¿Sueles alejarte de la gente que es diferente? Me refiero a demasiado diferente, tanto que destaca y puede incluso dar miedo. Yo conozco a una de esas personas, más bien la conocía. ¿Por qué escribo sobre ella? Muy pronto lo entenderás.
Se llamaba Mei, o así la llamaba todo el mundo, en su casa pone otro nombre aunque prefiero no decir cual, dejémoslo en que su nombre era Mei. Era una chica como puede ser cualquiera, con sueños, esperanzas, gustos y aficciones, pero era distinta. La recuerdo con el pelo negro con mechas violetas y vestida siempre de negro, con corset y pantalones, llena de tatuajes y adornando sus muñecas con pulseras de cuero. Ojalá me hubiese dado cuenta antes de que no eran simples accesorios.
Mei era una estudiante de la Universidad de Santiago de Compostela, la USC. Se suponía que iba a ser dueña de su destino, se suponía que todo iba a salir bien, se suponía... hasta que le conoció. Se llama Borja, un chico que, actualmente, reza cada día por volver atrás en el tiempo, aunque todos sabemos que eso es imposible.
Mei había sufrido, me dijo muchas veces "nadie más puede hacerme daño, sería más piadoso matarme". Yo veía dolor en sus ojos, mucho más dolor del que nadie debería estar dispuesto a soportar, pero ella lo llevaba en secreto, callando los gritos de su alma bajo capas y capas de indiferencia, hasta que conoció a Borja. A él le abrió el corazón incluso más que a mi misma, a él le mostró toda su dulzura, su carisma y el caracter noble que tanto me gustaban de ella, ¿y sabes qué le devolvió? Dolor.
Poco a poco se fue volviendo más y más triste, como si cada minuto de existencia fuese un trágico suplicio que no la dejaba respirar, que la ahogaba lentamente. Nadie se dio cuenta de que Borja era para ella como un veneno adictivo, en toda la universidad nadie miró por ella, y por más que intenté averiguar qué le hacía, no fui capaz, hasta hace unos meses.
Fue poco después de que la encontrasen muerta en su cama. En realidad fui yo quien la encontró, a fin de cuentas era mi compañera de piso. Nunca olvidaré la imagen de las sábanas blancas manchadas de sangre y el cuerpo sin vida de mi amiga Mei pálido, con un chuchillo en el pecho. Rápidamente llamé a la policía, sabía que era demasiado tarde como para pedir una ambulancia, y lo catalogaron como un suicidio, pero yo tenía la sensación de que eso no podía ser cierto. No sabría decir si fue porque Mei tenía demasiados sueños como para abandonarlos o porque la noche anterior me había prometido salir al cine juntas, pero algo me decía que no era para nada un suicidio.
Tres días más tarde Borja vino a verme. Me dijo que tenía algo muy importante que decirme y, a pesar de que nunca me había caído en gracia, le dejé pasar. Me dijo que Mei le había visitado la noche antes de su muerte y que había intentado sacarle el arma, pero que se pelearon y al final acabó por matarla sin querer. Me dijo que su conciencia le estaba volviendo loco y que necesitaba mi ayuda. Entonces encajaron todas las piezas: su sonrisa se borraba por su culpa, estaba triste por su culpa, lloraba porque él le hacía daño.
Agarré mi movil para llamar a la policía, pero entonces Borja sacó una pistola y me amenazó, y algo muy raro pasó. En medio del salón apareció Mei, cubierta de sangre y con el rostro más triste y lleno de odio que he visto en mi vida. En sus manos tenía el cuchillo que la había matado y miraba a Borja, que retrocedía instintivamente, aterrado. Mei le lanzó el cuchillo y Borja cayó desde un quinto piso atravesando la puerta de cristal que daba a la terraza. Entonces miré a Mei, asustada, pero su sonrisa pacífica volvió y me miró con unos ojos puros como el agua.
-No importa qué pase amiga mía, Tú has cuidado de mí hasta el último de mis días, y yo siempre cuidaré de ti.
La policía calificó la muerte de Borja como un accidente y yo no dije nada al respecto, pero sé que fue Mei, que se vengó por su asesinato y que ella me cuida como un ángel guardián.