajo duro y de los malos tratos que la vida le había dado. El muy desconsiderado llegó borracho, gritando, pateando y maldiciendo. Hacía días que yo había decidido cuidar de su madre, pues su situación la llevaba a intentar buscar la muerte una y otra vez. Le oí echarle en cara lo mucho que había tardado en morir, y aunque traté de pararlo incluso a mi se le ocurrió pegarme. Los vecinos escucharon la discusión, y a sabiendas de lo indefensa que estaba la mujer y de lo poco que yo podía hacer por ella, se encargaron de echarle de casa, algo que ninguna de las dos lamentó.

Con el canto del gallo, las metiches y chismosas del barrio hicieron su reunión obligada en la esquina de la calle, para contarse unas a otras mil versiones distintas de la historia, pero solo una de ellas crispó los pelos a los demás, contando lo que en realidad había sucedido. La mas persignada santurrona del grupo dijo que había escuchado transitar por las empedradas calles a la mismísima carreta de la muerte, aunque te puedo jurar que, hasta aquella noche, yo lo consideraba un cuento de viejas. Ella contaba que a aquella vieja carreta no le rechinaban las ruedas por el óxido que el paso de los años había dejado marcado, sino que en cada vuelta se oía el horrible lamento de un alma torturada.

Estaban todas muy consternadas cuando Rodrigo, aún en su borrachera, apareció para seguir con el escándalo. Pateaba la puerta de la casa reclamándonos el no haber ido a buscarlo a casa de su mejor amigo, en donde había decidido quedarse. Pero eso no era del todo cierto, ya que después de la escena del día anterior, ella se había quedado en cama, y a esa hora aún no estaba despierta, y si he de ser sincera, yo tampoco.

Fue entonces cuando el grupo de las chismosas le advirtió del peligro que rondaba por las calles, pues cuando la carroza de la muerte anda cerca, no se debe salir. Rodrigo, tan acostumbrado a la vagancia, fácilmente podría ser confundido con la persona que la muerte andaba buscando, y ganarse un corte con su guadaña, que le perforaría el cuello hasta matarlo. Pero así como era el chico de briago, también lo era de incrédulo e irreverente, y no solo se rió de las viejas gallinas y sus supersticiones, sino que además se puso a gritar para que la carreta, que creía que no existía, apareciese ante él para, supuestamente, plantarle cara.

Por la noche, cuando estábamos todos ya atrincherados en nuestras casas. Por algún motivo uno nunca sabe lo que le puede esperar, y la seguridad de un hogar era mucho mejor que intentar enfrentarse a la misma muerte. En la calle lo único que podía oírse con claridad era la fiesta de Rodrigo, que cantaba para que todos lo escuchasen, cantaba para llamar a lo que creía que no existía. Entonces un horrible grito rompió el silencio de la noche nerviosa, un grito que incluso a mí, que aún estaba cuidando de su madre, me heló la sangre en las venas. Un viento fuerte sopló y abrió todas y cada una de las ventanas de esa calle. Por suerte las puertas estaban bien cerradas, pues de otro modo también las habría abierto de par en par.

Rodrigo se dio media vuelta para ver quién rompía su fiesta, y lo vió con clarirdad, vio a un ser cubierto con capucha, armado con una afilada guadaña que parecía sacada del mismo infierno, que azuzaba a un caballo casi desmembrado, quien tiraba de la carroza en la que se oían lamentos con cada vuelta de sus oxidadas ruedas.

Corrió aterrado, gritando de auténtico pánico. Algunas amigas mías lo vieron de cerca, corriendo como un poseso, con una mirada de terror en sus ojos parduscos, pero atrincheraron de nuevo las ventanas para no ver lo que le perseguía, pues desde lejos podían oirse los lamentos de la carreta de la muerte, incluso podía sentirse el calor que emanaba de las bocas del fuego que los caballos llevaban en sus fauces y en sus ojos.

Cuando llegó a la puerta de la casa llamó desesperado, pero entre el miedo de la carreta y lo que Rodrigo nos había hecho el día anterior, ninguna de las dos quiso abrir la puerta. A la mañana siguiente lo encontraron degollado en la puerta, que tenía rasgaduras de sus uñas ya inexistentes. Si él no hubiese sido tan grosero el día anterior, seguramente lo hubiésemos salvado.

Es por ello, querido amigo, que te pido esto: La próxima vez que vayas a hacer algo absurdo o intentes dañar a quienes ames, piensa primero en las consecuencias, porque la realidad es que la carreta de la muerte persigue únicamente a aquellos que no saben valorar lo que la vida les ha entregado y que, en ocasiones, es incluso más valioso que cualquier tesoro.

La casa embrujada

Estaba muy orgullosa del rumbo que estaba tomando mi vida, había empezado comprando una pequeña casa para restaurarla y después venderla a mejor precio. Tras unos años de realizar esta práctica de forma continua ya me encontraba comercializando mansiones. Ahí estaba, frente a lo que creía mi mayor logro, un bello caserón de antigua fachada. Estaba esperando por mi cliente, mientras admiraba los hermosos ventanales, cuando vi algo moverse en el interior. Tomé mi movil para llamar a la policía, pero entonces vi salir un par de cuervos por un hueco bajo una de las ventanas.

Subí hasta el segundo piso de la mansión para hacerme cargo del desperfecto antes de que llegara mi cliente, pues admiro la perfección y no era momento para que hubiese ningún daño, de otro modo el cliente no cerraría el trato. Al abrir la puerta de la habitación en la que estaba el daño a reparar, sentí un viento helado que me hizo tiritar, pero lo relacioné con el agujero en la pared. Al avanzar un par de pasos vi que el hoyo no cruzaba hasta el interior, sino que se encontraba fuera, y el viento era demasiado violento como para provenir de alguna filtración.

Entonces quise salir, pero la puerta se cerró casi en mis narices, dándome un buen susto. El golpe fue tan fuerte que no pude abrirla, y tras varios intentos comencé a tener miedo. Sentía en mi espalda un gran escalofrío, que se intensificó al escuchar que alguien se quejaba dentro de la habitación.

No sabía si darme la vuelta para ver quién era o tirar la puerta, pero ninguna de esas opciones sirvió cuando escuché la madera hundirse tras de mí. Una voz cavernosa dijo una sola palabra que me congeló la sangre en las venas: "Mika". Ese era mi apodo y solo mis amistades más cercanas lo sabían, pero esa voz no pertenecía a ninguno de mis amigos, ¿cómo lo sabía?

Toda fuerza que quedaba en mi cuerpo se esfumó como si de aire se tratase y caí al suelo, como si no quedase en mi cuerpo ni un solo hueso, como si me hubiese transformado en un trozo de gelatina que temblaba de auténtico terror.

Por suerte mi vista estaba demasiado borrosa como para apreciar a detalle la horrible figura que se hayaba ante mi, y en un intento desesperado por escapar de aquella cosa que me acechaba, corrí a la ventana y salté. Tardé en volver en mí, y cuando miré hacia la ventana aquella cosa aún estaba allí. Tenía la piel como si le hubiesen echado ácido por encima, unos ojos demasiado grandes y negros para ser humanos, la piel verdosa y el cuerpo fino como un junco, pero era aterrador.

Entonces dejé escapar mi sueño de vender aquella casa, pues ya estaba habitada y no tenía la sangre fría de exponer a una buena persona a aquella cosa, a la misma experiencia que yo acababa de tener. Como pude me levanté del suelo, retiré el letrero que rezaba "en venta" y cerré la puerta tras de mí. Si hubiese tenido siete llaves, bajo siete la habría cerrado. No quería saber nada más de aquel horrible lugar, así que me subí al coche y tiré la llave por la ventana, con la esperanza de que nadie nunca la encontrase.

martes, 9 de agosto de 2016

La casa en el fondo del callejón

No era más que una niña pequeña cuando nos mudamos a aquella enorme y vieja casa. la forma en que la construyeron la hacía parecer más un laberinto que otra cosa. Había que cruzar varias habitaciones para llegar a donde queríamos, ir al baño era una auténtica odisea. Cruzábamos el patio, un corral construido por el último dueño, y allá hasta el fondo, escondido entre unos espesos matorrales, estaba el baño.

Sobra decir que para mí era una cosa terrible tener que transitar por ahí sola, era la parte más oscura de la casa gracias a los frondosos árboles que siempre se estaban moviendo, hiciera o no viento. Algunas veces hasta podía escuchar a las hojas susurrar mi nombre y las luces entrecortadas que se colaban entre sus ramas me jugaban malas pasadas. Más de una vez me tuve que aguantar las ganas al no encontrar quién me acompañara por esa travesía, sobretodo porque, al dar un paso fuera de la casa, la puerta detrás de mí rechinaba incesantemente amenazando con cerrarse y dejarme atrapado ahí, porque solo se abría desde dentro.

Era tanto mi temor por esa zona de la casa que pronto mis hermanos se dieron cuenta y me hicieron aquella terrible jugarreta que, a día de hoy, no he sido capaz de olvidar. Los muy bribones cerraron la puerta a propósito, dejándome fuera, en ese horrible patio. Lloré y pateé hasta quedarme sin fuerzas, pero ellos solo se reían. Tirado ahí me aseguraba de darle siempre la espalda al feo paisaje, queriendo pensar que realmente no estaba ahí, pero no funcionó, el silvido de las ojas pronunciando mi nombre no me dejaba concentrarme en ningún momento feliz para sustituir aquella pesadilla. Me di media vuelta para gritar a los árboles que se callaran, y los descubrí realizando una danza macabra que servía de fondo a la aparición de una anciana pálida y enojada, que maullaba abriendo tanto su boca que, por un momento, parecía que en lugar de cabeza solo tenía un profundo y oscuro agujero.

La puerta aún conserva las marcas de mis uñas, de haber tenido solo un par de minutos más posiblemente la habría atravesado con mis sangrantes manos, tan solo por la desesperación. No intenté comprender lo que estaba viendo, yo solo ansiaba escapbar.

En ese momento mis gritos fueron tan intensos que mi hermana mayor me escuchó y vino a ver qué pasaba. A veces pienso que no debió hacerlo, pues aquel terrible espíritu que flotaba en dirección hacia mí atraveso su cuerpo en el momento justo en que abrió la puerta. Solo pude ver que se desprendía de ella un vapor antes de que cayera al suelo y, después de eso, jamás volvió. Su cuerpo estaba ahí, respiraba, comía, pero no hablaba, no nos veía, era como si no estuviese ahí, tan solo un envase vacío. Le habían arrebatado su esencia.

Tiempo después nos enteramos que en aquella casa había vivido una viejecilla enferma, que solo se hacía acompañar por decenas de gatos. Los vecinos todo el tiempo intentaron echarla por la terrible peste y suciedad que provocaban los animales y que ella ya no tenía la fuerza para asear, pero ella firmemente repetía una y otra vez "¡Ni muerta me alejarán de aquí!"

Cuando murió todos sintieron alivio, sin embargo aquella mujer era de palabra y cumplió su promesa. Esa casa en el fondo del callejón sigue siendo solamente suya.