sábado, 13 de agosto de 2016

Solo daba un paseo

He de suponer que, a lo largo de tu vida, habrás oído miles de historias, la mayor parte de ellas inventadas, pero esta es distinta. Te juro por mi vida que, a día de hoy, aún lo recuerdo con exactitud, como si estuviese grabado a fuego en mi memoria, como una película.

Nací en una aldea cercana a un bosque, aunque no es ahí donde sucedió lo que a continuación os voy a relatar, sino en la carretera que había que subir hasta llegar a mi casa.

Recuerdo que a solo media hora de camino había un taller perteneciente al padre de una amiga, pero tampoco es sobre él la historia. La localización es muy importante, pues a la derecha lo único que había era un barranco de más de quince metros.

Una noche en la que volvíamos de Santiago no nos quedó más remedio que pasar por allí, y charlando sobre lo mucho que nos habíamos divertido a lo largo del día, llegamos a la cuesta en la que estaba el taller. Allí algo nos sorprendió mucho. En medio de la carretera una anciana daba vueltas sin parar.

Si la esquivábamos de cualquier modo podían suceder dos cosas: que nos chocásemos contra la pared del taller, o que cayésemos por el barranco. Entonces me di cuenta de algo extraño. La anciana flotaba a unos centímetros del suelo. Le expliqué a mi padre lo que había visto y se dio cuenta de que llevaba razón, así que no dudó en cuanto decidió seguir camino. Mi hermano gritó pensando en que la habíamos atropellado, pero al darnos la vuelta allí no había nadie.

Volvimos a casa aún con el miedo en el cuerpo y, al llegar, nos volvimos a encontrar a la anciana. Mi madre tomó fuerzas, bajó del coche y le preguntó qué hacía allí. Su respuesta fue: "Solo daba un paseo". Dicho esto se encaminó cuesta abajo hacia su casa.

A la mañana siguiente una vecina nos vino a avisar de algo extraño. La mujer a la que habíamos visto había muerto la tarde anterior.

Los visitantes

Un día viajé a Canadá, pero eso no tiene nada que ver con mi historia, en realidad todo sucedió cuando volví. Mi familia me dio la queja de que se oían ruidos en los campos a altas horas de la noche, cosa que a mí me resultó de lo más normal, pues no faltaba nunca el grupo de chicos que encontraba divertido meterse entre las siembras para jugarse bromas entre ellos, o en el peor de los casos, a nosotros.

El comisario no solía hacer mucho al respecto, así que solo me quedaba montar guardia y ahuyentarlos aunque fuese a palos. Cuando el mayor de mis hermanos vigilaba se acercó a mí, pálido como la cera, sin poder articular palabra alguna, temblando de miedo como si hubiese visto un ánima. Eso me hizo saber que algo andaba mal, pues él era incluso más valiente que yo y no alcanzaba a comprender qué había visto para tener tal susto en el cuerpo.

Con escopeta en mano me dispuse a salir de casa, pero las manos de mi hermano tomándome con fuerza del brazo me impidieron poner un pie fuera de la casa. Lo miré, pero seguía sin poder hablar, aunque la mirada en sus ojos me hizo saber que no debía salir. En su lugar nos asomamos por la ventana y él me indicó con su mano, que aún temblaba, el lugar hacia el que debía mirar.

Al principio solo vi ramas moviéndose, a pesar de que no corría ni un soplo de viento, pero en cuanto "eso" se incorporó me olvidé incluso de respirar. Lo que se hallaba ante mis ojos, lo que tanto había aterrado a mi hermano, fue un ser grisáceo y flaco, que fácilmente alcanzaba los tres metros. Parecía estar buscando algo y en cada paso se acercaba un poco más a nuestra casa.

Me di la vuelta para mirar al resto de mi familia, no sabía que hacer ¿cómo saberlo? Ni tan siquiera entendía lo que estaba viendo, ninguno de nosotros lo hacía, y tampoco lo que vino después. Con cada uno de mis confusos pensamientos, únicamente le daba tiempo de acercarse hasta llegar a la puerta de la casa.

Los ojos de mi hermano se clavaban en los míos buscando una respuesta, y yo no pude hacer otra cosa que levantar la escopeta y apuntarle, pero en ese momento la criatura emitió un chillido tan intenso que mis oídos sangraron, al igual que los del resto de mi familia.

Por un momento perdimos la razón, pero al recuperar la consciencia solo le vi alejarse en medio del campo, junto a otros tres más como él, hasta perderse en una cegadora luz que se veía a lo lejos. Mi primera reacción fue tomar a mi familia para salir de allí, pero las ramas del campo seguían moviéndose. No supe cuántos más de esos había o cuales eran sus intenciones, así que no nos quedó de otra que quedarnos allí hasta el amanecer.

Nos aterraba contar lo sucedido, incluso entre nosotros. Pero esa noche no solamente vigilamos nuestra granja, sino la de decenas de personas más a las que conocíamos. Esa fue la charla común entre todos losvecinos. Se dieron miles de teorías y soluciones. Los muchos regresaron a sus granjas, pero yo no podía arriesgar así a mi familia.

Ese mismo día nos trasladamos a Vancouver, sin querer saber nada más de lo ocurrido. Hace solo unos días empezamos a saber que la gente que vivía en el pueblo desaparecía misteriosamente para no volver a ser vistos jamás. Por suerte nos fuimos de allí a tiempo, aunque a día de hoy ese rostro sigue en mis pesadillas.

El diario

Era mi primer día en la biblioteca del estado. Me habían enviado desde el colegio para conseguir algunos créditos extra que me permitiesen entrar en la universidad, donde pretendía estudiar literatura, por lo que ni yo ni el bibliotecario estábamos preparados, ni dispuestos para trabajar juntos. Ese hombre trabajaba allí desde hacía treinta años y trató de mantenerme lo más lejos posible, así que me dio el área de libros comunes, prohibiéndome la entrada al resto de las secciones.

Pero no tenía intenciones de obedecer a un viejo mal encarado, todas las cosas que me decía las tomaba como un reto, especialmente porque adoro la lectura. Empecé a tomar libros de las "secciones prohibidas", me los llevaba a casa, veía unas cuantas páginas y luego los dejaba en un rincón, pues eran sumamente aburridos. No entendía por qué el bibliotecario los cuidaba tanto.

Un día tomé un libro sin permiso, pero este era distinto a todos cuantos había visto en mi vida. Estaba cubierto en piel, como muchos otros, pero era tan tersa, delgada, lisa y suave que me invitaba a acariciarlo una y otra vez. No tenía título, ni mostraba editorial o ilustración en la portada, en realidad no tenía ni una sola marca que dañara aquella bella piel. Entonces lo más lógico para conocer su contenido era abrirlo.

En cuanto lo hice una ligera brisa enfrió mis pies, recorriéndome el cuerpo entero. En realidad tenía entre mis manos un diario que relataba hechos macabros acontecidos en la vida de una persona desconocida.

Ls cosas que narraba el libro rebasaban por mucho las peores películas que había visto en mi vida, tenía el miedo clavado en la espiina, pero aun así algo me incitaba a leerlo sin parar. Eran tan solo una decena de páginas, y en cada una de ellas se narraba un terrible asesinato, y aún restaban cientos de ellas. Te parecerá increíble, pero en una de tantas se narraba cómo había cubierto el diario de piel humana. Empezó a darme asco, y entre eso y que no tenía tiempo para leer las últimas, me las salté. Sabía que resultaban mucho peores que las primeras, como si la maldad de su dueño hubiese crecido con la práctica.

Al día siguiente fui a ver al bibliotecario y le entregué en diario en sus manos. Confesé haberlo desobedecido y por ello le pedía disculpas, pero el hombre lo tomó con una sonrisa y simplemente me dijo:

-¡No te preocupes! Con esa actitud lo único que has logrado es que hable de ti en mi diario.

Lógicamente ese mismo día me fui de allí tan rápido como pude, sin despedirme de nadie, y así me salvé de figurar en el diario, justamente en la página 327.

No tengas prisa

Se acercaba el cumpleaños de mi abuelo Emilio, y todos le estábamos preparando una fiesta sorpresa. Solo faltaban un par de detalles en los que se necesitaba la colaboración de la abuela, pero no pudimos encontrarla cuando la llamamos, por lo que mi madre dejó un mensaje en el contestador.

Horas más tarde vi que un taxi llegaba hasta aparcar en la puerta de nuestra casa, y de ahí bajaron los abuelos. Sabiendo el tema a tratar fui a buscar al abuelo para entretenerlo en mi habitación mientras los demás hablaban de su fiesta.

El pobre anciano lucía muy cansado y apesadumbrado, hacía esfuerzos para sonreir ante todos mis chistes y anécdotas, pero no pronunciaba ni una sola palabra. Pasado un rato me di cuenta del semblante triste que tenía, hasta parecía que las lágrimas estaban atrapadas en sus ojos. Quise abrazarlo para consolarlo, pero el hombre levantó su bastón, apuntándome para que no me acercase más.

Nunca antes me había negado un abrazo, por lo que comencé a interrogarlo, pero por más preguntas que le hacía poca respuesta obtenía, mi abuelo seguía cabizbajo, casi llorando, y entre sollozos me dijo:

-No tengas prisa, ya lo sabrás.

En ese instante mi madre me llamó desde la planta baja, y yo bajé un tanto extrañado. Entonces me dio una noticia extraña, algo muy difícil de creer. Mi abuelo había muerto. No tenía ningún sentido ya que él estaba en mi cuarto y solo habían pasado unos segundos desde la última vez que le había visto.

Sin decir nada subí las escaleras hasta mi habitación y abrí la puerta. Consternada me quedé al ver que de mi abuelo solo pude vislumbrar una traslúcida figura que, tras un saludo de marinero, desapareció en uno de los muros de la casa.

El viejo ermitaño

Eso de trabajar para el estado empezaba a cansarme ya, empezaba a odiarlo. Un día a finales de septiembre nos enviaron a un compañero y a mi a las comunidades aldeañas para levantar un censo y tuvimos que caminar entre los árboles para llegar hasta la casa de un viejo ermitaño, el único que faltaba. Por fortuna no estaba muy internado en la arboleda, ya que no me interesaba mucho adentrarme en el que los aldeanos llamaban "El bosque de las ánimas", ni siquiera reuní el valor para preguntar por el origen de tal nombre.

En unos minutos llegamos a una cochambrosa casa, llena de inmundicia y pestes desconocidas que casi me obligaron a cubrirme la nariz. El olor era tan fuerte que podía sentirlo ardiendo en mis ojos. Estuve tentada de marcharme, pero no tardó en aparecer un vejestorio andrajoso y sucio. Los pies parecían más bien pezuñas a falta de calzado, y agitaba una rama en su único brazo, amenazando con matarnos.

Everet, mi compañero, me clavó tan fuerte las uñas que acabé gritando, y el viejo se nos vino encima con más ímpetu, balbuceando mil cosas y causándome nauseas con su asqueroso aliento. Por fortuna no veía demasiado bien, así que los palos fueron para un par de árboles cercanos.

Después de desquitar su coraje nos dijo que lo siguiésemos hasta un jacal como si nada hubiese pasado, pero insistimos en interrogarlo mejor fuera, con la debida distancia. Al terminar todas las preguntas nos informó de que aún había un habitante más en el poblado y era nuestra obligación incluirlo en los datos.

Entre otras cosas nos dijo que se trataba de un habitante eventual, que solo venía cada diez años, y que estábamos de suerte porque no se encontrába ahí. Nos dio indicaciones para llegar, pero luego empezó a soltar tremendas historias, por lo cual lo dimos por loco, pues según sus relatos el supuesto morador del espeso bosque era un ser interestelar, que venía a la tierra para alimentarse y reproducirse.

Agregó también advertencias, por las cuales no debíamos movernos bruscamente o hablar alto, pues podríamos asustarle, causando que nos partiese en dos con sus enormes garras y succionara nuestras entrañas con los múltiples tentáculos colgantes de su boca.

-¡Patrañas! -dije molesta por tal pérdida de tiempo y preparándome para marcharme.

-¿Por qué no me crees muchacha tonta? -refunfuñó agitando su rama-, ¡él es mi padre! -agregó con una voz retumbante que movió los árboles cercanos. No fui capaz de creerle hasta que de su boca dejó salir esos largos tentáculos succionadores para que no tuviésemos duda de lo que decía.

Obviamente no tomamos el camino indicado, pues según él estaba a punto de regresar y lo último que queríamos era encontrarnos con esa cosa.

Uno, dos, tres

Cuando era muy pequeña mis padres viajaban mucho, y cuando sabían que tardarían varios días en volver, solían dejarme al cuidado de la vecina, una viejecilla de extrañas manías, muchas de las cuales la gente relacionaba con brujería. Aun así mis padres no se dejaban llevar por tonterías y confiaban mucho en ella, tanto como para dejarme a su cuidado.

Para mí era la más horrible de las pesadillas, no podía pegar ojo devido a la serie de inexplicables ruidos que siempre se escuchaban en su pequeño departamente y, sobretodo, por una terrible canción que ella repetía una y otra vez, y que a día de hoy permanece intacta en mi memoria. Dicha canción decía así:

-Un, dos tres... me oyes pero no me ves... cuatro, cinco seis... no me encontraréis... siete, ocho, nueve... estoy más cerca de lo que crees...

Entonces me sentía acechada, buscaba alrededor, vigilaba cada rincón, quería esconderme, pero me era prácticamente imposible, pues es sabido por todos que debajo de la cama o en el armario están los más horrendos monstruos, y eran esos los mejores escondites. Ni en mi casa me sentía segura, pues la anciana tarareaba constantemente la misma tonada, y yo los escuchaba porque ambas casas tenían una pared común.

Con el paso del tiempo fui creciendo, y el miedo se hizo menos, hasta que una noche, mientras caminaba por la ciudad de camino a casa, un chiflido se hizo eco en la oscura calle por la que transitaba... la tonada se me hacía familiar pero no podía recordar con exactitud, hasta que los chiflidos se volvieron palabras:

-Un, dos, tres... me oyes pero no me ves...

Se me heló la sangre en las venas, causándome tal pesadez en el cuerpo que me era imposible moverme, y escuchaba tras de mí un par de pasos que se acercaban lentamente.

-Cuatro, cinco, seis... no me encontraréis...

El terror me paralizaba, y entonces tomé fuerzas para salir corriendo hasta llegar a casa. Ahí un ataque de risa me invadió, me sentía un poco tonta al huir de los recuerdos de mi niñez, así que, despues de tomar aire, seguí con mi rutina, escuchando los mensajes de mi contestador.

El único era de parte de su madre, pidiendo que asistiera al funeral de la viejecilla que de pequeña me cuidaba. En ese momento no pude detener los escalofríos que subían electrizando a la vez todo mi cuerpo. Creía que había sido una alucinación hasta que volví a escuchar la última parte de la canción, aquella que decía:

-Siete, ocho, nueve... estoy más cerca de lo que crees...

La carroza de la muerte

Esta vez no te hablaré de una experiencia que me pasó a mi, sino a uno de mis mejores amigos. No le deseaba ningún mal, pero tampoco soy capaz de lamentar lo que ocurrió, pues de algún modo él mismo se lo buscó.

Se llamaba Rodrigo, y te aseguro que era un verdadero patán con su madre, habíendo aprendido esa maldita actitud de su padre. Cada vez que le hablaba era siempre con desprecio, no tenía ni el más mínimo cariño por las cosas que quedaban de su infancia y no valoraba en absoluto todo cuanto su madre hacía por él. Tampoco cuidaba de sí mismo, y una de las noches en las que se le ocurrió llegar borracho a casa, fue a curar la embriaguez con su pobre madre, una señora ya muy castigada, pero no a causa de la edad, sino del trabajo duro y de los malos tratos que la vida le había dado. El muy desconsiderado llegó borracho, gritando, pateando y maldiciendo. Hacía días que yo había decidido cuidar de su madre, pues su situación la llevaba a intentar buscar la muerte una y otra vez. Le oí echarle en cara lo mucho que había tardado en morir, y aunque traté de pararlo incluso a mi se le ocurrió pegarme. Los vecinos escucharon la discusión, y a sabiendas de lo indefensa que estaba la mujer y de lo poco que yo podía hacer por ella, se encargaron de echarle de casa, algo que ninguna de las dos lamentó.

Con el canto del gallo, las metiches y chismosas del barrio hicieron su reunión obligada en la esquina de la calle, para contarse unas a otras mil versiones distintas de la historia, pero solo una de ellas crispó los pelos a los demás, contando lo que en realidad había sucedido. La mas persignada santurrona del grupo dijo que había escuchado transitar por las empedradas calles a la mismísima carreta de la muerte, aunque te puedo jurar que, hasta aquella noche, yo lo consideraba un cuento de viejas. Ella contaba que a aquella vieja carreta no le rechinaban las ruedas por el óxido que el paso de los años había dejado marcado, sino que en cada vuelta se oía el horrible lamento de un alma torturada.

Estaban todas muy consternadas cuando Rodrigo, aún en su borrachera, apareció para seguir con el escándalo. Pateaba la puerta de la casa reclamándonos el no haber ido a buscarlo a casa de su mejor amigo, en donde había decidido quedarse. Pero eso no era del todo cierto, ya que después de la escena del día anterior, ella se había quedado en cama, y a esa hora aún no estaba despierta, y si he de ser sincera, yo tampoco.

Fue entonces cuando el grupo de las chismosas le advirtió del peligro que rondaba por las calles, pues cuando la carroza de la muerte anda cerca, no se debe salir. Rodrigo, tan acostumbrado a la vagancia, fácilmente podría ser confundido con la persona que la muerte andaba buscando, y ganarse un corte con su guadaña, que le perforaría el cuello hasta matarlo. Pero así como era el chico de briago, también lo era de incrédulo e irreverente, y no solo se rió de las viejas gallinas y sus supersticiones, sino que además se puso a gritar para que la carreta, que creía que no existía, apareciese ante él para, supuestamente, plantarle cara.

Por la noche, cuando estábamos todos ya atrincherados en nuestras casas. Por algún motivo uno nunca sabe lo que le puede esperar, y la seguridad de un hogar era mucho mejor que intentar enfrentarse a la misma muerte. En la calle lo único que podía oírse con claridad era la fiesta de Rodrigo, que cantaba para que todos lo escuchasen, cantaba para llamar a lo que creía que no existía. Entonces un horrible grito rompió el silencio de la noche nerviosa, un grito que incluso a mí, que aún estaba cuidando de su madre, me heló la sangre en las venas. Un viento fuerte sopló y abrió todas y cada una de las ventanas de esa calle. Por suerte las puertas estaban bien cerradas, pues de otro modo también las habría abierto de par en par.

Rodrigo se dio media vuelta para ver quién rompía su fiesta, y lo vió con clarirdad, vio a un ser cubierto con capucha, armado con una afilada guadaña que parecía sacada del mismo infierno, que azuzaba a un caballo casi desmembrado, quien tiraba de la carroza en la que se oían lamentos con cada vuelta de sus oxidadas ruedas.

Corrió aterrado, gritando de auténtico pánico. Algunas amigas mías lo vieron de cerca, corriendo como un poseso, con una mirada de terror en sus ojos parduscos, pero atrincheraron de nuevo las ventanas para no ver lo que le perseguía, pues desde lejos podían oirse los lamentos de la carreta de la muerte, incluso podía sentirse el calor que emanaba de las bocas del fuego que los caballos llevaban en sus fauces y en sus ojos.

Cuando llegó a la puerta de la casa llamó desesperado, pero entre el miedo de la carreta y lo que Rodrigo nos había hecho el día anterior, ninguna de las dos quiso abrir la puerta. A la mañana siguiente lo encontraron degollado en la puerta, que tenía rasgaduras de sus uñas ya inexistentes. Si él no hubiese sido tan grosero el día anterior, seguramente lo hubiésemos salvado.

Es por ello, querido amigo, que te pido esto: La próxima vez que vayas a hacer algo absurdo o intentes dañar a quienes ames, piensa primero en las consecuencias, porque la realidad es que la carreta de la muerte persigue únicamente a aquellos que no saben valorar lo que la vida les ha entregado y que, en ocasiones, es incluso más valioso que cualquier tesoro.