lunes, 19 de marzo de 2018

Porque en el fondo te quiero

Querida Lucy.

Supongo que ya sabes dónde estoy, y sé que me culpas por lo que pasó, pero te juro que las cosas no pasaron como tu crees. Sé que no hay nada que puede hacerse, sé que nunca podrás perdonarme, pero te escribo estas palabras para que sepas que nunca te olvidaré.

Hace un par de meses lo conocimos, ¿lo recuerdas? A ese chico tan misterioso, con el pelo rubio largo cortado a capas y atado en una trenza, me pregunto por qué. Recuerdo sus ojos verdes, esos intensos ojos que nos torturaron a las dos. Era muy carismático, sincero y abierto. ¿Descubriste al final su nombre? Porque yo sí. Se llamaba David.

David y yo nos hicimos amigos en cuanto nos vimos, y cada vez que sus ojos se encontraban con los míos yo sentía un calambrazo dentro de mí, algo muy difícil de explicar. Sentía calor y frío al mismo tiempo, y que todo era posible. ¿Y cómo no serlo siendo quién es él? Es uno de ellos, un vampiro, y fue su sangre la que me transformó cuando mi coche chocó contra aquella torre de alta tensión.

He tenido tiempo para pensar desde el accidente, y aunque crees que estoy muerta tal vez en el fondo te equivoques. Ahora mismo estoy viendo algo impresionante: la torre de Tokyo. Sí, sabes que siempre he querido ir a Tokyo, mi pequeño paraíso, pero dime amiga, ¿qué se puede esperar de alguien como yo? Creerás que te traicioné, pero te juro que no es así. Él me eligió a mí, y ojalá no hubiese pasado porque te he perdido.

Recibirás esta carta cuando casi lo hayas olvidado todo, cuando ya no recuerdes mi voz o mi aspecto, pero te quiero Lucy, en el fondo te quiero, y por eso me he ido. No podría soportar verte morir, eres mi amiga, mi hermana, y más que eso sabes que te quiero, con todo mi corazón, como tú nunca podrás quererme a mí. Es injusto que pase el resto de la eternidad enamorada de una chica que conocí en el pasado, pero no puedo evitarlo. Cuando te transformas en vampiro todo se intensifica de un modo que no puedo explicar. Mis manías, mis desvaríos y mis sentimientos... lo siento todo a flor de piel y casi me da miedo, pero también es algo maravilloso. Sé que te parecerá egoista pero no quiero que sientas algo así, porque eres demasiado noble como para sentirlo, y sentimientos así te volverían loca.

Tengo que despedirme ya, mi pequeña Lucy. Espero de corazón no volver a verte porque, si te veo una sola vez más, sé que te condenaré a esta vida y es algo que no quiero para tí.

Tuya siempre, 

Eleanor.

viernes, 19 de enero de 2018

Siempre cuidaré de ti

¿Sueles alejarte de la gente que es diferente? Me refiero a demasiado diferente, tanto que destaca y puede incluso dar miedo. Yo conozco a una de esas personas, más bien la conocía. ¿Por qué escribo sobre ella? Muy pronto lo entenderás.

Se llamaba Mei, o así la llamaba todo el mundo, en su casa pone otro nombre aunque prefiero no decir cual, dejémoslo en que su nombre era Mei. Era una chica como puede ser cualquiera, con sueños, esperanzas, gustos y aficciones, pero era distinta. La recuerdo con el pelo negro con mechas violetas y vestida siempre de negro, con corset y pantalones, llena de tatuajes y adornando sus muñecas con pulseras de cuero. Ojalá me hubiese dado cuenta antes de que no eran simples accesorios.

Mei era una estudiante de la Universidad de Santiago de Compostela, la USC. Se suponía que iba a ser dueña de su destino, se suponía que todo iba a salir bien, se suponía... hasta que le conoció. Se llama Borja, un chico que, actualmente, reza cada día por volver atrás en el tiempo, aunque todos sabemos que eso es imposible.

Mei había sufrido, me dijo muchas veces "nadie más puede hacerme daño, sería más piadoso matarme". Yo veía dolor en sus ojos, mucho más dolor del que nadie debería estar dispuesto a soportar, pero ella lo llevaba en secreto, callando los gritos de su alma bajo capas y capas de indiferencia, hasta que conoció a Borja. A él le abrió el corazón incluso más que a mi misma, a él le mostró toda su dulzura, su carisma y el caracter noble que tanto me gustaban de ella, ¿y sabes qué le devolvió? Dolor.

Poco a poco se fue volviendo más y más triste, como si cada minuto de existencia fuese un trágico suplicio que no la dejaba respirar, que la ahogaba lentamente. Nadie se dio cuenta de que Borja era para ella como un veneno adictivo, en toda la universidad nadie miró por ella, y por más que intenté averiguar qué le hacía, no fui capaz, hasta hace unos meses.

Fue poco después de que la encontrasen muerta en su cama. En realidad fui yo quien la encontró, a fin de cuentas era mi compañera de piso. Nunca olvidaré la imagen de las sábanas blancas manchadas de sangre y el cuerpo sin vida de mi amiga Mei pálido, con un chuchillo en el pecho. Rápidamente llamé a la policía, sabía que era demasiado tarde como para pedir una ambulancia, y lo catalogaron como un suicidio, pero yo tenía la sensación de que eso no podía ser cierto. No sabría decir si fue porque Mei tenía demasiados sueños como para abandonarlos o porque la noche anterior me había prometido salir al cine juntas, pero algo me decía que no era para nada un suicidio.

Tres días más tarde Borja vino a verme. Me dijo que tenía algo muy importante que decirme y, a pesar de que nunca me había caído en gracia, le dejé pasar. Me dijo que Mei le había visitado la noche antes de su muerte y que había intentado sacarle el arma, pero que se pelearon y al final acabó por matarla sin querer. Me dijo que su conciencia le estaba volviendo loco y que necesitaba mi ayuda. Entonces encajaron todas las piezas: su sonrisa se borraba por su culpa, estaba triste por su culpa, lloraba porque él le hacía daño.

Agarré mi movil para llamar a la policía, pero entonces Borja sacó una pistola y me amenazó, y algo muy raro pasó. En medio del salón apareció Mei, cubierta de sangre y con el rostro más triste y lleno de odio que he visto en mi vida. En sus manos tenía el cuchillo que la había matado y miraba a Borja, que retrocedía instintivamente, aterrado. Mei le lanzó el cuchillo y Borja cayó desde un quinto piso atravesando la puerta de cristal que daba a la terraza. Entonces miré a Mei, asustada, pero su sonrisa pacífica volvió y me miró con unos ojos puros como el agua.

-No importa qué pase amiga mía, Tú has cuidado de mí hasta el último de mis días, y yo siempre cuidaré de ti.

La policía calificó la muerte de Borja como un accidente y yo no dije nada al respecto, pero sé que fue Mei, que se vengó por su asesinato y que ella me cuida como un ángel guardián.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Rubíes

Ya no sé quién soy realmente, solo que ha pasado mucho tiempo desde mi muerte. Ya no sé ni dónde estoy o debo estar. Me encuentro rodeada de gente, todos iguales que yo, deseando sangre. Cada vez que pienso en ello la imagino cubriendo mi cuerpo, recorriendo mi piel blanca como la nieve, dándole a mi cabello negro un toque mágico, como si rubíes del más intenso rojo me estuviesen adornando. Deseo tanto la sangre... Recuerdo que cuando aún era humana me daba asco, incluso llegaba a desmayarme si veía a otros sangrar, pero ahora que lo pienso era algo estúpido.

Este lugar es llamado "Sang", y es un club necrófilo en París, oculto de la mirada de los mortales, un lugar donde los vampiros podemos ser libres, sin miedo a que huyan de nosotros o a tener que huír para que no nos maten. La muerte ahora me parece algo efímero, pero antes la temía como al mayor de los infiernos. No me importa matar si puedo conseguir que los rubíes adornen mi pelo.

Hoy uno de nosotros cumple 350 años, y yo no tengo ni la mitad. Sé que soy joven, pero no me importa. Estoy en un club suberráneo, donde la música de Evanescence suena muy alta. Son canciones escritas para nosotros, pero no es que me gusten demasiado, prefiero Nirvana, claro que esa música ya no me identifica.

Me acerco al centro de la sala, y en ella una fuente de copas de champagne, aunque no es alcohol lo que cae desde la cima, sino sangre. Alzo la mirada y en ella veo a una mujer joven, de pelo castaño, desnuda y sangrando, a punto de morir. Cada vez que un vampiro celebra un cumpleaños, cosa que ocurre cada 50 años, una virgen es sacrificada, y esta vez le tocó a ella. No sé cómo se llama, ni me importa. Antes tal vez sí, pero ahora me dá igual. Además, al final de la fiesta será transformada en vampiro. Es así como funciona nuestra raza.

Recuerdo cuando me ocurrió a mi. Por aquel entonces tenía veinte años, era una época oscura y tormentosa, vivía en Rumanía, la cuna de los vampiros, y el propio Drácula cumplía años. Fue el quien me dio mi nueva vida, una vida que si bien antes me parecía extraña, ahora es lo que me identifica. Solo quince años despues de mi conversión, entendí que esa era la vida a la que estaba destinada desde que había nacido.

Todos en la sala vamos tomando nuestras copas hasta que no queda ninguna de la escultura de antes. La virgen está mucho más cerca de la muerte que hace unos minutos, y ella no debe morir, de otro modo el vampiro que cumple años será asesinado, todos lo sabemos, pero a mi no me importa. Alzo mi copa al mismo tiempo que el resto, mientras un "¡Feliz cumpleaños!" resuena por todo el club. Yo me quedo en silencio, como siempre, y cuando doy el primer sorbo me siento viva. La sangre de virgen es la mejor de todas, es perfecta y pura.

El vampiro para el que se celebra la fiesta se acerca a la virgen y deja caer en su boca solo tres gotas de sangre. Entonces abre los ojos, rojos como la sangre que acaba de tomar sin querer. La siento confusa, no tanto como me sentí yo. Solo ahora logro entenderlo, se ha ofrecido voluntaria. Me dan ganas de matarla, pero no puedo, ella no debe morir esta noche, y mañana se me habrá pasado.

Lucius, uno de los vampiros más viejos que conozco, se acerca a mí y me susurra al oído "¿quieres cumplir tu fantasía?". Recuerdo entonces lo mucho que deseo bañarme en sangre. Hoy también yo cumplo años, aunque solo 100. Toma mi mano y me lleva al centro de la sala, y entonces le veo. Conozco a ese humano, compartimos cama una vez, pero me da igual, solo deseo que mi fantasía se cumpla.

Cortan su garganta y vacían toda su sangre en una bañera de mármol blanco. El contraste es increíble. Cada 100 años un vampiro tiene derecho a un deseo, y Lucius conoce el mío, no en vano es capaz de leer la mente de aquellos que tiene a su alrededor. Todos los vampiros tenemos una habilidad, yo puedo hablar todos los idiomas que me de la gana. Eso me viene de cuando era humana y quería tanto viajar que me paraba a hablar con cualquier turista que pudiese encontrarme. Así aprendía, y ahora puedo ir a dónde quiera.

Me desnudan y me ayudan a entrar, aunque no lo necesito, y entonces la sangre me rodea, cálida y viva, bañándome por completo. Mi pelo se llena de ese líquido rojo que tanto ansío, dejando en él rubíes escarlata que me rodean y adornan mi pelo. Tomo un poco de sangre entre mis manos y bebo. No es tan pura como la de la virgen, pero también me gusta. Miro a mi alrededor y oígo "¡Feliz 100 cumpleaños y que tu deseo sea distinto la próxima vez!". Claro que será distinto, tengo cientos de fantasías y todas ellas relacionadas con sangre.

Me quedo allí todo el día, recibiendo regalos, mientras que el otro vampiro que cumple años me mira sonriendo. Ya sé cómo se llama: Vincent. Es amable en cierto sentido y me gusta su compañía. Recuerdo que él estaba en mi transformación, que fue él quien me eligió, y todo porque sabía que tenía cierto instinto para la sangre, que estaba destinada a ser quien soy.

Al anochecer estoy vestida ya y regreso de camino a mi casa. Vivo en un lugar normal, solo que mi ventana está cerrada durante el día. Nada más entrar me miro al espejo y sonrío. Los rubíes bañan aún mi cabello, aunque no puedo volver a salir así mañana, tengo que bañarme, aunque solo sea para que los humanos no huyan de mí. Bueno, lo hacen por norma general, visto siempre de negro y tengo varios tatuajes hechos con agujas muy particulares, de titanio. Además siempre adorno mi ropa con cadenas y eso hace que la gente se aleje de mí. Sin embargo cada noche voy a una casa diferente y todos los que me ven me acaban rogando que les muerda. No mato a nadie, no me reporta ningún beneficio, pero temerán el día en que eso cambie.

No puedo detenerme más, entro en el baño, con agua caliente saliendo todabía, llenando la bañera, y aunque no puedo sentir ya el calor, ni el frío, me gusta ver salir el vapor del agua. Cuando entro y sumerjo mi cabeza los rubíes han desaparecido de mi pelo, y el agua se ha teñido de sangre.

sábado, 13 de agosto de 2016

La visita nocturna

Si bien tengo una especie de imán para lo paranormal, esta historia no la viví y tampoco nadie a quien conozca, pero llegó a mi hace un par de semanas. Al principio me costó creerlo, pero investigué y resultó ser cierta palabra por palabra.

Esta historia relata un suceso extraño que vivieron dos chicas de unos diecinueve años, quizá veintidos, nadie se pone de acuerdo con respecto a la edad, pero eran jóvenes, de eso no me cabe duda. Sus nombres eran Ariadna y Katy, y eran las mejores amigas que cualquiera haya visto, desde niñas. Siempre habían estado juntas y eran casi como hermanas. Esto no cambió al crecer, ya que decidieron estudiar en la misma universidad, y al irse ambas de sus hogares, donde vivían con sus padres, alquilaron un apartamento para las dos en un edificio de al menos treinta pisos. Las chicas estaban fascinadas al haber obtenido su residencia en lo más alto, siendo la vista muy hermosa desde cualquier ventana.

Ariadna solo atendía a sus estudios, mientras que Katy ya tenía un trabajo, el cual resultaba ser muy complicado al ser de madrugada. Ella salía a las diez de la noche y no regresaba hasta el día siguiente. Era un trabajo de limpieza en un edificio que se mantenía abierto las 24 horas, así que Ariadna se quedaba sola toda la noche.

Cada vez que Katy se iba y Ariadna se disponía a revisar sus tan importantes estudios, recibía una visita inesperada, todas las noches despues de las doce, cuando la oscuridad y el silencio reinaban tanto fuera como dentro del apartamento, una mujer con un rostro demoníaco, ojos carmesí y piel pálida y arrugada, se asomaba por la ventana de su habitación, mirando fijamente a Ariadna, sonriéndole, como ansiosa por entrar solo ella sabía con qué intención. Ariadna permanecía petrificada, sin poder gritar, ni moverse, mientras aquella cosa, utilizando sus largas y horribles uñas, arañaba el cristal tratando de debilitarlo para poder entrar.

Ariadna, siendo una chica criada en una familia con una historia repleta de eventos sobrenaturales, mantenía una vela encendida frente a la ventana, y aparentemente solo esta especie de resguardo parecía ser lo que evitaba que aquella terrorífica aparición entrase. Tras permanecer allí varias horas, simplemente desaparecía, y era entonces cuando Ariadna, con lágrimas en los ojos, podía por fin recuperar su movilidad y lograba quedarse dormida hasta el día siguiente, cuando Katy regresaba por la mañana.

Al llegar Katy se encontraba a su amiga despierta, algo nerviosa y con su rostro indicando la falta de descanso. Ella sabía perfectamente lo que afectaba a su amiga ya que Ariadna ya le había comentado sobre las visitas nocturnas que recibía. Katy era bastante escéptica respecto a esas cosas, y más bien acusaba a Ariadna de estudiar demasiado y tener visiones.

Así transcurrieron muchas noches, hasta que un día tuvieron una conversación bastante particular.

-Ariadna, no estoy segura de lo que te pasa, pero me preocupa verte todas las mañanas dormida abrazada a tu almohada como si te fuese la vida en ello. Además esa vela encendida va a provocar un incendio en cualquier momento mientras duermes. Dime qué puedo hacer para ayudarte.

Katy estaba muy preocupada por su mejor amiga, pero Ariadna, lejos de entrar en esa conversación, prefirió recordarle un evento que ambas habían vivido cuando eran apenas unas niñas curiosas, algo que no había terminado demasiado bien en aquel entonces.

-Katy, quiero pedirte perdón, ahora después de tanto tiempo te suplico que me perdones, por aquella vez que siendo pequeñas te obligué a jugar a ese endemoniado juego conmigo, pensando que no iba a pasar nada. Después algo espeluznante entró en tu cuerpo y te mantuvo dos semanas actuando como si fueses otra persona, alguien violento y lleno de odio, para luego dejarte en una especie de trance y desaparecer. Yo no sabía lo que hacía, pensé que era solo un juego. Jamás se me ocurrió que iba a pasar todo esto.

A medida que Ariadna se disculpaba con Katy por aquel suceso ocurrido hace tanto tiempo, temblaba y lloraba cada vez más, hasta que su amiga la interrumpió para intentar consolarla y, obviamente, apoyarla.

-Ari, eso ya ha pasado, y yo nunca te culpé a ti. Tampoco creo que algo haya entrado en mi cuerpo, fue solo un problema psicológico que tuve, tal vez por la edad y la impresión, pero eso ya no importa. Aparte creo que debo ir a ver al médico. Todas las noches cuando estoy en el trabajo me da mucho sueño y busco un lugar donde dormirme y no me despierto hasta la mañana. Por suerte nadie me ha descubierto pero no creo que sea normal. ¿Sabes qué? Esta noche no iré a trabajar, me voy a quedar aquí contigo Ari, eres mi mejor amiga y si alguna bruja se cree que puede volar hasta la ventana para asustar a mi amiga está equivocada, le haremos frente juntas.

Las palabras de Katy, lejos de reconfortar a una ya perturbada Ariadna, lo que hicieron fue disparar su pánico como nunca antes le había pasado, como si la sola idea de que algo así pasase le hiciese perder la razón.

-No, Katy tu debes ir a trabajar. No quiero que te quedes aquí, es muy peligroso, no quiero que veas esa cosa. No te preocues, yo la controlo. No podrá entrar mientras tenga esa vela allí, no lo hará.

-Lo siento Ariadna, pero ya está decidido, hoy me quedo contigo. Verás que nada malo te pasará.

Después de escuchar la determinación de su amiga y de comprobar lo mucho que se preocupaba por ella asintió despacio, con resignación, y aceptó la idea de su amiga Katy.

Ese día las dos chicas conversaron, rieron y pasaron un momento inolvidable, pero por algún motivo era como si Ariadna estuviese despidiéndose de Katy, sin decírselo realmente. Al llegar la noche ambas se dispusieron a dormir, no sin antes Katy darle un último resguardo a Ariadna.

--Ariadna, esta noche yo te cuidaré, pero si ese demonio llegase a entrar tócalo con esta cruz que me regaló mi abuela -dijo entregándole un precioso colgante de oro-. Según ella esto lo quemará y así nunca más volverá.

Ariadna empuñó la cruz con lágrimas en los ojos, mientras Katy se quedaba dormida, pero antes de hacer lo propio, escribió una nota, la colocó sobre su pecho y se durmió.

Nuevamente el silencio se apoderó del cuarto justo a la medianoche, y Ariadna fue despertada por una sonrisa macabra que, esta vez, provenía desde dentro, muy cerca de ella. Al retirar lentamente la sábana que cubría su aterrada mirada pudo ver a aquella horrible mujer mirándola fijamente, sosteniendo entre sus huesudas manos la vela que tantas noches la había protegido, para luego apagarla de un soplido.

Ariadna no podía moverse, y aquella cosa se acercaba más y más a ella. Sus largos brazos y manos la tomaron del cuello, evitando que el aire pasase a su garganta. Los ojos se le desorbitaban y la sangre salía de ellos, mientras era ahorcada con una enorme fuerza. Lo único que pudo hacer fue tocar la frente de aquella cosa con la cruz que le dio su amiga, logrando que el ser que la atormentaba la soltase y se retirase profiriendo un alarido infernal, aunque, de todos modos, Ariadna murió.

Al día siguiente, cuando los rayos del sol entraban por la ventana, Katy despertó, y lo primero que vieron sus ojos fue a su amiga estrangulada. La chica lloraba desconsolada, no entendía cómo no se percató de nada, y mientras sollozaba encontró la nota en el pecho de Ariadna, con un mensaje que decía:

"Amiga, siento mucho lo que pasó cuando éramos niñas, pero ya no puedo seguir viviendo así. Realmente lamento que hayas tenido que vivir con esa cosa dentro de ti, pero al morir yo creo que estarás liberada.

Adiós, tu amiga por siempre"

Katy dejó caer la nota impresionada, sin entender qué pasaba. Estuvo varios minutos en shock, hasta que un terrible ardor en su frente la sacó a la realidad. Fue a mirarse al espejo y, sin dar crédito a la imagen que el espejo reflejaba, vio claramente la marca de la cruz en su frente, revelando quién era ella y todo lo que Ariadna le había estado ocultando. Katy se quedó inmóvil, giró su cuerpo hacia la ventana y caminó despacio para abrirla y, con una sonrisa macabra en su rostro y unos ojos rojos como la sangre, se lanzó al vacío.

Fue el final de una larga amistad, tal vez demasiado larga.

Mi amiga del cementerio

Todo comenzó cuando tenía cuatro años. Mi abuela solía llevarnos al cementerio a ver a su marido, que había fallecido, y como toda niña empecé a correr y jugar en las tumbas. Por algún motivo paré frente a una que llamó mi atención. Era una tumba que tenía forma de casita con unas rejas y vidrio. Había juguetes y osos de peluche, cosa que no entendí. Entonces apareció una niña con el pelo oscuro, de ojos azulados y vestida de blanco, que tendría unos nueve años. Me dio permiso para jugar y allí me quedé hasta que mi abuela me llamó para irnos.

Cada vez que íbamos al cementerio siempre iba hacia la misma tumba a jugar con esa niña. Un día en que mi hermana fue a buscarme me dijo que dejase esos juguetes, que no debía tocarlos. Yo la miré y le dije: "Si Mariana me deja jugar con sus juguetes, ¿por qué no puedo?". Mi hermana miró el nombre de la tumba, en el que ponía "Mariana Castro". Sé que se asustó mucho, pues yo era muy pequeña y no sabía leer. No entendí por qué me tomó del brazo y me llevó a donde estaba mi familia. Desde ese día no quisieron volver a llevarme al cementerio.

Entonces empezaron a pasar cosas en mi casa, mis hermanos no podían dormir de noche, pues se escuchaban ruidos y se veían sombras. En uno de esos días le pregunté a mi madre por qué mis hermanos tenían miedo, y ella me contó lo que ellos decían. Con mi inocencia infantil le respondí sonriendo que no debían tener miedo, que ella era mi amiga Mariana, que jugaba por la casa. Mi madre se asombró mucho, pero me creyó, y al día siguiente fue a la iglesia a pedir consejo, pues no sabía qué hacer. Le dijeron que tenía que rezar y pedirle al espíritu que se marchase. Mi madre continuó haciéndolo durante días, hasta que todo volvió a la normalidad.

Pasaron los años y, cuando estaba por cumplir los diez, volvieron a llevarme al cementerio. Toda mi familia conocía esa historia y uno de mis tíos me pidió que lo llevase a ver la tumba en la que solía ir a jugar. Aunque habían pasado los años seguía recordando el camino y lo llevé. La vimos un momento y él leía todo lo que decía en las placas que su familia había puesto. Mi tío buscaba la fecha de nacimiento y fallecimiento para saber desde qué año estaba la tumba allí, pero no había ninguna fecha, solo estaba la del fallecimiento, así que nos fuimos de allí. Como no sabía qué nombre estaba escrito lo leí. "Mariana Castro".

Después de un tiempo mi abuela falleció, y un día que fuimos a visitarla aproveché para ir a la tumba de Mariana, pero ya no estaba. La busqué con un familiar, le describí como era, pero no logrué encontrarla. Después de ese día no pude volver a visitarla.

El cuadro del Diablo asomándose por la ventana

El cuadro del Diablo asomándose por la ventana es una obra de arte antiguísima, realizada por un artista que, supuestamente, sufría esquizofrenia. Se pintó hace doscientos años, así que su valor en el mercado actual de excentricidades y curiosidades es incalculable.

Esta imagen es la de una pobre cabaña enmohecida, que se encuentra ubicada dentro de las entrañas de un raquítico bosque, la cual a parte de deteriorada y ennegrecida, está a punto de desplomarse. Sobre una ventana de marco de madera podrida que está a la izquierda de la puerta cerrada puede observarse una silueta cornuda, con el brillo de dos puntos escarlatas mirándonos. Si uno se acerca con detenimiento puede apreciar las facciones aterradoras y demacradas del ser. Es el mismísimo Diablo.

El cuadro cuenta su historia misma, mitad realidad mitad fantasía, imposible de determinarlo. Fue concebido en el año 1804, un año después de que Inglaterra le declarase la guerra a Francia por añejos asuntos políticos y diplomáticos. Su autor, precisamente de origen francés, deja serias dudas acerca de su identidad. Muchos dicen que era un hombre encargado de pintar cuadros al emperador Napoleón, y que este mismo le pidió, a modo de broma, dibujar algo aterrador para él, dando como resultado la imagen plasmada. Tal fue la dedicación y tiempo que le dedicó a la obra que el obre se obsesionó causándole severos desajustes mentales.

Decían que la figura que con tanto esmero retrató se le aparecía de vez en cuando, asomándose por las ventanas de su gótica residencia en Marsella. Fueron tantas sus ganas de complacer a Napoleón que enloqueció.

Otras versiones manejadas es que el cuadro fue pintado por un tal Donatien Voltá, un hombre de creencias oscuras que acostumbraba a hablar de demonios y ritos ocultos. La gente del pueblo, en extremo conservadora, lo asesinó crucificándole en una cruz invertida, pues pensaban que estaba poseído, aunque lo cierto era que padecía esquizofrenia. De dentro de su humilde morada, que es la que está pintada en el cuadro, sustrajeron la macabra pintura, que aún conserva las costras de su negra sangre.

Con tales suposiciones el cuadro se cotizó y pasó a las manos de William Lebrun, un empresario adinerado y aficionado por el arte gótico, que pagó a un hombre que juró haberlo robado de la misma cabaña maldita, una elevada suma de dinero. Ambos murieron, primero el ladrón, de quien nunca fueron reveladas las causas de la muerte, de hecho solo se mencionó como un crimen de sectas satánicas. El empresario murió de un infarto en la sala de su casa, mirando con ojos desorbitados al cuadro mencionado. Todos estos sucesos acaecieron en el año 1813.

Pasaron tres años más sin noticias de la pintura, se supo que estaba resguardada en un santuario francés, pero precisamente en 1816 dicho santuario fue consumido por las llamas, muriendo clérigos y franciscanos que habitaban ahí. Se salvaron algunas obras materiales, entre ellas el cuadro, más ninguna vida humana resistió la acometida.

Una vez más se perdió la pista del cuadro durante cerca de diez años, pero en 1829 apareció de nuevo en una subasta en Londres. Sir Arlein Iweird pujó una cantidad superior a las quince mil libras esterlinas. El excéntrico londinense tenía una colección de cuadros de diversas épocas de la historia, y al tratarse esta de una pieza rara, llamó poderosamente su atención. No duró ni una semana en la propiedad de Arlein, se deshizo de la pintura al externar que el ambiente de su hogar cambió desde que el cuadro entró a su domicilio. No le importó perder el dinero. Así el cuadro terminó en una galería de arte en el sur de Inglaterra.

Así el cuadro vagó de museo en museo durante veinte años. Solo se sabía que los relatos de los veladores informaban de ruidos extraños en el recinto a partir de la llegada de la obra, sonidos imposibles de describir e improbablemente emitiddos por cuerdas vocales humanas. Todos coincidían en sentirse abrumados por la pieza, siempre omitiendo pasar frente a la pintura.

En 1853 el cuadro fue robado del museo de Bromwich, permaneciendo en paradero desconocido hasta que, en 1879, se supo que estaba en posesión de una mujer divorciada. Ella comentó en su interrogatorio que fue un regalo que le hizo un hombre a quien socorrió después de darle alojo y alimento al perderlo todo, a excepción de ese paisaje plasmado en lienzo.

La mujer de nombre Dora Miller, aceptó más por compromiso que por gusto, pues sintió un súbito escalofrío al ver los trazos perturbadores del macho cabrío asomándose por la ventana. Jamás lo colgó en las paredes de su hogar, lo tenía escondido en el desván de su casa. La dama comentó que durante las noches escuchaba pequeños golpes sobre los cristales de la ventana de su habitación. Asustada no pudo más que relacionar los sucesos con la llegada del cuadro, por lo que la mujer optó por tirarlo a la basura. Seguramente fue recogido por un pordiosero o alguien en busca de arte en los contenedores de basura.

La pintura volvió a aparecer seis años más tarde en una tienda de artes en Leeds. Se exhibía ahí como atracción, se cobraba por verla y se retaba a la gente a verla fijamente por más de tres minutos. Después de perdería el rastro de ella nuevamente.

Para pasados los 1900 el cuadro apareció en un hogar de los Estados Unidos, en posesion de una familia norteamericana que lo colgó en las paredes de su comedor. El jefe de la familia enloquecería a las semanas de obtenerla, matando a su esposa e hijos de siete y seis años respectivamente. El criado que sobrevivió al ataque relató que el endemoniado amo utilizó un hacha para llevar a cabo la masacre. Cuando las autoridades llegaron al domicilio, el hombre ya se había suicidado con veneno casero para matar arañas.

No se supo más del cuadro hasta que volvió a aparecer en la frontera mexicana. La revolución y los hombres de Villa habían saqueado pueblos norteamericanos. Un acaudalado cambió dinero y municiones por la extraña pintura. La identidad de su nuevo dueño tampoco es clara, solo se sabe que su apellido era MonteAlba. El cuadro atrajo el morbo de su comprador, quien conocía la historia del cuadro, y retuvo la obra por muchos años, hasta que perdió su fortuna y enloqueció a causa de múltiples y bizarras alucinaciones.

El liezo se volvió a perder y nadie supo nada de él, aunque los rumores acerca de su localización iban y venían, aunque incluso se dudaba de su autenticidad. Se convirtió en un tesoro extraviado. La gente hablaba de la obra como si de un fantasma se tratase, e incluso la misma iglesia desmentía su existir. Ojalá eso fuese cierto, pues al cumplirse 200 años de su primera adquisición ha vuelto a Francia, y para ser más preciosos ante un Lebrun. 

El motivo de contarte la historia de este cuadro es que hace una semana la pintura llegó a mí, en el museo de artes de Sanit Etien, que me llamó para comunicarme un hecho por menos sorprendente. En cateo a barcos piratas en las costas del reino de Mónaco fueron incautados diversos objetos robados, que iban desde joyas hasta obras de arte plásticas y pinturas. Envuelto en papel manila se encontraba el cuadro del diablo. Sin lugar a dudas los criminales no tenían idea del objeto que poseían.

El Departamento de Cultura Francés, conociendo mis investigaciones acerca del liezo, optó por entregármelo por un periodo de treinta días con el fin de que completase los estudios de tan misteriosa obra. El mismo cuadro que mi ancestro había comprado hace doscientos años estaba de regreso en mi familia.

No supe bien cómo reaccionar ante la imagen, el verla me pretrificó. El cuadro que había perseguido durante años ahora se presentaba frente a mí. Después del horror vino una sensación de atracción y asombro. Analizaba la pintura, me seducía, apreciaba las líneas y trazos que de ella emanaban y me perdía en la silueta satánica que me observaba.

Aun conociendo los horrores que padecieron los antiguos dueños de la obra, el sentimiento de admiración eclipsó en mí cualquier duda. Me sentí complacido en obtenerla y continuar con los estudios de mi investigación. Cierto es que es algo aterrador, pero también es atrayente.

Ahora mismo permanezco sentado en el sillón individual de mi sala, he colocado el cuadro en mis plancas paredes. Sus colores oscuros y deprimentes me transmiten angustia, escucho ruidos en la ventana del comedor, sé que alguien la golpea sin cesar, algo o alguien quiere que mire tras la ventana. Los impactos se tornan violentos, no paran, no se interrumpen, pero yo simplemente miro al cuadro. Observo la cabaña vieja de maderos ennegrecidos y aberrantes. Debería estar un macho cabrío, pero ahora ese espacio oscuro del cuadro... está vacío.

Al final decido mirar por la ventana y la sangre se me congela en las venas al ver una figura completamente roja, macabra, mitad hombre mitad cabra, con grandes y largos cuernos y ojos de fuego, que me sonríe macabramente. He de deshacerme de este cuadro antes de que sea demasiado tarde, ¿lo quieres?

La casa del centro del bosque

Una mañana de agosto decidimos salir a cazar al bosque. Normalmente no lo haría pero esa sería la última vez que viese a mi padre en un año y quería pasar tiempo con él. Fue un buen día, al atardecer habíamos cazado bastantes piezas de gran tamaño, pero nos perdimos y la noche se nos echó encima.

Siempre he tenido miedo de entrar en los bosques, y mi imaginación empezó a jugarme malas pasadas. Constantemente le preguntaba a mi padre si faltaba mucho para llegar al camino en el que habíamos aparcado el coche, pero él tampoco lo sabía.

Al poco rato encontramos una cabaña en un claro y mi padre me dijo que podíamos pasar allí la noche, alegando que, al día siguiente, se lo explicaríamos al dueño. En cuanto entramos algo me sorprendió. Esa casa no tenía ni un solo mueble, únicamente una gran cama. Por si eso fuese poco las paredes estaban cubiertas de espeluznantes cuadros pintados con tal realismo que parecían sacados del infierno.

Nos tumbamos en la cama y yo me abracé a él aterrada, y así me dormí. A la mañana siguiente la luz del sol nos despertó, algo extraño, pues no habíamos visto ni un solo resquicio por el que la luz pudiese pasar. Me levanté al ver a mi padre con una mirada extraña, como si tuviese miedo, y al mirar a mi alrededor me sorprendió ver que no había ni un solo cuadro y que, lo que antes habíamos tomado por imágenes, en realidad eran ventanas.