viernes, 25 de marzo de 2016

La sirena

El cálido verano llegaba ya en su apogeo, y las playas se encontraban a reventar. Los jóvenes hacían sus locuras, no sólamente en las orillas, sino que llevaban sus embarcaciones mar adentro para tener un poco de privacidad. Lo único que les hacía falta para pasar las horas muertas lejos de la costa era comida y cerveza, lo cual no es la mejor de las ideas, sobretodo cuando el mar está picado y las fuertes y salvajes olas mueven las embarcaciones sin contemplación.

Con el inevitable paso de las horas se encontraban ya la mitad de ellos vomitando por la borda, aunque todos parecían distraídos, concentrados en sus más profundos pensamientos, aún atendiendo también a lo que les rodeaba. Fue gracias a ello que vieron claramente como uno de los chicos se inclinaba demasiado en la baranda, a punto de caer, y debido a la reacción de los mas cercanos, al tomarlo de los pies, que el incidente no pasó a mayores.

Sin embargo, cuando lo salvaron, en lugar de mostrarse agradecido, se molestó bastante, pues el quería caer al mar y perderse entre las olas con la hermosa mujer que le incitaba a saltar. No era del tipo de chicos que se embriaga y pierde la noción de la realidad, pero decía cosas muy descabelladas, tanto que acabó por preocupar a todos, por lo que decidieron regresar. Sin embargo el muchacho estaba hundido en un profundo trance, escuchando su voz en el suave murmullo del viento. Ella lo llamaba con la dulzura de una bella flor que acababa de abrirse, haciéndole hermosas promesas que nadie en el mundo podría jamás cumplirle... y a cambio solo le pedía un par de cosas.

Con la mirada perdida, fuera de sí mismo, el chico actuaba como un zombie, respondiendo únicamente a la voluntad de su ama. Acercaba a los demás pasajeros del bote hacia la baranda, para que ella pudiese hipnotizarlos y arrancarlos del barco. Por cada uno de los regalos ella sonreía y se acercaba provocando un apasionado beso que jamás daba. El joven se sentía destrozado, y la veía revolotear en el agua. Mostraba su grande y dorada cola de pez brillando como los rayos del sol, con cada zambullida, para venir a rematar con un torso desnudo, de piel suave como la seda, y el hermoso rostro de una bella princesa de cuento.

Ella sonreía coqueta, insinuante, adornaba su entorno con un bellísimo color escarlata, logrado gracias a la sangre de los chicos que estaba merendándose. No pudo aguantar aquella hermosa estampa, y acabó por saltar al encuentro de su amada. Ella lo tomó entre sus delicados brazos, provocado su locura y su deseo, pero dándole nada lo llevó de nuevo al barco y lo envió de regreso a la costa, prometiendo que, al volver con más de sus amigos, tendría todo de ella... pero el chico nunca volvió, pues al tocar puerto fue detenido, sus ropas empapadas en sangre, su desconcierto, la increíble historia que relataba... lo llevaron únicamente a un psiquiátrico, acusado de asesinar a sus amigos y arrojarlos al mar.

El muchacho no cambió jamás su historia, y murió del más grande dolor, el de extrañar a la sirena, a la maldita sirena que le había robado el corazón y, junto a él, la vida.

El pozo de los deseos

Quedaba poco menos de un mes para que se cumpliese el establecido pacto de entrega de su manuscrito, y ni tan siquiera lo había empezado. Pasaba por uno de esos famosos "bloqueos de escritor" y, tratando de evitar distracciones, se enclausuró en una humilde y bella cabaña en medio del bosque, donde pasaba horas divagando junto a un pequeño pozo al que hizo su amigo, esperando que este le concediese escribir un libro entero en menos de una semana. Cuando el pozo respondió, lo hizo con la tímida voz de una dulce niña, y le propuso ayudarlo, a cambio de diez gotas de su propia sangre.

No había tiempo alguno para desperdiciar una oportunidad así, y el hombre acepto el precio sin dudarlo. De inmediato tomó una afilada navaja y se hizo un profundo y aparatoso corte en uno de sus dedos, para dejar caer la sangre que el pozo le pedía a cambio de su tan ansiado deseo. Tras cada una de ellas parecía que el túnel cobraba vida, una vida extraña y oscura. Las paredes se movían inquietas al ritmo de sus cálidas y armoniosas exhalaciones, dejando escapar leves suspiros de alivio, mezclados con un profundo y exultante éxtasis.

Rugía sedienta la tierra también, como si bajo ella descansara una bestia y, tras la última de las gotas que el pozo le pidió, una criatura envuelta en abrasador fuego emergió del pozo y fue sobre el escritor. Solo diez gotas de sangre fueron capaces de darle la fuerza necesaria para salir del hoyo en el que estaba dormido, pero necesitaba el resto del hombre para alimentarse.

En ese momento su preciado manuscrito dejó de importar, luchaba desesperado, con uñas y dientes, para defenderse de los ataques de aquel debilitado demonio que había liberado de las profundidades de la tierra, pero absolutamente todo cuanto intentase resultaba inútil. Su cuerpo estaba también envuelto en fieras llamas y la carne chillaba pidiendo ayuda mientras se retorcía en el suelo.

Los anteriores habitantes de la cabaña conocían el avieso mal que moraba en las profundidades del negro agujero, pero necesitaban el agua, así que decidieron no sellarlo, y únicamente tenían un extremo cuidado al acercarse. No imaginaron que, al marcharse de allí, vendría un loco individuo que hablase con los pozos para pedirle un importante deseo.

La historia era deliciosamente buena para un libro, aunque fue una verdadera lástima que el escritor terminase siendo devorado, y sus restos calcinados a la orilla del pozo, que únicamente cumplió el ávido deseo de servir de cena para aquel horrible monstruo.

El árbol del vampiro

Se dice que a finales del siglo XIX allí vivía un hombre anglosajón que invariablemente vestía de etiqueta. Portaba además un gran sombrero de copa y un bastón de color negro. Las personas que se acercaban a él, llamados por su porte elegante, quedaban estupefactas al ver su rostro perfecto, como si hubiese sido cincelado por el más insigne escultor. Su tez era blanca como la nieve, mientras que en su boca asomaban un par de colmillos.

El horario favorito que este joven y apuesto caballero tenía para salir a la calle era siempre a partir de las 11 de la noche, mientras que el regreso a su domicilio, situado en una gran mansión, lo emprendía a las tres de la madrugada, más tardar.

Después de unos cuantos años un extraño fenómeno comenzó a ocurrir en el pueblo. Varios animales de granja comenzaron a desaparecer, solo para encontrar sus cadáveres a los pocos días, completamente desangrados en la orilla de un bello lago que, durante las noches, dejaba ver el pálido y bello reflejo de la luna.

-¿Qué clase de criatura infernal podrá querer la sangre de nuestras bestias? -se preguntaban los sorprendidos y asustados granjeros.

A partir de aquel momento varios de ellos montaron guardias nocturnas con el fin de descubrir al macabro ladrón, hasta que, al fin, uno de los cuidadores logró dispararle en una pierna a un individuo que trataba de robar unas ovejas. Ante el balazo de la boca del ladrón salieron chillidos como los de un murciélago, y escapó intentando perderse entre los arbustos, iluminado por un profundo y bellísimo manto de estrellas. Tras de sí iba dejando un gran rastro de sangre. Sin embargo ese vital líquido no era del tono rojo oscuro habitual, sino más bien de un color violáceo.

La persecución duró horas, hasta que los primeros rayos de sol comenzaron a asomar por el horizonte. El vampiro trato de cubrirse el rostro y las manos con su abrigo negro, pero era ya muy tarde. Su piel albina se tornó verdosa. Después, uno a uno los huesos de su cuerpo comenzaron a asomar. A los pocos minutos tanto su vestimenta como su esqueleto quedaron convertidos en cenizas.

Dejaron los restos allí, con la esperanza de que todo aquello se lo llevase el viento de la montaña. Sin embargo, a la siguiente semana, un árbol empezó a brotar de las profundidades de la tierra. Era de corteza roja y parte de sus ojas tenían espinas. 

Algunos trataron inutilmente de derribarlo, pero pronto cesaban en su intento al percatarse de que, al asestarle hachazos al tronco, de las heridas causadas brotaba sangre. Otros más rodearon el tronco con una capa de grueso cemento y, en la parte superior, colocaron un techo en lámina para evitar que el agua de la lluvia pudiese alimentarlo. No obstante, el árbol continúa creciendo con normalidad hasta la fecha, destruyendo poco a poco la coraza que armaron a su alrededor, y si algún día vais a la sierra, allí lo veréis, el árbol de corteza roja alzándose majestuoso sobre los demás.

La página del diablo

Había escuchado mucho sobre aquella mítica página. Un sitio dedicado por completo a las artes demoníacas, donde podían verse posesiones, invocaciones, sesiones en tiempo real, el paso de distintos demonios a nuestro plano de existencia y, por si fuera poco, se encontraban también instrucciones precisas de cómo hacerlo ellos mismos, en la comodidad de su hogar. Además había un apartado por demás exagerado, en el cual se hacía un pacto online con el Diablo.

Lo extraño de todo esto es que las personas que solían hablar de ello no tenían ni la más mínima idea de la dirección web de ese sitio, por lo que muchos pensaban que no era más que un cuento, como muchos otros, una simple leyenda urbana que tenía más datos descabellados que ciertos. Sin embargo, la voluntad de Daniel por dar con aquella página era muy fuerte, y bien dícen que "el que busca, encuentra". Después de un mes de investigación y de surfear por los sitios más extraños que puedan hallarse por la red, al fin la había encontrado.

Era una simple y llana ventana emergente, apareció casi por sí misma, como si tuviesen que cumplirse ciertos requisitos de navegación, y basándose en estos hábitos, se obtuviera una invitación para entrar.

Para desbloquear el acceso había una simple pregunta, aunque más era una advertencia: "Entrar a este sitio implica entregarte al Diablo... ¿estás de acuerdo?. Pero no había botones para elegir si o no. En su lugar, la mente del tipo era invadida por un bombardeo de imágenes, en las cuales obtenía una gota de sangre de su cuerpo y la ponía en la pantalla.

Así lo hizo... y aquellos terribles gritos de dolor y angustia, del más puro terror, invadieron su habitación. Cientos de videos se reproducían al mismo tiempo, mostrando grotescas escenas de almas torturadas por distintos demonios que se divertían con cada nueva idea de tortura, gente realizando extraños rituales y demás cosas que daban auténtico miedo.

La ventana no tenía ninguna ´"X" para cerrarse, para detener todo aquello que poblaría las pesadillas de Daniel durante años, décadas quizá. Apagar el ordenador no sirvió de mucho, desconectarlo tampoco dió resultado. Aquellas aberraciones seguían mostrándose, pasando por un momento de estática, en el cual se materializó un ser humanoide, desprovisto de piel, y empezó a salir de la pantalla. Por la posición que el chico mantenía fácilmente pudo haberlo tomado del cuello y llevarlo consigo, pero en lugar de eso el demonio fue saliendo lentamente, mostrando su macabra sonrisa llena de filosos dientes, saboreándose del muchacho.

Le hacía saber su horrible futuro solo con gestos, y dejaba que el aire se impregnara con el miedo de Daniel, quién, habíendose entregado al Diablo desde el inicio, había pasado a formar parte del elenco, como otros cientos de curiosos cuyos videos servían para atraer nuevos miembros. Él era el siguiente, y según el demonio terminó de salir de la pantalla lo tomó de un brazo y volvió a entrar, arrastrando consigo a Daniel, a aquel foso de tortura del que jamás saldría. La pantalla se apagó y la habitación quedó llena de sangre, cuyo centro era, como el ojo de un huracán, el ordenador. Nada se supo nunca de Daniel, ni del extraño caso que, a día de hoy, no encuentra explicación normal.

Esa página existe, pero os aconsejo que no la busquéis. Se oyen los lamentos de Daniel, y de otros cientos de almas incautas, que accedieron a entrar a ese sitio web. Yo la encontré, pero no quise firmar, y aún así tengo pesadillas con aquellas voces, y un ser humanoide, sin piel, de aspecto realmente aterrador, me visita cada noche en mis sueños invitándome una vez más a entrar en aquella página.

jueves, 24 de marzo de 2016

La dama de rojo

Cada fin de semana la rutina era la misma; ella salía del trabajo a prisa, para llegar a casa y tomar un aromático baño. Luego se sentaba horas frente al espejo embelleciéndose. El toque final, siempre un vestido rojo, porque le gustaba llamar la atención, además hacía resaltar su hermosa piel clara, labios carmín y la sedosa cabellera negra que cubría un poco el gran escote de su espalda.

Volvía de su gran noche de fiesta, luciendo tan hermosa como al salir de casa, solo que el cansancio de bailaar le obligaba a cargar sus tacones en mano, mientras el cemento frío e irregular por el que caminaba masajeaba sus pies a cada paso.

Ese camino lo recorrió tantas veces que podía fácilmente llegar a su destino con los ojos cerrados si así lo quería, así que no le molestaba dejar caer sus párpados para dedicarse a escuchar y oler la noche que tanto le fascinaba.

Avanzaba lentamente, buscando sorprenderse con algún detalle que pudo ignorar al llenarse con las imágenes que pasaban por su retina, fue entonces cuando lo descubrió... un agitado resoplido, acompañado de un olor particular que transportaba un ligero viento que a penas le movía un par de cabellos. Temía abrir los ojos y perder el rastro de aquello que había provocado tantas sensaciones en su cuerpo...

Siguió así, dejándose llevar por aquel sabroso olor a metal húmedo, que la guiaba a su procedencia... uno, dos, tres... decenas de ansiosos pasos. Se detuvo en la entrada de un callejón, el lugar era una fiesta de sonidos y olores que le nublaban la razón.

Gemidos, lamentos, respiraciones agitadas, algo que se desgarra o se rompe... finalmente un rechinido que le obliga a abrir rápidamente los ojos, para verlos ahí... de rodillas, hundiendo sus colmillos y desgarrando el cuerpo de aquel hombre para alimentarse.

Ella deja caer sus tacones, en el choque de estos contra el suelo ellos se voltean, la miran fijamente por un segundo, y vuelven a lo suyo. No puede resistirlo, se tira sobre sus rodillas, se arrastra por el suelo... el estómago parece consumirse a sí mismo, la obliga a retorcerse y convulsionar, pero todo termina cuando hunde sus dientes en el cuerpo del hombre muerto. El tibio sabor a hierro despierta nuevamente sus sentidos, siente la vida fluir dentro de ella, la hace vibrar, hundiendo una y otra vez su cara en las vísceras de aquel cuerpo, para no dejar escapar aquella sensación de plenitud...

Ella tenía razón, ¡el rojo es su color!, y la sangre su nuevo vestido. Seguramente volverá nuevamente a ese callejón, para cenar junto a los suyos.

jueves, 10 de marzo de 2016

Quitarse la vida

El día había llegado, Mauricio Jiménez, había decido quitarse la vida, pero antes quería pasar unos días en la casa que se encontraba a unos metros de la suya, en donde nadie aguantaba más de una semana viviendo ahí, sabía que si algo había que espantaba a las personas, quizás había algo después de la muerte, con lo que se armó de valor, y con una pistola en la cintura para suicidarse se la llevo, se fue por la noche a meterse en el lugar, con nada más que una linterna en la mano, se adentró en ese hogar.

Dicha casa de aspecto finca antigua de épocas pasadas, estaba en perfecto estado, la persona que la rentaba, sabia Mauricio, que había salido de la ciudad, con lo que pasar unos días ahí, era seguro, el sitio estaba limpio, ya que hasta unas semanas antes, una familia había estado viviendo por muy poco tiempo ahí, con lo que él sabía que todo estaba en perfecto estado, fue así como por una ventana que colindaba a un frondoso bosque de los típicos de la Unión Americana, se metió al lugar.

Ya estaba la noche llegando, y Mauricio retando a lo que fuera que estuviera en el lugar, grito 

–¡¡Vamos, ya estoy aquí!! ¡¡Te reto a que aparezcas, quiero conocer a quien asusta y espanta a todo ser que vive aquí!!

Mauricio siguió gritando y gritando, pero parecía que lo que estuviera ahí, no se haría notar, con lo que, exhausto, se quedó dormido en la cama de la recamara principal, fue así como al despertar al día siguiente, una mujer le llevo el plato de comida a la cama, Mauricio asustado, no daba crédito a lo que veía, era una hermosa mujer, en la otra habitación, se veían a un par de gemelos jugando, y que al ver que Mauricio se despertaba, corriendo se fueron hacia él.

–¡Papi, papi¡ –gritaron los niños, él no sabía qué hacer, ¿que acaso estaba soñando y esa era un hermoso sueño de lo que podría haber sido y no fue?

Fue cuando de repente, tanto los gemelos como la mujer se esfumaron, y el día de inmediato cambio de nuevo al anochecer, ¿qué pasaba? Eran los pensamientos del pobre Mauricio, ¿estoy soñando dentro de mi sueño? O que es lo que me pasa, prendió su linterna, y en el marco de la puerta, apareció la misma mujer, que instantes antes, había visto y le había llevado los alimentos en la cama, era esa misma mujer, pero con un cuchillo en la mano, con la cara demacrada, y a unos metros, los pequeños cuerpos de lo que parecía ser los gemelos, que estaban degollados, por esa maldita mujer.

Fue cuando de golpe, el recuerdo de lo que lo había orillado a tomar la decisión de quitarse la vida, le llego, unos días antes, su esposa en un ataque de celos, a sus hijos asesino, y delante de Mauricio, las venas se cortó, fue cuando despertó de golpe y llorando, sabiendo que nada podía hacer, que en la muerte de su familia el nada tuvo que ver, había sido la enfermedad de su esposa, la que acabo de tajo con su familia, pero culpa no tenía por qué tener, él no había hecho nada malo, la mujer era la que había hecho todo, y apresurado salió del lugar, no sin antes agradecer a lo que estuviera en esa casa, que lo hizo recapacitar, a sus hijos los llevaría por siempre en su corazón, y había perdonado a la que era su esposa, y con eso su corazón sano y las ganas de morir, se esfumaron para siempre.